Sangre, sudor y lágrimas

Jesús llora. Jesús Nazareno de San Ginés, Murcia.

Sermón del IX domingo después de Pentecostés, 7 de agosto de 2022

En la epístola de hoy ( I Cor. X, 6-13), San Pablo nos da tres elocuentes ejemplos que ilustran, patéticas, las consecuencias trágicas del pecado, diciéndonos que:

«No forniquemos, como algunos de ellos, y por eso, en castigo, murieron veintitrés mil en un solo día». San Pablo hace alusión a lo que les sucedió a los israelitas cuando seducidos por las moabitas se dejaron llevar por la lujuria y la idolatría, y en castigo de esta apostasía, perecieron víctimas de mortíferos contagios (Num. XXV). Los contemporáneos servidores de Baal parece que no escarmientan a pesar del ingente número de personas que perecen a causa de la sífilis, gonorrea, sida, virus del papiloma, viruela del mono, y un extenso etcétera. De esta manera reacciona la justicia de Dios contra estos pecados que comprenden el primero, segundo, sexto y noveno mandamiento.

«No provoquemos al Señor, como hicieron algunos de ellos, y perecieron víctimas de las serpientes». Aquí el Apóstol hace referencia a lo que está escrito en el libro de los Números XXI, 4: «Los israelitas partieron del monte Hor por el camino del Mar Rojo, para bordear el territorio de Edom. Pero en el camino, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!» Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas». De esta manera castiga Dios la rebeldía revolucionaria de esa gente indisciplinada e ingrata. 

«No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador». Aquí nos recuerda las catorce mil setecientas que declara el libro de los Números en el capítulo XVII, 6-15. Así castiga Dios los pecados contra el cuarto mandamiento.

Y en el Evangelio (Lc XIX), San Lucas nos aporta una prueba más: la ruina y destrucción de Jerusalén. El sobrecogedor relato, que el historiador Flavio Josefo nos legó, narra pormenorizadamente lo sucedido en el año 70 a la ciudad de Jerusalén bajo las órdenes de Tito, hijo del emperador Vespasiano… «porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios».

El asedio de las legiones romanas se prolongó desde marzo hasta septiembre; los sitiados estaban sin trigo, ya que en las revueltas intestinas ellos mismos habían destruido las reservas. Flavio Josefo nos cuenta que, famélicos, se volvieron antropófagos, dejando la desgarradora narración de una madre que asó a su propio hijo, macabro banquete al que convidó a sus jefes.

Escribe Josefo que Tito permitía a sus soldados crucificar frente a las murallas a quinientos prisioneros judíos cada día, para intimidar a los sitiados: «Eran tantas sus víctimas que no tenían espacio suficiente para poner sus cruces, ni cruces para clavar sus cuerpos».

Se nos narra que fueron 1.100.000 los judíos que murieron. Hoy esa cantidad sería muy grande, pero entonces era una enormidad, por esta razón, quienes no fueron testigos, consideran que Josefo exagera. Además, otros 100.000 judíos fueron vendidos como esclavos.

El Templo de David, embellecido por Salomón. ¡era una maravilla! En el año 586 lo habían destruido los asirios, para ser luego reconstruido y, más tarde, ampliado por Herodes. Era la construcción más grandiosa que nunca habían visto las civilizaciones. Por ello, con el pesar por su parte, Tito no pudo impedir que sus legiones lo incendiaran y que quedara totalmente arrasado. De Jerusalén no quedó piedra sobre piedra y, cuatro leguas a la redonda, todos los bosques fueron talados; pues utilizaron toda esa madera para hacer arietes, terraplenes y andamios para franquear las murallas; después todas esas estructuras militares ardieron con furia y acabaron siendo pasto de las llamas.

De las murallas que guarnecían la ciudad, solamente permaneció en pie un tramo de ellas, que es donde aún hoy van a lamentarse los judíos. Sin embargo, las lágrimas de los judíos, hasta  ahora, no son de arrepentimiento sino de pura nostalgia. Lloran los efectos, pero niegan la causa, porque no supieron aprovechar la visita del Señor, que incluso hoy, espera su conversión.

Ahora que el laxismo de los tibios exalta una misericordia buenista, en detrimento de la justicia divina, es oportuno recordar estos sucesos para que «nadie se engañe, nadie se burla de Dios. Se recoge lo que se siembra». «Deus non irridetur» (Gal.VI,7).

La destrucción de Jerusalén

Podremos recibir la misericordia de Nuestro Señor si contemplamos las lágrimas divinas que vierte ante las consecuencias trágicas de nuestros pecados, que nos afectan en lo personal y social, efecto de la dureza de los corazones, que le desprecian y rechazan.

