En diciembre de 1531 la Virgen se aparecía varias veces al indio Juan Diego en el Monte Tepeyac, en la actual capital de Méjico, para pedirle la construcción de un templo en el llano.
Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de Méjico, recibe amablemente al indio. Pero aquél necesitaba una prueba para estar seguro de lo que éste le decía. Como señal, la Virgen le dice que suba a la colina, corte unas rosas y se las lleve al Obispo. Juan Diego no lo dudó. Las recogió en la tilma y se las llevó al Obispo como señal de que Ella quería en el citado lugar un Templo.
La tilma, era el nombre en náhuatl, la lengua que hablaba Juan Diego, del poncho o capa que utilizaban los indios anudada al hombro.
Cuando Juan Diego está delante del Obispo y despliega la tilma donde llevaba las rosas, éstas cayeron al suelo. Como no era tiempo de rosas, el Obispo comprendió que la señal era verdadera. En la tilma apareció estampada la imagen de la Virgen. Esto ocurrió el día 12 de diciembre de 1531. El Obispo emocionado tomó en sus manos la tilma de Juan Diego y la colocó en su oratorio. Después la trasladó a la Iglesia Mayor de la ciudad para que fuese venerada por la multitud devota.
La tilma tiene más de cuatrocientos noventa años y se conserva en perfecto estado. Se han hecho pruebas con tejidos de fibra de maguey, como la tilma de Juan Diego, y se ha visto que a los veinte años el tejido se descompone. Es inexplicable que la tilma haya durado cuatrocientos noventa años.
La imagen, que tiene 1,50 metros de estatura, está protegida por un cristal pero durante ciento dieciséis años estuvo sometida a todo tipo de elementos extraños. Sin embargo, está tan fresca y el colorido es tan brillante como si se acabara de «pintar».
Es curioso como en 1791, estando unos trabajadores limpiando el marco de plata se les derramó un frasco de ácido nítrico que recorrió el cuadro de arriba abajo. Lo natural es que hubiera destrozado el lienzo y, por el contrario, sólo hay una leve mancha que prácticamente no se ve.
Por otro lado, la tilma está colocada sobre una placa metálica, cuya temperatura oscila alrededor de los 15º grados, mientras que la tilma mantiene constantemente los 36,5º grados, que es la temperatura normal de un cuerpo humano sano.
Entre otros prodigios llama la atención el ocurrido el día 14 de noviembre de 1921, cuando Luciano Pérez Carpio subió al altar y colocó a los pies de la Virgen un enorme ramo de flores que escondía un artefacto explosivo.
Los efectos de la explosión fueron aparatosos: destruyó las gradas de mármol del altar que sostenía la imagen, hizo volar por los aires los pesados candelabros y retorció un gran crucifijo de metal y prodigiosamente la imagen de la Virgen no recibió rasguño alguno.
La imagen está grabada sobre un tejido de ayate hecho con fibra de maguey. Es un tejido burdo, transparente a pesar de lo grueso del hilo. Sus dimensiones son de 104 cms. por 170 cms. y está formado por dos partes unidas en el medio por una burda costura vertical.
Tanto los científicos americanos, Smith y Callahan, que trabajaron en la NASA norteamericana, como el pintor Francisco Camps Ribera afirmaron que en la imagen de la Virgen no había huella alguna de pincel.
El Dr. Ricardo Kühn, Director del Departamento de Química de la Universidad de Heidelberg y Premio Nóbel de Química, analizó las fibras del ayate de la tilma. Su dictamen, sin conocimiento de la procedencia de tales fibras, fue que no existía colorante de procedencia animal, vegetal, mineral ni sintético.
Por otro lado, el Dr. Enrique Graue, Oftalmólogo de fama internacional y Director del Hospital Oftalmológico de Méjico, afirmó que «examiné los ojos con un oftalmoscopio de alta potencia y pude apreciar en ellos la profundidad del ojo, como al estar viendo un ojo vivo».
En estos ojos aparece el efecto Purkinje-Sanson, por el cual se triplica la imagen en la córnea y en las dos caras del cristalino.
Este fenómeno, exclusivo del ojo vivo, fue observado también por el Dr. Rafael Torija, con la ayuda de un oftalmoscopio y lo certifica con estas palabras: «los ojos de la Virgen de Guadalupe dan la impresión total de vitalidad».
