La reina de un enemigo

Getty

Ha muerto Isabel II de Inglaterra. Fuera de lo insondable de la muerte, ante la cual sólo cabe una oración, hay que tener presente otras cosas.

Fue quien presidió el desfile de una victoria inglesa por haber vencido a nuestros ejércitos. Ese desfile fue aplazado desde junio hasta octubre del año 1982. Y se realizó el día 12 de ese mes.
No hay casualidad. Ellos (y ella) sabían que la batalla de abril había sido contra una nación hispana. Por eso fue el 12 de octubre. Por esto eligieron el día de la Hispanidad.

Porque desde que Cromwell (padre verdadero de esta nación inicua que reemplazó a la Inglaterra del Rey Arturo, Ricardo Corazón de León, Shakespeare o Tomás Moro) proclamó odio eterno a España (sí, como Aníbal el cartaginés, que juró odio eterno a Roma), España ha sido el enemigo de Inglaterra. Y nosotros hemos heredado el combate.

El mismo Cromwell que hizo decapitar a su rey Carlos I. ¡Ah! porque los ingleses también decapitan reyes. Reyes que, además, en su locura hereje, son jefes de la iglesia anglicana. Es decir, que —teóricamente— es un crimen doblemente magnicida. Sería como matar al Rey y al Papa. En eso ganan a los revolucionarios franchutes.

Esa Inglaterra es nuestra enemiga. Y siempre lo fue. Desde las guerras que sostuvieron nuestros abuelos. Pasando por el encandilamiento que producían en nuestras clases burguesas y dirigentes, a las que convencían de tomar préstamos, vender materias primas y comprar manufacturas. «Seréis como nosotros», murmuraban al oído. Y muchos imbéciles lo creían.

Olvidando que su sociedad ya estaba estamentada, y a nosotros nos correspondería, eventualmente, el lugar de los parias. Y solo miraríamos desde fuera, con ojos embobados, y boca babeante de admiración, la seriedad del boato y elegancia de su clase dominante. Exactamente como ahora.

Subyugados por deudas. Dependiendo de sus bancos. Aceptando sus leyes. Votando a candidatos que responden a distintas «terminales», siempre aprobadas por grupos de finanzas que le son afines. Pero… repitiendo con ojos en blanco, y espasmos de emoción: «¡Que elegancia!… qué distinción, qué pena no fueron finalmente nuestros colonizadores…».

Olvidan algo importante. Y es que en verdad… sí lo son.
Podría pasar que seamos una colonia. Que paga sus impuestos religiosamente en modo de deuda eterna. Y trabaja para ello. Y a la que no le permiten jamás tener un caudillo que se oponga. Y que no puede educar a sus hijos para ser algo más que lo que ellos aceptan. Y que debemos tener sólo los hijos que nos dejan.

No es la reina, claro. Pero sí lo que significa. Al fin, nos hicieron colonia.

Por esto, honremos (entre miles) a Cisneros y Fernández de Córdoba, a Liniers y Giachino. Despreciando a Rivadavia, Miranda, Alvear y Menem (entre desgraciadamente muchos más). Estos últimos, desde los ojos de sus hijos, mirarán arrobados los funerales de estos días. Y darán tregua a su espíritu democrático, reverenciando a la reina que siempre admiraron.

Pero yo, querido amigo, rehúso olvidar quién ha muerto. Y, parafraseando a Seineldín, te digo «no olvidemos que es de Inglaterra de donde han salido los mayores males de este país…».
O como afirmaba (de un modo singular pero ilustrativo) el gran Blas de Lezo… «todo buen hijo de español, debe mear siempre en dirección a Inglaterra»

¡Viva la Hispanidad!

Juan García Gallardo, Círculo Tradicionalista del Río de la Plata