Kant y el nuevo modo de pensar en la Edad Contemporánea (I)

Su influjo ha sido tan penetrante que incluso han llegado a infiltrarse masivamente dentro de la Iglesia

Immanuel Kant (1724-1804).

El pasado mes de abril se cumplieron trescientos años del nacimiento del intelectual alemán Immanuel Kant en el municipio prusiano de Königsberg (actualmente conocido como Kaliningrado, capital del homónimo enclave territorial ruso, situado entre Polonia y Lituania, que los soviéticos se apropiaron tras la II Guerra Mundial). Creemos que no es exagerado afirmar que las ideas ilustradas de este hombrecillo metódico y enfermizo que no salió jamás de su ciudad natal, sistematizadoras de los errores naturalistas-racionalistas entablados por el Humanismo (e indirectamente también por el fideísmo Protestante) desde los albores de la Edad Moderna, están en la base de la mentalidad colectiva teórica y práctica que se ha extendido por el llamado mundo occidental durante nuestra Edad Contemporánea. Su influjo ha sido tan penetrante que incluso han llegado a infiltrarse masivamente dentro de la Iglesia, habiéndose convertido previamente en la base del heterodoxo pensamiento modernista.

El núcleo fundamental de la ideología kantiana se encuentra sintetizado en unas pocas líneas recogidas en el prólogo a la segunda edición de su obra cumbre Crítica de la Razón Pura (21787), y que constituyen la enunciación de lo que luego sus comentadores han calificado como la «revolución copernicana» en el modo de pensar. Esta etiqueta no es gratuita, ya que el propio Kant comparaba su revolución epistemológica en la Metafísica con la que el matemático polaco había realizado en el campo de la Astronomía. En su día ya ponderamos la transcendencia que el copernicanismo tuvo en la Historia de las ideas en el artículo «La primera revolución cultural de la modernidad». La innovación copernicana, que en su primera fase de desarrollo desembocó en la filosofía natural de Newton, suscitó una nueva forma de enfocar el conocimiento humano a través de la llamada «ciencia nueva», cuya esencia se convirtió en el punto de partida y centro de atención de la «crítica» (= investigación, en su sentido etimológico griego) de Kant. El resultado final fue que, aquella revolución que se inició con una sola idea novedosa en el ámbito de los cálculos celestes, se transformó de la mano del filósofo alemán en una revolución radical que afectaría a la gnoseología humana en su conjunto. Ya no se trataba de asimilar una tal o cual idea nueva, sino una nueva forma de pensar general.

«Yo tendría que presumir –manifiesta Kant en su prólogo– que los ejemplos de la matemática y de la ciencia de la naturaleza, que han llegado a ser lo que ahora son mediante una revolución llevada a cabo de una sola vez, serían suficientemente notables para que se reflexionara acerca de los elementos esenciales del cambio del modo de pensar que a ellas les ha resultado tan ventajoso, y para imitarlas, al menos a manera de ensayo, en la medida en que lo admite la analogía de ellas, como conocimientos racionales, con la metafísica. Hasta ahora se ha supuesto que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos; […] Ensáyese […] si acaso no avanzamos mejor en los asuntos de la metafísica, si suponemos que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento; […] Ocurre aquí lo mismo que con los primeros pensamientos de Copérnico, quien, al no poder adelantar bien con la explicación de los movimientos celestes cuando suponía que todas las estrellas giraban en torno del espectador, ensayó si no tendría mejor resultado si hiciera girar al espectador, y dejara, en cambio, en reposo a las estrellas. Ahora bien, en la metafísica se puede hacer un ensayo semejante». (Traducción por Mario Caimi, ed. Fondo de Cultura Económica, 2009, pp. 19-20).

Y así lo hizo Kant. En su teoría del conocimiento partió de la distinción entre das Ding für mich, «la cosa para mí», es decir, el fenómeno, único objeto posible del entendimiento humano, y das Ding an sich, «la cosa en sí», es decir, el noúmeno, que el hombre no puede llegar a aprehender nunca. Y, por esta vía, acabó dictaminando la incapacidad natural del hombre para alcanzar verdades metafísicas a partir de la experiencia en el terreno de la razón especulativa: en consecuencia, es imposible demostrar (ni refutar) la existencia de Dios, la sustancialidad del alma humana, el libre albedrío en su potencia volitiva, o el carácter ordenado (cósmico, no aleatorio) del Universo. Se trata, en definitiva, del principio del fenomenismo agnóstico, que está en la base de la antedicha herejía modernista, que ha venido contaminando, sobre todo a partir del siglo XX, las mentes de una inmensa multitud de fieles y jerarcas de la Iglesia.

San Pío X resumía magistralmente ese principio de escepticismo metafísico en su Encíclica Pascendi (1907), en apenas un par de párrafos que, por esta razón, representan la parte medular del documento: «Los modernistas establecen –asevera el Papa–, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la Historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la Historia. Después de esto, ¿qué será de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la Revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo. Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos». Y después de recordar los anatemas al respecto emitidos en el Concilio Vaticano I, termina su descripción el Pontífice con estas palabras: «Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia, por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la Historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma Historia con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber: que la Ciencia debe ser atea, y lo mismo la Historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados» (§4, traducción oficial).

Félix M.ª Martín Antoniano

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