En 1951 Carlos Salinas llegó a descubrir, incluso, un rostro humano en el ojo de la Virgen de Guadalupe.
Y, posteriormente, el Dr. José Aste Tonsmann, Doctor Ingeniero y especialista en computadoras por la Universidad de Cornell (Nueva Cork) y profesor de Investigación Operativa en la Universidad Iberoamericana de Méjico, cuando se trasladó a este país para trabajar en su Centro de Investigación, de cara a analizar el proceso digital de imágenes enviadas por satélite, al enterarse del misterio de los ojos de la Virgen se interesó por el tema.
El Dr. Aste hizo lo mismo que Carlos Salinas con unas fotografías tomadas sin cristal del ojo de la imagen de la Virgen. El procedimiento consiste en dividir el ojo en cuadrículas de 1 ml. cuadrado y cada cuadrito en 1.600 cuadrículas de 15 por 15 micrones, por medio de un scanner o microdensitómetro, que es un barredor de imágenes. Cada milímetro cuadrado del original queda fragmentado en 25.000 pequeñísimos cuadrados que se amplían 2.500 veces, con lo cual se captan detalles imposibles de apreciar con un microscopio convencional.
De esta manera llegó a descubrir en una córnea de 7 mms. al parecer la escena que la Virgen tenía delante cuando se apareció y formada por un grupo de unas doce personas.
El Dr. Aste ve en el ojo de la imagen la cabeza de un español, que fue la primera que descubrió Carlos Salinas, y a un indio con un gorro.
En el extremo se ve a un indio sentado, probablemente algún enfermo o lisiado que fue a pedir auxilio al Obispo. En medio se ve la cabeza de un anciano que podría ser la del Obispo Zumárraga. La cara del Obispo Zumárraga, que el Dr. Aste descubre, se parece mucho al Obispo Zumárraga del retrato pintado en 1548 para el Hospital del Amor de Dios.
En dicho grupo también aparece la figura de una mujer negra y precisamente revisando la «Historia de la Iglesia en Méjico» por el Padre jesuita Mariano Cuevas tuvo conocimiento que el citado Obispo nombró en su testamento a una sirvienta negra.
Dichas imágenes están en los dos ojos y con la conveniente inclinación y ni siquiera con la tecnología actual sería posible «pintar las figuras rescatadas» por la computadora en una córnea de 7 mms.
El Padre jesuita Javier Escalada, en su libro «La Virgen de Tequatlasupe» sostiene que el nombre de Guadalupe es una españolización del nombre azteca «Tequatlasupe». Era muy difícil de pronunciar dicho término para los españoles y aquellos extremeños le sonaba a Guadalupe, la imagen de su querida tierra. La Virgen de Guadalupe significó para los indios el fin de los sacrificios humanos para un pueblo que temblaba ante la ferocidad de sus ídolos.
La imagen les hablaba a través de los signos. Era un pictograma, un códice, como un libro que les hablaba por medio de la imagen. Así, el broche con la cruz indica que Ella nos trae la joya de Cristo crucificado. El ceñidor era la señal de embarazo y a la altura que está lo da a entender claramente. Lo mismo que la caída del lazo con las puntas abiertas. El trébol de cuatro hojas en signo de plenitud simboliza a Dios y al estar sobre el vientre de María quiere decir que Ella nos trae a Dios en su seno.
El pueblo azteca adoraba al Sol, la Luna y las estrellas. La Virgen de Guadalupe oculta al Sol, pisa la Luna y las estrellas adornan su manto.
El Dr. Hernández Illescas ha estudiado la posición de las estrellas en el altiplano de Méjico durante el solsticio de invierno de 1531 y resulta que todas las estrellas del manto de la Virgen corresponden a las principales estrellas de las constelaciones en aquellos días del mes de diciembre.
En definitiva, convergencia de todos estos hechos inexplicables en la imagen de la Virgen es tal que nos lleva a pensar que su origen es de naturaleza sobrenatural y dispensadora de los grandes misterios de Dios con los que extender su amor y confirmar a nuestros hermanos en la fe.
José Raúl Calderón, Círculo Tradicionalista de Baeza (Jaén)