A T.P.R.E.
Cuando, hace un par de años ya, advertíamos a nuestros lectores de que ciertos clásicos personajes de ficción habían dejado de existir, incluso en cuanto que personajes de ficción (exactamente como nuestros lectores), insistimos bastante en la idea de que, más que de una supresión o borrado al estilo woke de las brujas en cuanto tales, se trataba más bien de darles una nueva significación. Como al Valle de los Caídos. Lo cual no deja de tener su interés, puesto que en uno y otro caso hay muchos muertos de por medio.
Las brujas han dejado de ser malas y se han convertido en estereotipos del maltrato y de la discriminación. O, más grave aún, sin dejar de ser brujas en el sentido más clásico y siniestro de la expresión, son objeto de descarada y pública reivindicación por parte de ciertos colectivos. Así, resulta que hoy en día se puede acusar alegremente a libros como el citado de Roald Dahl y a sus adaptaciones fílmicas clásicas, como la también citada de 1990 con Anjelica Huston en el papel de la Gran Bruja, de aventar estereotipos misóginos que pueden perturbar gravemente las mentes en formación de los niños que lean o que vean tales historias.
«El estereotipo de la bruja occidental se basa en un prejuicio misógino hacia las mujeres solteras e independientes que se ganan la vida sin someterse a la maquinaria del heteropatriarcado capitalista».
«El estereotipo de la bruja occidental forma parte del elenco de personajes-tipo del imaginario colectivo de la tradición judeo-cristiana que tiene por objeto garantizar la sumisión de la mujer al varón y de estigmatizar a las mujeres que no quieren conformarse a los roles de género impuestos por la tradición».
«El estereotipo de la bruja occidental inculca a los niños, especialmente a los varones[1], el odio hacia las mujeres independientes y determinadas que ejercen la igualdad hombre-mujer de manera asertiva; consecuencia de ello, llega a legitimarse el feminicidio, so pretexto de castigar la transgresión de los códigos morales de la sociedad por parte de la llamada bruja».
Aunque hemos inventado todas las citas, creemos, modestia aparte, que constituyen un resumencito bastante genial de la rampante caza de brujas de la intelectualidad progresista actualmente actuante.
La cuestión de fondo podría resumirse en que, en los cuentos con brujas, podemos observar cómo los niños han de enfrentarse prácticamente solos a malvados seres mágicos que quieren matarlos, comérselos o convertirlos en ratones; y, en consecuencia, resulta difícil imaginar en qué medida el fomento de las medidas de prevención y de elemental prudencia en los niños frente a tales seres mágicos pueda resultar nociva para su normal desarrollo psicológico y social.
«Las brujas no existen». Las brujas, en el sentido de señoras con poderes mágicos que les son connaturales y gracias a los cuales pretenden destruir a todos los niños que se crucen en su camino, efectivamente, no existen. Tampoco existen las hadas, duendes, orcos, dragones ni los demás personajes mágicos de ficción y no veo que nadie proteste porque a los niños lean La Cenicienta o El Señor de los Anillos.
Ahora bien, si lo que queremos decir cuando decimos «brujas» es «señoras [e incluso, señores] que consideran moralmente lícito y hasta, en ciertos casos, deseable, matar niños», desgraciadamente, la constatación de su existencia se impone, no a la manera de una conclusión lógica irrefutable, sino a la de un hecho. Y contra los hechos no cabe argumentación en contrario.
Las brujas existen, solo que no les gusta que las llamen brujas. Tampoco a los niños, al menos a los normales, les gusta que les conviertan en ratones o en personajes desleídos de cuadros al óleo de segunda clase, como le sucede a una pobre cría en el filme que nos ocupa. Y si a los niños normales les resultaría altamente sospechosa una sociedad filantrópica que se propusiera acabar con la crueldad que se ejerce contra ellos por el eficaz expediente de transformarlos en repugnantes roedores, según exponíamos la última vez, nos resulta muy difícil de entender por qué hay tantísimas mujeres que se prestan con ingenuidad y hasta con alegría y buen humor, a ser objeto de la protección de asociaciones filantrópicas que se dicen sus defensoras, en pro de sus derechos y de su emancipación, tratándolas de brujas. Porque lo que las feministas quieren decir cuando denuncian el estereotipo de la bruja occidental, no es que éste se base en una aplicación más o menos generosa o global del epíteto «bruja» a un número más o menos grande de mujeres que, de hecho, no son brujas.

