El discurso de Mónica Caruncho en la Cena madrileña de Cristo Rey

Frontal de altar de Baltarga. Museo Nacional de Arte de Cataluña.Frontal de altar de Baltarga. Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Ofrecemos a continuación el texto íntegro del discurso que la margarita Mónica Caruncho pronunció durante la pasada Cena de Cristo Rey.

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Reverendos Padres

Queridos correligionarios:

He aceptado, con no pocas reservas, este gran honor de tomar la palabra en la Cena de Cristo Rey. También hoy, como en todos los años anteriores, una ocasión tan importante como es ésta para los carlistas madrileños, se ha visto realzada por discursos magníficos, inspiradores, llenos de buena doctrina y de grandes esperanzas, pronunciados por algunos de nuestros más ilustres requetés y margaritas.

Con reservas, pues, porque mi labor en el seno de la Comunión Tradicionalista hasta el momento no se ha caracterizado (diría que gracias a Dios), por intervenciones públicas ni ejercicios de oratoria. Me pareció, al principio, que se me aplicaba aquello de San Pablo a Timoteo, cuando le exhorta a predicar oportune et importune, «con ocasión y sin ella». En cuanto a mí, sin ocasión ninguna, ciertamente. Pero también he aceptado con alegría y emoción, porque pronunciar una alocución, como margarita, me permite mirar, desde la enorme distancia, claro, a una Urraca Pastor o a una Princesa de Beira como dos ejemplos cercanos y dos compañeras de filas: también ellas se vieron obligadas, en cierto modo, a tomar la palabra cuando otros no pudieron (o no quisieron) hacerlo. Quizá no sea tan sin ocasión, después de todo.

Pero es que, en cierto modo, la Santa Causa, tal y como aparece bajo la denominación de «carlismo» a partir de la Primera Guerra, tiene mucho de «intervención inoportuna». Nuestros antepasados que combatieron en las filas de D. Carlos quizá se sorprenderían también, al comienzo de la contienda, al verse obligados a recordarles a sus compatriotas algunas verdades fundamentales. Cuando los requetés se echaron al monte al grito de «Dios, Patria y Rey» estoy segura de que asistirían perplejos al espectáculo de tantos españoles de bien que no veían, como ellos, la obviedad de que Cristo ha de reinar en la ciudad católica. Toda la labor, digamos «doctrinal», del tradicionalismo español tiene también su origen en esa dolorosa constatación: para muchos españoles, de entonces y ahora, la verdad refulgente de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo ha dejado de ser evidente.

La misma ocasión litúrgica que nos reúne tiene su origen inmediato en una intervención del Magisterio de la Santa Iglesia que viene a instituir una nueva fiesta. No como si se tratase de una novedad o de una excelente idea del Papa Pío XI para terminar de «cuadrar» el calendario litúrgico; sino como un recordatorio perenne de una verdad que se impone a todo católico que haya entendido que Jesucristo es Dios y Señor. 

Porque la Verdad, aunque sea una y la misma desde los más remotos confines de la Eternidad, es fácilmente olvidada por quienes viven bajo el imperio del príncipe de este mundo. Sin embargo, cualquiera puede (con la ayuda de Dios), reconocer la Verdad como tal y, si se le concede esa gracia, tiene el deber de proclamarla en alta voz. Es curioso que la Verdad, eterna e inmutable, siempre parezca una novedad y una locura, sobre todo cuanto más se sumerge el mundo a nuestro alrededor en el pantano de la Mentira. La Mentira, por su parte, siempre busca presentarse con ropajes llamativos, como si se tratase de una perenne novedad. Pero por más disfraces que se ponga, en el fondo también es siempre la misma, en su fundamento: la revuelta contra Dios y contra Su Hijo Único, Nuestro Señor.

La verdad es que Jesucristo es Rey. Es Rey, como dice el Santo Padre Pío XI, en primer lugar por Su divinidad, de lo cual dan sobrado testimonio las Escrituras. Es Rey porque toda la liturgia de la Santa Iglesia le tributa honor de Rey, incluso antes de la instauración de esta fiesta. Es Rey, no sólo como Dios y creador, sino también como hombre a quien la unión con el Verbo divino comunica toda autoridad, así en la tierra como en el cielo. Y estos son sólo los títulos que atañen a su legitimidad de origen porque, como señalaba hace algunas semanas el capellán de los Pelayos, Nuestro Señor posee ambas legitimidades en grado sumo. La de ejercicio la conquistó con Su preciosísima sangre, derramada en el Calvario; aunque habría bastado, como dice Santo Tomás, una sola gota para nuestra redención, el Señor quiso derramarla toda: «Habéis sido redimidos, no con oro ni plata, sino con la preciosísima sangre de Cristo, sangre de un cordero inmaculado y sin defecto», como dice el Apóstol San Pedro.