San Pablo nos dice en la epístola a los Romanos que debemos «llorar con los que lloran». (Rom XII,15). Hoy los invito a llorar con Dios, con Nuestro Señor Jesucristo. Si somos capaces de llorar con Él, tendremos el consuelo divino de saber que Él llora con nosotros, en comunión de penas y dolores por el mayor de todos los males: el pecado, y así un día, consolados, nos alegraremos eternamente con Él.

Los padres de la Iglesia nos hablan del don de las lágrimas. La expresión «gracia o don de lágrimas» aparece por primera vez en De virginitate, obra atribuida a San Atanasio (siglo IV). Es una gracia mística que Dios concede y que podemos pedir con insistencia, como nos exhorta San Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales; él la llamaba: «gracia del llanto».

El Evangelio nos dice que Jesús llora tres veces. Una vez, proféticamente, contemplando Jerusalén. En otra ocasión, en Betania, cuando se enteró de la muerte de su amigo Lázaro: «Dominus flevit» (Jn XI,35) el Señor lloró, y también en Getsemaní. Es realmente conmovedor contemplar a Nuestro Señor llorando. Es un gesto muy humano y cercano a nosotros, afectado por tristezas y dolores.

Sin embargo, permitidme que os diga que no veo en sus lágrimas tanto un síntoma de debilidad como un signo de su divinidad, porque al llorar sobre Jerusalén tiene sobre ella una mirada profética, en la que el futuro se hace presente ante sus ojos, que abarcan la eternidad en toda su extensión.  Ve en tiempo presente las desgraciadas consecuencias futuras, que, por rechazarle, sufrirá esa nación; a la que como una clueca que protege y abriga a sus pollitos, Él la quiso cobijar amorosamente bajo sus alas. Las lágrimas que brotan de los ojos divinos de Nuestro Señor no son otra cosa que la misma sangre de su alma; su corazón, un cáliz colmado de lágrimas, rebalsado por el sufrimiento, desbordado de amor y compasión.

¿No habéis pensado que una sola lágrima vertida de los ojos de nuestro Señor Jesucristo hubiera sido suficiente para redimir a toda la humanidad? Una sola, porque era una lágrima divina. Pero Él quiso ir más lejos y en Getsemaní sudó sangre, y derramó hasta la última gota de esa sangre en la Cruz, cuando Longinos atravesó con una lanza, vaciando su corazón, de donde salió sangre y agua. ¿Agua? ¿No sería que se rompió el dique de tantas lágrimas? 

Nadie llora solo, las lágrimas son el más elocuente diálogo, intercambio entre las almas que manifiesta una íntima comunión de amores y dolores. Nuestro Señor llora porque ese torrente de dolor se desbordaba de un corazón que rebalsaba dolor, volcándose se trasvasa en el seno del Padre. Jesús llora en presencia de su Padre y también en presencia de amigos y de Marta y de María. O cuando en Getsemaní ofrece su oración al Padre con la alejada vecindad de sus discípulos predilectos.

Su espíritu llora y se derrama ante el Padre, las lágrimas de Jesús son una oración todopoderosa. ¿Por qué son una oración todopoderosa? Cuando lloró por la muerte de Lázaro, Él rezó. Su corazón, pleno de compasión, en íntima comunión fue un vaso comunicante compartiendo con sus amigos el dolor y, con ellas, lloró y así llegó hasta el Padre la más poderosa oración. Las lágrimas sin palabras son una oración más potente que las palabras sin lágrimas, porque vienen de un corazón humilde. Y sabemos que lo que para nosotros es fragilidad y debilidad, para Dios y ante Dios es poder y fuerza. Tras estas lágrimas divinas, el Señor podrá decir a Lázaro «veni foras», Lázaro, sal fuera.

Ante el juez, ante el acusador imponen en silencio porque cuando las derrama un corazón arrepentido destruyen el vicio y borran las culpas, tal fue el caso, por ejemplo, de María Magdalena, que recibió el don de las lágrimas y por ende la gracia sublime del perdón.

Las lágrimas son para nuestro barro, lo que la lluvia es para la tierra, que la refresca y fecunda, la que impide que el alma esté desierta y yerma; la que lava las suciedades de la tierra y al alma le devuelve la blanca vestidura de la inocencia, al follaje devuelve su esplendor y a las raíces, vigor. Por ellas, la humildad fecunda el humus de nuestra carne,  en virtudes, florecida y luego, cuajada con los sabrosos frutos de penitencia y compunción.

