Debemos insistir en el gran error (o trampa) que apuntábamos en la primera parte, pues nos oculta la cuestión central: aquí no se trata de contraponer o elegir acerca de una forma u otra de conocimiento. Una cosa es acercarse o no a la Verdad y la otra son los caminos que hay para hacerlo. Se trata de ordenar las diferentes formas de conocimiento. Así, no tememos decir que se puede llegar a verdades altísimas, y no necesariamente pueriles, a través del conocimiento mítico, siempre y cuando esté equilibrado, orientado al conocimiento intelectivo y a la naturaleza de las cosas.
Sigamos ahora con Meinvielle. Con la infausta eclosión del gnosticismo, a partir del siglo XVI, brotan multitud de manifestaciones que caracterizaron a la mal llamada Reforma. Todo este batiburrillo desemboca en el iluminismo del XVIII, momento en que se consolida la redivinización del mundo creado, la mayoría de edad de la humanidad a ojos de Kant, el dogma del progreso y la dotación de un eidos a la historia tomado del sentido escatológico cristiano, pero inmanentizado. Una historia que estaría dotada de partes y que incluiría la promesa de una última etapa de paraíso terrenal (el milenarismo quiliástico), que veremos ya en el monje de Fiore, en el siglo XII, y que encontraremos en Condorcet, Comte, Hegel, Marx o, ¡fíjense!, en el bajito del bigote con su Tercer Reich milenario –hay que ver hasta dónde llega el fanatismo de los gnósticos y la capacidad que tienen para hacer ver que no se conocen entre ellos–. Por cierto, ¿no les suena todo esto a pensamiento infundado? Pues ellos se autodenominan científicos, Dios mío!
Es en este momento histórico en que, dado que la búsqueda de bien y verdad dejan de ser el faro, y se prima lo práctico o la utilidad, el logos fue reduciéndose a retórica sofista y el conocimiento mítico descarrila, algo que percibimos al constatar la gradual decadencia de la filosofía occidental que inaugura Descartes (la decadencia, no la filosofía, cuidado). Decrepitud que podremos ver si estudiamos dicha filosofía y sobrevivimos a este reto sin acabar abrazados de un caballo en la ciudad de Turín, pues, para este menester, hay que ir bien preparado y nunca solo.
Con la degradación del pensamiento filosófico sale de la chistera una siguiente fase, ahora sí lo podemos decir, mítica, en el sentido moderno de errónea. Una fase histórica presuntamente científica, pretendidamente veraz, pero caracterizada por conocimientos cada vez más atomizados y sin coherencia entre ellos, muchas veces no sustentados en datos –véase mucha de la doctrina psicológica autodenominada científica–, y por avances específicos en algunas doctrinas naturales, la tecnología y la mecánica. La guinda de esta fase, nada casual, es una gradual degradación de la belleza y el arte. Esto último lo refleja muy bien Kandinsky, uno de los primeros pintores abstractos, quien dijo con honestidad que: «Como más espantoso se torna este mundo más el arte se vuelve abstracto, mientras que un mundo feliz crea un arte realista». Por su parte, y como decíamos, el mito toma el camino de la mentira o la estética desvinculada del fin. Muy lejos de ser la hierofanía o manifestación de lo divino que fue y debe seguir siendo.
Pues bien, volviendo al principio, el hombre naturalmente dispone de un plano racional y otro imaginativo. El mundo moderno, dado que ha girado la espalda a esa metafísica necesaria y a la filosofía de la realidad, no atiende a la verdad y al bien como finalidades ineludibles en todo conocimiento teórico y aplicado, y se ve en la necesidad de alterar dicho conocimiento y debilitar la capacidad de entendimiento para avanzar con su plan de acción. En él, uno de los pasos es el ya planteado ataque al mito y su transformación en una forma de mentira, maldad o enfermedad de la psique. Pero sabemos que ir contra la naturaleza no sale gratis y, al final, quien presume de algo suele carecer de ello. Por esto, por mucho que hoy el moderno presuma de no ser mitómano, sabemos que no hay mitómano más completo, en el sentido mórbido, que un hombre que deposita toda su confianza en la sociedad contemporánea, la del nuevo, pero nunca visto, paganismo y, por tanto, del nuevo politeísmo. Porque, no es que el moderno sea mitómano porque tenga un pensamiento mítico descomunal y lo desconozca, que lo es con creces; sino porque no lo vincula ni hace el ejercicio de someterlo a la búsqueda de la verdad. Al contrario, en un ejercicio de comodidad y debilidad, lo somete a sus dioses cotidianos.
Probablemente, no se toparán por las calles con templos para adorar a estas divinidades del nuevo politeísmo, –ya lo avisó Voegelin que la nueva divinización no era una vuelta al mismo paganismo– y, verán, hay muchos sacerdotes a quienes no se les ve, aunque dicen no ser secretos sino discretos. Mas, si se fijan bien, detectarán sus mitos y dioses.
