Santa Bárbara de Nicomedia, virgen y heroica mártir del siglo III, martirizada por Maximino el Tracio y el gubernator Marciano (+235) en Bitinia, se celebra con fe sencilla en todo el orbe cristiano el 4 de diciembre. Resulta conocidísima y venerada como patrona de los ejércitos del arma de artillería, así como del gremio minero, incluyendo desde los picadores a los ingenieros de minas y bomberos. Sin embargo, desde tiempo inmemorial por doquier ha sido devotamente rezada por todos, especialmente aquellos que la suplicaban como valedora ante Dios frente a rayos, tormentas y aparatosas tempestades, así como de infernales incendios. También como auxiliadora ante muertes fulminantes y maldad de los enemigos, plagas como la de la langosta y otros males repentinos.
En la sociedad tradicional, en donde trascurre buena parte de la vida y el trabajo al aire libre, las ermitas en honor a Santa Bárbara (intercesora frente a incendios, rayos y desastres climatológicos), han proliferado de tal manera en los montes e islas, a menudo en lo alto de las cumbres, que su nombre ilustra multitud de localidades en países y continentes, destacando las Españas, pero también en muchos otros países, al menos desde el siglo VI. Solamente en Navarra hemos encontrado referencias a 45 ermitas o baseleizac de la santa y más de 70 topónimos que reseñan antiguos eremitorios. Una de ellas es la de la pintoresca villa de Monreal (Reino de Navarra), como se atestigua en el siglo XVIII: «Hay fundada en su parroquial cofradía de Santa Bárbara, cuya imagen está colocada en su basílica, situada en la eminencia del monte llamado Higa de Alaiz (Elomendia), la que se edificó por el motivo de la frecuencia y estragos de las tempestades».
En cada ermita e iglesia en donde aparece la imagen de Santa Bárbara resultaba obligada la existencia de una cofradía o hermandad gremial encargada de sus cultos, fiestas y publicaciones para su propagación y que han llegado a nuestros días. En los archivos encontramos las detalladas constituciones y normas de cada una de ellas y podemos leer los versos correspondientes a los gozos que cantaban los devotos en sus romerías y fiestas y que se imprimieron con las primeras imprentas, como en las veteranas navarras de Estella. Las cofradías asistían por obligación a todos sus integrantes (cofrades y cofradas) en caso de incendio y otras catástrofes, figurando como verdaderos y ancestrales seguros familiares temporales y espirituales. La devoción a santa Bárbara, llevada por los marinos y carabelas, se propagó como la pólvora (nunca mejor dicho) y nada más descubrirse América, las distintas tribus aborígenes se esforzaron en solicitar y fundar sus propias cofradías, como prueban las documentadas e ilustradas ya a comienzos del siglo XVI de lengua aymará, quechua, tupí guaraní, náhuatl, pueblo, etc. Aunque la denominación oficial de nuestra santa es la más frecuente, ha sido la de «Santa Bárbola o Bárbula» la que a menudo se ha mantenido por los aborígenes asturleoneses, andaluces, uto aztecas, etc. En territorios navajos, apaches, concho, chichimecos… del Virreinato de Nueva España existieron numerosas ermitas de Santa Bárbara artísticamente pintadas por sus moradores, que subsistieron hasta que vinieron los gringos y los revolucionarios mejicanos a poner «orden», aunque alguna se salvó y perdura en recónditos parajes y cuevas que te enseñan hoy día sus «racializados» habitantes hispanos con gran reverencia. Resulta apoteósica la cantidad de lugares de los Andes, Sierra Madre, California, Montañas Rocosas, desierto de Sonora, etc., que han mantenido las ermitas y devoción a nuestra santa.
El patrocinio de Santa Bárbara resultó especialmente celebrado en el gremio de los guardamontes y guardacampos, así como entre carboneros y leñadores. El alcalde de montes o montanero también se encargaba y responsabilizaba de las quemas de matorral, para que no se extendiesen a los montes ni a zonas construidas. De ahí (y siendo la protectora frente a rayos y tormentas) que en numerosas localidades del norte de España, los montaneros, guardamontes, basazain (Vizcaya) o basiguray (Navarra) demostraron especial devoción a Santa Bárbara y pertenecían a su confradría, confraría, confradía, anaitasuna o cofradía.
En Ezcaray (La Rioja), el Alcalde de Montes o del Campo, que se nombraba cada año («Iten nombran por Alcalde de Montes como cofrade que es de la Gloriosa Santa Bárbara, por alternar dicho oficio con los demás cofrades, a Joseph de Peruxo»), pertenecía la Confradía de Santa Bárbara, en cuya ermita se celebraba (al menos desde el año 1609) una multitudinaria fiesta que ha llegado felizmente hasta nuestros días. Para la fiesta de Santa Bárbara se presupuestaba una comida para los montaneros, guardamontes, caballeros de monte o iguareñak y sus familias, festejo que ha llegado hasta la actualidad en forma de jiras y romerías. Muchas peñas y riscos, cumbres y montañas vascongadas y riojanas, pero también villas de las Españas que conservan el nombre de Santa Bárbara, en su día poseían una ermita a cargo de los confradres y confradresas de los gremios montaneros (cofrades y cofradas en otras ordenanzas) y de tratantes de ganado, más amenazados por los rayos fulminantes. La misma Plaza de Santa Bárbara de Madrid tiene su origen en la muy antigua ermita de la cofradía de tratantes del mismo nombre acogidos a su Hermandad.
La entusiasta y sencilla advocación agroforestal de Santa Bárbara ha impregnado el devocionario tradicional en la Cristiandad con numerosas y vibrantes oraciones de súplica. Tengo ilusión de incluir como ejemplos las siguientes:
En la comarca guipuzcoana de Oiartzun, cuando se desencadena una tempestad, existe la costumbre de santiguarse a cada relámpago, invocando a Santa Bárbara con la jaculatoria siguiente: ¡Santa Barbara! ¡zure ber gara ! (¡Santa Bárbara! te necesitamos) seguida de otras oraciones.
En Nabarniz (Señorío de Vizcaya), al escucharse el primer trueno, por la preocupación ante pedriscos y rayos destructivos, se recita (mientras se prende una vela o se quema el olivo o laurel bendito del Domingo de Ramos):
Santa Barbara, Santa Kruz, Jaune balio zakiguz.
Iñuzentien ogijje, Jaune miserikordijje !
(Santa Bárbara, Santa Cruz / ayúdanos Señor. / El pan de los inocentes, / misericordia, Señor).
La sociedad modernista, soberbia y nada ingenua, pero sí muy amenazada por los megaincendios forestales, muchos debidos a rayos, y las variaciones climáticas actuales debiera volver a pedir el patrocinio de Santa Bárbara. Desde luego en la fiesta de nuestra santa queremos resaltar su valor como intercesora ante Dios y seguir su ejemplo de virtud. «No acordarse solo de Santa Barbara hasta que truena» es también un dicho muy popular.
Juan Andrés Oria de Rueda Salgueiro, Círculo Matías Barrio y Mier de Palencia