La sinrazón eutanásica

EFE

La ley de la eutanasia se ha impuesto en el Congreso español sorteando eficazmente todo ápice de razonamiento en el que pudiera apoyarse. En este sentido, es una ley esencialmente democrática, pues le corresponde la fuerza del número y nada más. Poco importa que ese número sea el de unos cuantos parlamentarios o una oligarquía que representa falsamente a la mayoría de españoles. La voluntad soberana del pueblo se expresa así de un modo tan pleno como la voluntad soberana del enfermo terminal (o no), que pide desesperado, en estado precario y sin cuidados paliativos, que alguien acabe con su vida.

Los argumentos a favor de la ley han brillado por su ausencia, en primer lugar porque ésta pasa a formar parte de los atropellos cometidos por el gobierno aprovechando la crisis pandémica. Apoyándose en el ruido mediático del coronavirus y las habituales noticias irrelevantes destinadas a desviar la atención, los gobernantes han procurado en primer lugar evitar en lo posible todo debate público. Han empezado obviamente por desoír a los médicos y especialistas, particularmente en cuidados paliativos y en bioética. Ignorar a quienes conocen una cuestión sobre la que se va a legislar no sería en este caso ninguna novedad dentro del sistema parlamentario, pero llama la atención la prisa y la desfachatez en esquivar cualquier debate serio.

Durante los años precedentes, la propaganda política y mediática evitó todo tratamiento racional de la cuestión gracias a su otra estrategia predilecta, que no es otra que la apelación sentimental. Cuando las razones son débiles, son las emociones las que gobiernan, como enseñaban los maestros de retórica. Para ello, nada mejor que el cine y la televisión para presentarnos escenas lacrimosas y noticias emotivas en las que los enfermos incurables o terminales sufren por culpa de la maldad de quienes se niegan a mandarles compasivamente al otro barrio con un chupito de cianuro o una inyección letal.

Pero si no bastaba con la compasión, nuestros políticos han invocado extasiados el gran dogma de la ideología liberal como pretendida justificación de la eutanasia. El supuesto argumento definitivo, cuando no se esquiva la cuestión ni se apela simplemente a los sentimientos, es el de la libertad. La eutanasia debe ser legal porque constituye un acto de libertad. Libertad, en abstracto, frente a la que cabe preguntarse, igual que Lenin ante el socialista español Fernando de los Ríos, «¿libertad para qué?». Pues está claro, para que te maten. Pero es precisamente la cuestión de si esa libertad es legítima lo que debe justificarse; que se pueda elegir la muerte (sea viciado o no el consentimiento) es lo que está en tela de juicio. Estamos, por tanto, ante un razonamiento vicioso y circular, una grosera petición de principio. Una falacia que no consiste en otra cosa que dar por supuesto precisamente lo que se debate o debe ser probado. Es decir, otra forma sutil de no dar ninguna razón. Otra manera velada de imponernos la sinrazón eutanásica.

Enrique Cuñado, Reino de León