La reciente Conferencia de Seguridad de Múnich fue escenario de una humillación histórica de Europa por parte del vicepresidente de EEUU, J.D. Vance. Ante unos dirigentes europeos deseosos de seguir alimentando con dinero y sangre la guerra contra Rusia, Vance dijo que la mayor amenaza a la seguridad de Europa no es externa, sino interna. Esta amenaza no es otra que la de la libertad de expresión sobre la que dicen fundamentarse las democracias liberales, que en Europa estaría «en retirada». De manera muy acertada, Vance puso de relieve la hipocresía de las democracias europeas con ejemplos muy concretos como la detención de personas por rezar en silencio ante clínicas abortistas, la persecución por «discursos de odio» o por «desinformación» (especialmente durante la crisis del Covid-19) o la cancelación de resultados electorales no deseados, como en Rumania. Sólo con la boca pequeña dijo Vance que todo ello no dejan de ser órdenes que vienen de su propio país, pero se excusó culpando a la anterior administración Biden. Y finalmente, mostrando su vena de católico liberal, el vicepresidente acabó citando a Juan Pablo II como «gran campeón de la democracia», diciendo aquello de «no tengáis miedo», es decir, que dejen que se oiga sin cortapisas de ningún tipo «la voz del pueblo». Y recuperando los viejos tópicos del liberalismo clásico, afirmó que es necesario defender hasta la muerte el derecho a expresarse libremente de aquel con el que no estamos de acuerdo.
Todo ello debe ser entendido en sintonía con el combate de la administración Trump contra la llamada cultura woke, pero en definitiva, no deja de ser un llamado a que Europa entienda que hay un nuevo sheriff en Washington, como llegó a decir Vance. Corren nuevos vientos en el gobierno estadounidense, que ha decidido centrarse en lo importante y defender su economía en tiempos en los que peligra su hegemonía mundial. Y por supuesto, Europa debe adaptarse a esta nueva estrategia o quedar abandonada y en ridículo en un contexto geopolítico en el que no pinta casi nada en medio de los gigantes ruso, chino y estadounidense, entre otros. La prueba más palpable de ello, y la guinda de la humillación europea son las negociaciones que ya han empezado entre Estados Unidos y Rusia para poner punto y final a la guerra de Ucrania. La paz entre Europa y Rusia la negocian Putin y Trump, al que todos habían considerado un peligro para la paz internacional. Queda así en evidencia lo que todo el mundo sabía y que sólo negaban lacayos a sueldo y tontos útiles, y es que desde el Euromaidán todo el conflicto con Rusia ha sido una pantomima teledirigida por el imperialismo yanqui. Y aún así, a nadie le importó que los Estados Unidos sabotearan infraestructuras estratégicas europeas como el Nord Stream o que se destinaran millones de euros a una guerra absurda. El Congreso de los diputados español se puso de pie para ovacionar al actor judío y títere estadounidense Zelensky, que disfrazado siempre de militar se ha dedicado a prohibir partidos de la oposición y elecciones en Ucrania. Y ahora esos mismos que aplaudían se rasgan las vestiduras con el discurso de Vance e invocan una seguridad propia e independiente de Estados Unidos en Europa. Eso sí, ningún político europeo se atreve a hablar de la salida de la OTAN ni de retirar bases en sus respectivos países. Los psicópatas que rigen Europa sólo piden más dinero para malversar en Ucrania y para comprarle armamento a Estados Unidos mientras ellos reducen su gasto militar e invierten en cosas más productivas. Además, se permiten volver a lanzar la amenaza de enviar tropas europeas contra Rusia. Por supuesto, todo ello quedará en los aspavientos, porque el representante del sheriff de Washington ya les ha dicho que es una completa falta de realidad pensar en volver a las fronteras ucranianas de 2014. Sobre todo porque el sheriff de Washington quiere centrarse nuevamente en lo importante para el imperialismo yanqui, que es completar el genocidio de Gaza, apoderarse del Canal de Panamá, imponer aranceles, revalorizar el dólar y recuperar su hegemonía mundial. La nueva ola política de derechas que recorre Europa y buena parte de América está destinada a apuntalar este proyecto.
Ante este panorama, la clase política española se siente capaz de seguir engañando al pueblo, vendiéndole alternativas falsas que se disfrazan de cristianas, de críticas de la cultura woke y de combativas contra el Islam que amenazaría Europa. Un liberalismo que ha explotado el producto que ellos mismos habían creado para llevarnos de nuevo y con más fuerza a la casilla de salida. Todo el espectro político del Régimen, con aspavientos o sin ellos, han traicionado y vendido España. La derechita valiente, como la ha llamado Juan Manuel de Prada, quiere ser en España la filial del criptoestafador judío de Argentina y del excéntrico millonario yanqui, que es tan antiespañol en su retórica como en su política. No hay que olvidar que Trump tiene como principal aliado estratégico en la zona a Marruecos y reconoció su soberanía sobre el Sáhara Occidental, lo mismo que mañana podría legitimar sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla. Otros ejemplos bien conocidos de su retórica antiespañola son el cambio de nombre del Golfo de México por Golfo de América y el de Denali por Monte McKinley (en honor del presidente pirata que usurpó territorios españoles en 1898). Y a estos tienen como aliados los que se anuncian sin pudor como salvadores en la «hora de los patriotas». Pero no hay en el sistema que padecemos ni un político con visión de futuro y perspectiva histórica capaz de ver realmente que es la gran hora de una alianza entre las naciones hispanas. Hace no tanto que esto sonaba nostálgico y desfasado, y sin embargo, ya muchos se dan cuenta de que en un contexto geopolítico de grandes naciones y grandes alianzas, es algo no sólo posible, sino indispensable. Con una Europa humillada, irrelevante y siempre servil, si España quiere sobrevivir sólo puede mirar a América y a sus viejos reinos para ir tejiendo alianzas fuertes hasta alcanzar una verdadera confederación hispánica. Frente a una Europa humillada, decadente y en vías de extinción, ha llegado el momento de las Españas, la hora de la Hispanidad.
Enrique Cuñado (Círculo Tradicionalista Enrique Gil y Robes de Salamanca)
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