Unos dioses que se acompañan con sus imágenes dedicadas a los grandes sacerdotes que los forjaron (indicaré algunos entre paréntesis), sus libros sagrados, caudillos, procesiones, días de celebración y, por supuesto, rituales mágicos, muchos de ellos con instauración de castas, sangre, mutilación, sufrimiento y muerte. Pues a todas estas divinidades son sacrificados de forma macabra estados, naciones, etnias, culturas, regiones, hombres nacidos, no nacidos y demás seres. Veamos unos cuantos de estos mitos y sus deidades, aunque no me dirán que no conocen el de la diosa razón y los sacerdotes de la sangrienta revolución de la guillotina, que nos cuentan el cuento de que aquello fue paz y amor.
Verán, hay un mito dedicado al dios progreso, con sus connaturales variantes en función del destino que elija el sacerdote iluminado que lo haya adaptado a su ego (Hegel, Marx, Comte…). Un dios, hay que decirlo, casi indestructible, por siempre culpar de su fracaso a quien no acepta el futuro utópico que él se saca de la manga. Un dios que es capaz de mutar continuamente, de forma que nunca es causa de error, porque siempre enmarca su absoluto fiasco en un estadio evolutivo de mal, previo y necesario para llegar a su utopía.
También verán el mito del dios método (Descartes), cuyos adeptos confían en él ciegamente. Los conocerán por vincular la verdad o el bien necesariamente a la operación a la que son devotos. Entre sus variantes el dios ciencia (Russell, Popper, Kuhn) voluntad general o democracia (Rousseau, Montesquieu), derecho positivo (Bentham, Kelsen). O el tan reciente y «encorsetador» dios protocolo (el sueño de Descartes, Rousseau o Kant), de obligada adoración, el mito del cual nos relata que es el dios infalible, a quien si uno se encomienda y somete, aunque sepa que causa males, él le exime de toda responsabilidad.
Detectarán, también, allá por las islas británicas, un renovado mito del dios caos quien mora en el origen del cosmos, con una ingeniosa fábula del desarrollo del mundo físico y la aparición del hombre, cual esputo –a cámara lenta, eso sí– emanado a partir de la propia materia inerte (Darwin, Freud).
O el mito del hombre autónomo de toda autoridad, con el dios Prometeo, este sí rescatado de la antigüedad.
Y qué me dicen del dios nación, muy activo en tantos tiempos y lugares, con sus variantes: secta religiosa (véase la doctrina puritana del destino manifiesto del sacerdote yanqui Lincoln), raza (Galton, Konrad Lorenz, Alfred Ploetz), o lengua (Ben Yehuda, Valentí Almirall o Pompeu Fabra).
Hay muchísimos dioses y mitos, por supuesto, y con el transcurso del tiempo más macabros y absurdos, pero no podemos olvidarnos de los dos que describimos a continuación. El primero, el gran Zeus de nuestra época (realmente es Hermes que ha tomado el trono): el mito del dios lucro (Stuart Mill, David Ricardo, Malthus) quien tendría una mano invisible que ordena la sociedad en base al interés individual; con sus variantes capital (von Mises, Hayek, Friedman), usura (un mercader de Venecia de cuyo nombre no quiero acordarme) o social (Saint-Simon, Marx, Lenin). Todos estos son dioses con conexiones laberínticas, que desembocan, sin que se pueda ver cómo, en la industria militar, sanitaria, alimentaria y otras más delicadas u oscuras, como paraísos fiscales con cuantiosas riquezas en «islas del tesoro» de un mítico reino al que llaman la Pérfida Albión. De este nuevo Zeus o Hermes deriva el mito del hombre nuevo, el de la “superación” de la naturaleza humana que nos conduce al terrible y despiadado dios transhumano (Noah Harari).
Y el segundo que no podemos olvidar, es un dios raquítico, que pretende ser el de los raritos de entre los modernos. Le llaman el dios vaticanosegundo (Maritain, Rahner), la casta sacerdotal del cual pretende que los cristianos nos conformemos con adorarlo devotamente, que no pensemos en demasía para no despertar la ira de los dioses que tienen el poder y que creamos ciegamente que en verdad todo empezó en 1965, pues lo de antes era otra fase histórica necesaria pero desechable.
Qué lejos nos encontramos de aquel ambiente honesto y perfectivo que dibujamos al principio. Los fanáticos mitómanos, los mismos que promueven la degradación del conocimiento mítico ordenado a la razón, nos han convencido de que la verdad es discontinua, parcializada, relativa, han configurado un nuevo politeísmo. Y para que no entendamos nada, pretenden que renunciemos a los primeros principios necesarios, a griegos y escolásticos, a la metafísica, a la Revelación. Luego, nos han mutado el significado de mito –y de logos– y, con ello, desordenado su naturaleza. Al final nos han robado el mythos y lo usan en contra de su esencia natural. Tengo la impresión de que ahora pretenden iniciar el mito del dios de la esclavitud. Ya dijo algo parecido Belloc en El estado servil.
Joan Mayol, Bearn, en un borrascoso día del mes de marzo de 2025.
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