Es cierto que algunas feministas se quejan de que si, como Roald Dahl, presentamos a las brujas como mujeres «de apariencia normal» pero que, en realidad, bajo sus horribles y picajosas pelucas, son calvas; que no tienen dedos de los pies y que por eso llevan siempre medias tupidas y que tienen ojos que despiden un destello violeta (especialmente ante la vista de su próxima víctima), se corre un riesgo -bastante mínimo, por otro lado- de infundir en los niños menos avispados un terror irracional y hasta un odio injustificado hacia cierto tipo de señoras cuyas características fenotípicas y vestimentarias correspondan al de una burguesa de clase media con ínfulas de gran señora pero sin la clase y sin el tipo (a excepción de la Gran Bruja, claro). Pero cualquier niño normal, incluso los que hemos leído a Roald Dahl, sabe distinguir a una señora vestida de manera extravagante, pero inofensiva (a excepción, claro está, de los hipotéticos crímenes estéticos), de otras señoras que, por pasearse con serpientes venenosas metidas en el bolso, por ir ofreciendo de manera obsesiva y siniestra dulces a niños desconocidos o por empujar carritos de bebés hacia barrancos de la costa inglesa pueden constituir amenazas potenciales para la sociedad.
Pero las feministas preocupadas porque los niños tengan una mala imagen de las señoras calvas y sin gusto en el vestir son una franca y francamente poco interesante minoría. La enfervorecida y vigorosa vindicación de la bruja va mucho más allá de la disipación de una confusión inconveniente y generadora de malentendidos sociales; de lo que se trata ahora es de arrancar de las manos de los malvados integristas retroactivos la imagen negativa de la bruja para, sin alterar en lo más mínimo su contenido conceptual (dejando a un lado, evidentemente, los aditamentos preternaturales), presentar la idea misma de bruja como el paradigma, deseable y deseado, de cualquier mujer moderna y razonable: las brujas existen, siempre han existido y cualquier niña con dos dedos de frente debería preferir, si no naturalmente, al menos con los auxilios espirituales nunca lo bastante alabados del sistema educativo estatal, convertirse en una bruja a languidecer como una tonta princesa.
Las brujas, como las feministas, no necesitan hombres en sus vidas; las brujas son autosuficientes y practican la más aquilatada sororidad que imaginar quepa. Las brujas dedican su tiempo y sus energías a lo que les da la real gana, sin preocuparse por detalles menores como la maternidad, el cuidado del hogar o sus maridos. Y si detalles menores como un embarazo vinieren a interrumpir el libre curso de sus actividades cotidianas, las brujas saben, proclaman, defienden y justifican su derecho a la terminación drástica, radical y sin oposición de sus embarazos, en aras de su divinalmente conferida libertad.
Las brujas, desgraciadamente, siguen existiendo: no utilizan extrañas pociones ratonizadoras, porque disponen de elegantes y eficacísimas soluciones salinas que liquidan rápidamente a los niños por nacer en el seno de sus madres; no son calvas, que sepamos, aunque muchas de ellas (y de sus necesarios cooperadores) ocultan sus cabellos bajo profesionales cofias médicas, porque matar, hoy, es una profesión que exige limpieza, método y mucho desinfectante; aunque no utilizan serpientes para matar a los niños ya nacidos, hablan y razonan como serpientes para convencer a los atribulados padres de criaturas con problemas graves de salud de cejar en sus estériles empeños de luchar contra la Muerte (y contra la Libertad, de que la Muerte, hoy, va siempre disfrazada), presentándoles graves y sesudos argumentos para que abandonen a la Parca a aquellos de sus retoños que podrían obligarles a renunciar a unas vacaciones balinesas o a una suscripción premium a Netflix, por requerir graves y costosos tratamientos. Las brujas de hoy, quizá como las brujas de siempre, que son más reales e infinitamente más terroríficas que las de los cuentos, aún de los cuentos de Roald Dahl, también se hacen pasar por mujeres normales que se alían en filantrópicas sociedades para acabar con la crueldad contra los niños y contra sí mismas. Y, aunque no lo hemos comprobado personalmente, no nos sorprendería nada descubrir que las brujas modernas también tienen ojos de mirada viva y que emiten un destello violeta cuando consiguen arrancarle el alma a un desventurado más; en aras de la Libertad.
La Gran Bruja de Dahl no podía pronunciar la palabra «niños» sin sufrir incomodísimas y violentísimas arcadas; la extinción casi total de la especie (de la especie infantil, entiendo) ha facilitado mucho que las modernas brujas puedan pronunciar tan temible vocablo. Lo que les sigue provocando mareos y vahídos, por ser el colmo de la antibrujería y del antifeminismo, es la palabra «madre».
[1] Es probable que esta frase, aunque pretenda ilustrar el pensamiento progresista, sea de una ranciedumbre galopante y me haga culpable de algún ilícito administrativo severamente castigado por el Ministerio de Igualdad, en la medida en que, hoy en día, resulta extremadamente dudoso que existan niños varones, por cuanto que la identidad de género se escoge, racionalmente y tras luenga cavilación, mucho más tarde, como cualquier hijo de vecino sabe. Pero diremos que estaba citando a Lidia Falcón.
G. García-Vao
Deje el primer comentario