Parece que lo hagan a propósito: Carmen Calvo, mi querida Carmen Calvo, vuelve a estar de moda. Tras unos cuantos meses aparcada en los polvorientos escaños de tercera o cuarta fila, por TERFa (Feminista Radical Trans-Excluyente, por sus siglas en inglés), últimamente se vuelve a hablar de ella porque, coherente dentro del despropósito general de su ideología, ha votado «No» a la inefable Ley Trans y, en consecuencia, según dicen ciertos mentideros monclovitas y ferracinos, se le habría abierto expediente para expulsarla del Partido.
Entenderán que me agarre, como a un clavo ardiendo, a la oportunidad de hablar, de nuevo, de ella.
Yo pasé por un lunático, hace ya bastante tiempo, cuando dije que el problema con Carmen Calvo no era que no fuese la más aguda Catedrática de Derecho Constitucional de España; ni que no tenga todos los mapas en la cabeza; ni que su conocimiento de la lengua de Plutarco lo tenga algo mezclado con el de Pluto y otros simpáticos personajes de animación; ni siquiera su proyecto de reforma del Código Penal, lingüísticamente redundante y jurídicamente una payasada de libro. Cuando dije que todo eso podía ser objeto de preterición –retórica– en un artículo sobre Carmen Calvo, hablaba muy en serio, como siempre hago… Porque el problema con Carmen Calvo era y sigue siendo que ya entonces y, mucho más ahora, ha pasado a integrar las filas de los reaccionarios cavernarios. Como Lidia Falcón y Paula Fraga y todas esas señoritas feministas que antaño protagonizaban siempre las más vanguardistas tertulias intelectuales pero que hoy ya sólo entrevistaría, quizás, Intereconomía. [Y las llamo señoritas feministas con toda intención: porque soy un tradicionalista, también en lo lingüístico y siempre he llamado señorita a la mujer no casada. Y también, un poco, por tocar las narices].
La parte tragicómica de todo esto es que la muerte civil de los antiguos izquierdistas será mucho más dolorosa y más cruel que la de aquellos, como los abajofirmantes de este periódico a los que nunca ha habido que ejecutar civilmente porque ya nos habíamos puesto nosotros mismos la soga al cuello. Porque al que ha sido tildado de facha toda su vida, se le ignora fríamente desde los altos palcos de los poderes fácticos y a otra cosa. Pero, ¡ay de quien ha osado, saliéndose de su papel en la comedia humana del Progreso, cambiar una coma del apunte que le daban las cavernosas voces surgidas de la concha ideológica! ¡Ay, incautas feministas que os creíais hijas de la Revolución jacobina y cometisteis el imperdonable error de pensar que los jacobinos son los descendientes de los Principios de la Subversión, cuando no son sino los bastardos de la Subversión de todos los Principios!

El susto ha debido de ser de órdago. Como el del pobre Milo Thatch, cuando se dispone a echarse una bien merecida siesta en su camarote del submarino que le ha de conducir al descubrimiento de la mítica Atlantis (en la película homónima); siesta interrumpida por una misteriosa voz, de acentos franceses, por demás (como si no diera ya bastante miedo) que le dice, siseando sibilante, surgiendo de las sombras:
«— ¡Has molestado a la suciedad…!»
La voz pertenece a un excéntrico experto en suciedad que almacena, bajo el colchón del desventurado lingüista, una nutrida colección de montoncillos de polvo de diversas procedencias que el incauto Milo ha desbaratado con sus irreflexivas pretensiones de descanso:
«— ¡¿Qué has hecho?! —le espeta, tratando de recomponer dos de los repulsivos montículos— ¡Inglaterra no debe mezclarse con Francia!» […No cito el resto de la escena, que es bastante memorable, por no desviarme del tema].

El excéntrico experto en suciedad, que responde al nombre de Molière y a la apariencia general de un topo, está ataviado como un espeleólogo, con unas gafotas-microscopio y un frontal muy apropiados a la naturaleza de sus curiosas investigaciones. Es cierto que los que exploran cuevas suelen encontrar mucha suciedad. Y no creo que resulte necesario explicitar más de la cuenta la analogía, si digo que, de manera general, todo sociólogo (que es lo que son, en realidad, la inmensa mayoría de los hoy autodenominados «filósofos») se asemeja bastante a un espeleólogo en la medida en que tenga a bien aventurarse en las tenebrosas simas de la Ideología de Género y otros sistemas grutescos del pensamiento moderno y post-moderno.
Una cosa es explorar, claro, y otra hacer. Porque aunque la mayoría de las cuevas que hay en el mundo no han sido hechas por mano de hombre, el siempre agudo Diccionario de la Real Academia Española nos enseña, en su entrada «cuevero», no sólo que es verbalmente posible concebir un «hacedor de cuevas» en nuestra lengua sino que, por el sólo hecho de que la palabra se encuentre recogida en tan ilustre catálogo, resulta evidente que la profesión ha tenido una cierta virtualidad. Cuál sea su aplicación literal en nuestros días, lo ignoro. La figurada es evidente: son cueveros los que prevaliéndose de sus oscuras, sucias y repugnantes conciencias escarban tenazmente cientos de galerías que parten de la zapa principal, que es la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, para alcanzar cotas aún más bajas, ruines y repulsivas de disolución moral y hasta antropológica.
El problema de Carmen Calvo es que, constituida en guardiana mitológica de la Caverna del Divorcio y del Feminismo, un día le dio por coger una linterna y comenzar a explorar todas las galerías que una serie de topillos ávidos de nuevas fuentes de mugre y podredumbre habían comenzado a excavar desde la sala principal. Lo que vio no le gustó. No es ya que no le gustara, como no nos gusta a nosotros, por inmoral, por inhumano, por contrario a la Ley natural, tanto como a la Ley divina. Es que no le gustó, y eso es lo grave, por contrario a la Ley de la Razón Pura, a quien muchos creíamos incapaz de caer en contradicción alguna (por el simple expediente de estar dispuesta a caer en todas a la vez).
Carmen Calvo y su linterna ilustrada, como la A-Lidia que, incauta, pisó a los momeraths, están descubriendo que en las tenebrosas galerías inferiores de la mina que ellas empezaron a cavar para zapar la Ciudad Católica, se esconden monstruos mucho más peligrosos que el Balrog de Moria y mucho más siniestros que los que susurran en las tinieblas y moran en las montañas de la locura.
No sé si Carmen Calvo ha atisbado la imposibilidad de distinguir a un hombre de una mujer; o la administración obligatoria de bloqueadores hormonales a los niños para que puedan decidir su género en total libertad. Quizás haya empezado a columbrar que un ejército de adolescentes psicológicamente anulados y fisiológicamente similares a niños pequeños pueden ser una presa muy apetitosa para ciertos monstruos que harían palidecer y correr a ocultarse en sus guaridas a las más perversas criaturas de H. P. Lovecraft.
No sé qué has descubierto, querida Carmen, pero una cosa es evidente:
«¡Has molestado a la suciedad!».
G. García-Vao