La verdad es que Jesucristo es Rey, lo parezca o no. Porque el Señor no sólo es Rey en la gloria de Su Padre, una vez cumplida su misión redentora. El Señor es Rey clavado en la cruz, como sabían muy bien nuestros antepasados cuando representaban a Cristo, como se decía, «en majestad», es decir, crucificado pero vestido con la púrpura regia. Es Rey con la inmarcesible corona de Su gloria del cielo y con la corruptible y torturante corona de espinas en el pretorio de Pilato. Es Rey con el cetro del universo, con el que ha de juzgar a los vivos y a los muertos y con la caña que, por burla y escarnio, le entregaron los legionarios, para después quitársela y golpearle con ella. Rey con la púrpura burlesca y Rey con las blanquísimas vestiduras del Cordero del Apocalipsis. Y, así, el Señor reina en las Españas de ayer, suerte de Cristiandad menor (y no tan menor, después de todo), Españas de gloria católica que sembraron de iglesias y de cruces el orbe entero. Y reina también en esta España desfigurada, abortiva y carnavalesca que se gloría en la muerte de los inocentes y en los vicios más abominables. Reina el Señor en Su Iglesia, en los días de su triunfo terreno, cuando hacía paces y nombraba y deponía reyes y proclamaba con toda su autoridad las verdades de la Fe. Y reina también en esta Iglesia de hoy, que escarnece a su Señor y Esposo comparando Su culto con el de los falsos dioses de las gentes y callando, como avergonzada, las verdades que Él mismo le comunicó.

Porque el Señor es Rey, se le reconozca o no. Eso viene a decirnos, en última instancia, el Santo Padre Pío XI. Tras exhortar, con toda caridad y paciencia a los individuos y a las naciones a reconocer a Cristo como Su Rey y Señor, exponiendo los muchos beneficios que resultarían de ello, también nos recuerda que «el Padre no juzga a nadie, pero le ha dado al Hijo el poder de juzgarlo todo». Cristo es Rey, lo sea en la regia imagen de la fiesta de mañana, lo sea como el Ecce homo o lo sea como el Cristo Pantócrator del final de los tiempos. Bienaventurados los que le reconozcan como Rey antes de comparecer en el terrible juicio.

La Verdad, decía, es siempre una y la misma. Nuestro Señor siempre ha sido Rey, incluso antes de la institución de esta fiesta. La Verdad y la mentira tienen en común que, en el fondo, ambas son viejas como el mundo y, también, que al hombre de hoy, tan alejado de preocupaciones elevadas, tanto la una como la otra le parecen novedosas y sorprendentes. La Verdad sorprende, a su pesar, siendo siempre la misma.

La mentira, por su parte es siempre la misma porque siempre tiene su fundamento radical en aquel fulminante non serviam del ángel caído al comienzo mismo de la Creación. Y siempre sorprende porque se viste con ropajes variopintos y lo que ayer era una herejía que negaba la divinidad de Nuestro Señor, hoy es la misma herejía, negándole Su realeza.

Y así, después de todo, sí que se nos puede aplicar a todos la palabra de San Pablo. Porque hemos conocido a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida, podemos y debemos proclamar en alta voz que es Rey y que debe serlo. Porque el mundo no quiere reconocerlo, debe levantarse el Papa y proclamar con toda su autoridad esta gran verdad. Y, con él, el carlismo, las margaritas y, como hoy, yo entre ellas. A todos nosotros nos dice, también, San Pablo: « Te conjuro, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos al tiempo de Su venida y de Su reino: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, reprocha con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, antes amontonarán maestros conforme a sus deseos, que halaguen sus oídos, y cerrarán el oído a la verdad y lo aplicarán a frivolidades». Por eso, termino sin dudar con un:

¡Viva Cristo Rey!

Mónica Caruncho, Margaritas Hispánicas