Si hay un libro que exponga y denuncie de manera clara y concisa el nivel de postración psíquica, moral y hasta vital –así como sus causas– a que se había llegado en el llamado mundo occidental –y en el ámbito español en especial– en la década de los sesenta, ése es El silencio de Dios de Rafael Gambra, publicado en 1968, el mismo año en que todo este proceso de putrefacción espiritual llegaba a su culmen con la consumación de la Revolución religiosa en el Concilio Vaticano II, y con la final Revolución cultural del mes de Mayo en París, jalones consolidadores de esta dizque nueva era de la posmodernidad que perdura hasta nuestros días.
Describe Gambra la psicología colectiva resultante como la de «una pérdida general de la noción de lo que nos es propio […]; la pérdida igualmente del espíritu de defenderlo, y del instinto de conservación y de lealtad que le son concomitantes». La describe también como «un estado de delicuescencia intelectual y emocional en el que desaparece el sentido de los límites y de la continuidad, de lo que es estable o intangible por constituir el cuadro, o más bien el suelo mismo, de nuestra existencia humana. Consecuencia de tal actitud mental es […] la aceptación de antemano de cualquier cambio ideológico o estructural como exigencia de una evolución incontenible». De esta forma, «las figuras del magisterio seglar o religioso de nuestro ambiente […] hacen blanco lo que ayer era negro, y todo ello sin conciencia alguna de deslealtad o de incoherencia». En efecto, lo peor de todo es que este fenómeno no es el del típico oportunista de toda la vida, sino «una actitud enteramente nueva que realiza esto mismo con conciencia subjetivamente recta, incluso como imperativo de un loable atemperarse a la evolución», y que presupone en todo el que se resista a ello «un empeño vano e ilusorio: el de oponerse a la corriente o al “viento de la Historia”».

Añade a continuación Gambra que «dos obras literarias me han parecido hace años como precursoras –o más bien como intuiciones geniales– de esta actitud mental que vemos hoy generalizarse en términos vertiginosos, incontenibles». La primera de ellas es La metamorfosis (1915) de Franz Kafka, en donde su protagonista, Gregorio Samsa, se despierta una mañana convertido en un bicho de igual tamaño. «Tanto él como su familia –relata Gambra– aceptan el hecho como cualquier otra contingencia desgraciada de la vida; lo ocultan y sobrellevan como pueden», hasta la muerte final del pobre hombre. «Al día siguiente, los familiares, aliviados de la horrible pesadilla, salen a pasear endomingados porque es hora de tomar el sol y de “encontrar a la hija un buen marido”». Esta novela existencialista «pretende mostrar la irracionalidad de la existencia y cómo la mente humana podría avenirse con cualquier otra estructura existencial sin mayor dificultad que con la de nuestro mundo habitual». Gambra, a su vez, establece el paralelo de esta tragedia kafkiana con el momento presente: «la actual aparición de la metamorfosis en extensos sectores del magisterio social representa [algo monstruoso]: algo que ha sucedido sin poder suceder».
La segunda obra, Rinoceronte (1959), de Eugène Ionesco, constituye «la más aguda y profunda sátira del conformismo ambiental en nuestra época y de los mecanismos psicológicos de adaptación incondicional a cualquier género de situación o de cambio de mentalidad. Sátira también del proceso de masificación y de trivialización que se opera en las almas por efecto de la tecnocracia y de las grandes concentraciones urbanas. Imagen, en fin, de ese estado de ánimo colectivo que se revela capaz de aceptarlo todo rápidamente, con resignación previa, por una voluntaria pérdida del sentido de los límites y de la consistencia de las cosas».

En este drama, irrumpe un rinoceronte por las calles de una ciudad, «y desde ese mismo momento entra en juego para aquel ambiente humano un mecanismo psicológico encaminado a la elusión subconsciente del hecho, a la conformidad embozada con el mismo, movido siempre por actitudes previas de pereza mental, de cobardía interior y de abandonismo profundamente arraigadas». A la vez, los ciudadanos se van transformando en otros tantos paquidermos, última fase de un previo proceso de rinoceritis o insensibilización humana. Señala Gambra que: «Ante el hecho consumado, la epidemia de rinoceritis se extiende incontenible; el mecanismo mental se pone en movimiento para el hombre masificado, previamente dispuesto para cualquier género de adaptación dirigida: “siempre hubo cosas así”, “salgamos al encuentro de lo que nace y seamos sus pioneros”, “en otros sitios están peor”, “tiene esto cierta grandeza”». Y subraya, en contraste, el tipo humano del protagonista, Berenger, que resiste a la adaptación rinocérica: «no es ningún puritano u hombre de claros y declarados principios, [que son precisamente] los que con mayor facilidad encuentran argumentos de transición para adaptarse», sino un hombre humilde, sencillo, que conoce cuándo algo es absurdo, y lo sabe «“intuitivamente”, aunque no sepa definir la intuición más que como un saber “por las buenas”». «Pienso que en nuestra sociedad masificada y estatista –concluye Gambra–, donde la rinoceritis alcanza hoy a los más altos niveles, esta pieza de Ionesco debe producir la misma impresión que si a los tripulantes de una vieja y carcomida embarcación se les mostrara al vivo cómo [una igual a ella] empieza a hacer agua y a hundirse».
Félix M.ª Martín Antoniano