En la octava estación del Viacrucis cuando las mujeres de Jerusalén lloran, Jesús las consuela, pero de algún modo, les hace un cierto reproche. Les dice, «hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque vendrán los tiempos en que diréis ¡dichosas las estériles!, y pediréis a los montes ¡sepultadnos! Si tratan así al leño verde, ¿cómo tratarán al leño seco?».

Somos un leño seco porque a veces no tenemos lágrimas, y no tenemos lágrimas porque el corazón muerto no siente, no sufre. Nuestro corazón está seco y no lloramos ni ante Nuestro Señor y, en ocasiones, ni ante la presencia de los amigos o en el confesionario.  Hay algo mucho más doloroso que llorar, que es no poder llorar, porque lo impide el orgullo y la soberbia que vuelve nuestro corazón de piedra, insensible ante las consecuencias que la gravedad del pecado tiene para nosotros.

¡Qué gracia llorar nuestras faltas como San Pedro! Cuando meditamos la Pasión durante la Semana Santa, recordamos cómo llora después de que cantara el gallo. San Pedro se da cuenta de su traición y entonces comienza a llorar a mares su culpa.

El Evangelio de San Mateo también dice «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt V, 4).

Debemos pedir la gracia de llorar con lágrimas sinceras y no con lágrimas de cocodrilo que son hipócritas y falsas, como las que se derraman en el muro de las Lamentaciones.  Las lágrimas hipócritas son una blasfemia.

¡Cuánta hipocresía cuando en interminables jeremiadas nos quejamos y lamentamos en corrillos parroquiales lo que justamente sufrimos por no acoger la gracia de la visita del Señor! La prueba de que las lágrimas no son sinceras, es que estos plañideros y plañideras se niegan a trabajar por la Ciudad Católica y por el honor de Dios, porque trabajar implica sudar, y en sus ojos no hay lágrimas sinceras cuando en sus frentes no se verá nunca una gota de sudor.  El corazón que llora con lágrimas sinceras, esas que vienen del alma, está listo para defender la ciudad católica de su ruina y su destrucción, está preparado para verter hasta la última gota de su sangre por su Patria y su Dios.

¡Qué situación tan catastrófica! Nuestros templos vacíos de almas y de Dios, destruidos los  altares que defendieron los Macabeos, (cuya fiesta litúrgica inauguró el mes de agosto) pues ellos no sólo ofrecieron a Dios sus lágrimas y plegarias sino que también derramaron su sangre  por el trono y el altar. ¿Somos nosotros como ellos, como los Macabeos?

¿Estamos nosotros listos para luchar como ellos ante esta revolución que profana, arrasa, con el altar y dinamita el trono, que destruye los hogares con el divorcio, que con el aborto, convierte los vientres de las madres  ―fuente de vida―en sepulcros?  Los cabellos blancos de nuestros patriarcas no infunden respeto, inspiran lástima y menosprecio, abuelos que vuelcan en sus mascotas todo el afecto y atención que niegan a los más pequeños hijos de Dios.

 ¿Qué decir de nuestra juventud que cae, que en manada se despeña por el cyberprecipicio?  Se solazan perezosos en las inmundicias de la cybercloaca. Náufragos, hundidos en la impudicia, en la pornografía, en el alcohol y la droga. Como helada tardía, la revolución, ha marchitado en plena floración los nobles ideales que ya no cuajarán en frutos de santidad y honor. Jóvenes que han perdido la virilidad, muchachas sin feminidad, naturalezas corrompidas hasta la médula que, difícilmente, podrán aportar un sustrato sano a la gracia. Y si perece la juventud, de algún modo perece nuestra esperanza de un mañana mejor, porque los jóvenes son herederos de una Tradición vivificante, de un riquísimo legado que no aprecian ni valoran, inmersos como están en el hedonismo y el materialismo. Y para colmo de las desgracias ya no quedan madres como Santa Mónica, que rezando y llorando pudieran escuchar las consoladoras palabras de San Ambrosio a la madre de San Agustín: «Señora, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas».

¿Qué decir de las escuelas que deben educar, iluminar las inteligencias?, pero ahora en lugar de formar a los niños se convierten en centros de perversión. Es la despótica Marianne impartiendo la formación laica y nefasta. Borraron los criterios morales que hacen posible distinguir el bien del mal; los criterios estéticos que les permitan juzgar lo que es feo y que es bello. Por eso los vemos deambular por todas partes, andrajosos y tatuados, oyendo reggaetón. ¿Qué decir de clínicas y hospitales donde Tánatos extiende su desolador imperio con la eutanasia? ¿Qué decir de los tribunales donde ya la ley no es el amparo del débil?

