Ya hemos comenzado la Septuagésima, tiempo en que la Iglesia nos prepara para la Cuaresma, empezando ya con el morado en la liturgia y la penitencia en nuestros cuerpos.
Y, como ecos de un sentir popular impregnado de religiosidad sana, traspasa el tiempo, desde comienzos del siglo XX, una costumbre netamente andaluza, que se ha extendido —y continúa extendiéndose— en la forma de vestir a nuestra Madre: de hebrea.

El origen, aunque muchos crean que la intencionalidad era simbolizar la humildad de María Santísima (llevados sólo por los bordados y oropeles y sin entender el amor puro y sincero de nuestros mayores que desean embellecerla, siguiendo aún las recomendaciones del Concilio de Trento: «Además de esto, declara que se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración…»), fue mucho más profano, pero no exento de cariño e imaginación, como lo que se vive en los hogares pobres pero honrados: la escasez de ajuar con que contaba la Virgen. En esa primera vez, fue tal la escasez que incluso el rostrillo estaba realizado con papel de seda.
Pero rebusquemos en estas tierras del sur de España y viajemos a la Sevilla de principios del siglo XX. Allí encontraremos al bordador y diseñador sevillano de la Virgen, Rodríguez Ojeda, quien en 1925 creó la vestimenta que más tarde se le llamaría «de hebrea». Atavió por vez primera de hebrea a la titular Dolorosa de la Hermandad de la Hiniesta de Sevilla de la que, en 1905, fue nombrado teniente de Hermano Mayor (de joven, como bordador en el taller de las hermanas Antúnez, fue instruido en iconografía sagrada). También se encargó de confeccionar el manto y el palio, así como también el arreglo de sus imágenes titulares.

Nuestra Madre se mostró sin joyas, sin bordados, tal y como se la imaginó andando por Tierra Santa, como la contemplamos en el segundo misterio gozoso del Santo Rosario, los lunes y jueves, yendo a visitar a su prima Santa Isabel. Esa primera presentación a su pueblo devoto iba vestida mediante pliegos de papel, con un sencillo manto de raso, una sencilla saya, ceñida a la cintura con un fajín, el rostro enmarcado por un velo plisado y tocada con aro de estrellas.
Aunque se debe reconocer, que existieron precedentes, escasos y aislados, de esta vestimenta en los siglos XVIII y XIX, no llegaron a conformar una creación ni duradera ni prototípica. Fue la creación de Ojeda la que se extendió con rapidez, sobre todo a partir de la década de los años 50 del siglo pasado, por toda la geografía, con algunas variaciones en el tiempo y en las hermandades: con saya burdeos lisa, normalmente de terciopelo, ceñida a la cintura con un fajín rayado de colores; un manto azul con las vueltas blancas, por lo general de raso y un tocado colocado de manera sencilla del tul. Sobre su divina cabeza, algunas hermandades la coronan con potencias e incluso ráfagas. Pero un elemento que perdura inalterable es el cinturón o fajín en la cintura, usando para ello una tela llamativa, a rayas de colores, que combinaba perfectamente con el manto azul y la saya de color rojo.
Como dato curioso, existen varias hermandades (un ejemplo: Estrella de Triana, Cofradía fundada en 1560, en Sevilla) que visten a sus Dolorosas de hebreas durante el tiempo de la Navidad.
Estimados lectores, no podemos dejar de apreciar los frutos de la rica religiosidad popular hispana que, con permiso de ustedes, iremos desgranando estos días.

María Dolores Rodríguez Godino, Margaritas Hispánicas
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