Tu madre te rezará

Desde el Círculo Tradicionalista Gaspar de Rodas de Medellín Juan Pablo Timaná nos envía el siguiente texto:

Un octogenario, una madre y tres hijos despachaban la cena, sencilla y frugal, aquella noche del 19 de julio.

La conversación recayó sobre el tema obligado del Alzamiento. Todos se mostraban satisfechos y gozosos del entusiasmo extraordinario de sus paisanos y sobre todo, de la contribución prestada por aquella familia.

Salieron a la Cruzada el cabeza de familia, de 53 años, y dos mozos de 23 y 21, quedando en casa el abuelo señor Juan, la madre, dos hijas y el «benjamín» Evaristo, de 15 años.

―Tú tienes que quedarte en casa para ayudar a tu abuelo y a tu madre, ordenó el padre.

Evaristo obedeció, pero en su interior sentía el cosquilleo de la desazón.

―Mi padre me encargó que cuidara de Vds., suplicaba Evaristo, mas, si ustedes dicen que se arreglarían sin mí, él se vería contento de que fuera al Frente.

El abuelo intervino en favor del nieto diciendo:

―Dejadle que se vaya en paz de Dios, pues ya sé yo lo que pasa en estas ocasiones. En la guerra del 73 hubo casos muy parecidos. Voy a contaros uno que viene como anillo al dedo.

―«Yo tenía en la guerra un amigo de Peralta, llamado Dionisio Busto, Oficial del 3.° de Navarra. En agosto del año 1873 tomó parte en la batalla de Udabe y Oriamendi, que fue una victoria aplastante de los carlistas, pues derrotaron a la columna de Castañón e hicieron prisionero a este General. Pero ese día tuvimos la desgracia de perder al Jefe de nuestra Caballería, Sanjurjo, y a mi amigo Dionisio.

La esposa de éste, doña Juliana Ibáñez, vivía en su casa con un hijo de 15 años y, cuando se enteró de la muerte de su esposo, exclamó con temple admirable:

―Mi marido ya no puede luchar por la Causa, pero tengo un hijo que cubrirá su baja.

Y así lo hizo. Ella misma le sacó la ropa a las afueras del pueblo, para burlar la vigilancia de la guarnición enemiga, simulando que iba a llevarle el almuerzo al regadío. Le dio un abrazo y le dijo: A ver si te portas como los valientes…».

Aquí terminó el relato del veterano carlista. Madre e hijo se miraron un instante y se entendieron. Fundidos en estrecho abrazo, sin hablar una palabra, reprodujeron la estampa vieja trazada por el señor Juan.

Esta madre, abrazada a su tercer hijo que va a la guerra, parecía encarnar a la protagonista que inspirara al poeta del Dos de Mayo aquellos versos memorables:

 «… la madre mata su amor

y, cuando callado está,

dice al hijo que se va:

―Pues que la Patria lo quiere,

lánzate al combate y muere…,

tu madre te «rezará»»…

Con esta enmienda final aún parecen más hermosos y más cristianos los versos que anteceden.

No se sabe qué admirar más, si el entusiasmo de los hijos que van a la guerra o el sacrificio de las madres que los bendicen, al marchar.

Sólo un ideal religioso-patriótico, fuertemente sentido, explica éste y todos los casos de generosidad sin límites, tan frecuentes en la Cruzada.

 R.P.