Traicionados por los hijos de la viuda que, en infame contubernio, conspiran en las sombras para desterrar del cruce del camino los antiguos calvarios, silenciar las campanas en los campanarios de las iglesias y de los labios de nuestros niños el dulce nombre de Jesús. Confabulan  frenéticos  los enemigos de la cruz, aquellos que otrora desolaran la Cristiandad. Algunos tienen la cimitarra aún en la vaina ─aunque ya han hecho explotar varias bombas─, mientras que otros ya la desenvainaron y van derramando sangre inocente por las calles ─que está clamando justicia a Dios─, incendiando nuestros templos, mancillando las doncellas, vaciando nuestro erario.

Ahora me diréis, queridos amigos, «Padre, usted dice cosas evidentes, no hay que ser profeta». Es cierto, no hay que ser profeta para constatar la realidad ruinosa que nos circunda, tenemos motivos suficientes para llorar, razones urgentes para trabajar y transpirar, una causa grande por la cual morir y si es necesario derramar también nuestra sangre para poderla redimir. Parece que estamos viviendo en nuestras propias carnes, en nuestras patrias, en nuestra bien amada Civilización Católica, el castigo de la ruina y destrucción de Jerusalén. De momento, la que yace en ruinas no es la ciudad, los edificios aún están en pie, sino que es el ciudadano, el hombre es quien se halla desmoronado, postrado en tierra no reza ni llora, no trabaja ni lucha, no siente ni vibra por lo más noble, lo más santo. Pero no lloremos como mujeres lo que debemos  defender como hombres. Las desgracias que hoy nos acaecen son el justo castigo por la dureza de nuestro corazón que no quiere convertirse y llorar sus pecados. Si queremos ser salvos, no nos queda otra que ser santos.

Ante este espectáculo os invito a cantar a pleno pulmón la Salve Regina «…gementes et flenctes in hanc lacrymarum valle… gimiendo y llorando en este valle de lágrimas». Acerquémonos a los pies de Nuestra Señora en su fiesta del día 15 de agosto a renovar, con toda confianza y devoción, la consagración de nuestra nación y de las familias, reiterando una vez más la consagración que hiciera el Rey Luis XIII a Ella, que es toda la razón de nuestra esperanza.

Nuestras plegarias y lágrimas se las ofrecemos a Ella; y Ella, que es la Omnipotencia Suplicante, intercede ante Dios con sus lágrimas ante el estado de postración y futura condenación de tantas almas. Ella nos mostró sus ojos misericordiosos bañados de milagrosas y auténticas lágrimas. Por ejemplo las que vertió en Siracusa, cuando en casa de un ateo y comunista, éste le preguntó: «Madrecita, ¿por qué lloras?».

Ella llora en presencia de Dios, para que Él tenga piedad de nosotros ante los castigos divinos consecuencia del pecado que nos muestra hoy con algunos ejemplos el Apóstol San Pablo y, en el Evangelio, Nuestro Señor. Pero también llora ante nosotros, que, si no tenemos el corazón endurecido, oiremos la respuesta a la pregunta «¿Perche piangi Madonnina?» En el Eclesiástico VII,29 el Señor nos advierte «de los gemidos de tu madre, no te olvides».

Por mi parte quiero seguir, con todos los sacerdotes que tienen celo por las almas, celo por la gloria de Dios, la recomendación del profeta Joel II,17 «entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu herencia al oprobio, ¡y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?», y en el momento del ofertorio derramaré en el vino, que será la Sangre de Cristo después de la consagración, una lágrima de agua, de las que brotan de nuestro corazón, para unirnos a Nuestro Señor en las más bella y sublime obra, la de la redención.

Que las gracias de esta Santa Misa, en la que Jesús ofrece su sangre y sus lágrimas al Padre por la salvación de muchos, sean fecundas en tu alma. Recíbelo en la Santa Comunión como hubieras deseado que lo recibiera el pueblo de Israel, y así no será para ti su visita ocasión de ruina y desolación, sino de edificación y salvación. Pidamos perdón con lágrimas de conversión: «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados», consolados «porque, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom V,20).  Pongamos nuestra oración, a los pies de Nuestra Señora para renovar esa consagración del rey Luis XIII, porque si de Jerusalén no quedó piedra sobre piedra, podemos echarnos a temblar ante el futuro de la Ciudad Católica, de la Civilización Cristiana. Vayamos ante Nuestra Señora, especialmente este 22 de agosto al trono de la gracia con nuestras lágrimas y ruegos y alcanzaremos gracia y misericordia. Ella nos ha dicho: «al fin mi Inmaculado Corazón triunfará».

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre José Ramón García Gallardo, Consiliario de la Comunión Tradicionalista