El cáncer como negocio

Esta lógica responde a un sistema que ya no ve al hombre como un fin en sí mismo

Imagen: L'Osservatore Romano

Las recientes denuncias de oncólogos sobre la presión de algunas aseguradoras para limitar el acceso a tratamientos costosos han destapado una de las grandes contradicciones de la modernidad: el desprecio a la vida humana en favor del interés económico. La mercantilización de la salud, que convierte la enfermedad en un negocio, no es un fenómeno nuevo, pero la progresiva desestructuración moral de Occidente ha llevado esta lógica al extremo, donde incluso la vida de los más vulnerables queda supeditada a los balances financieros de las grandes corporaciones.

Desde la perspectiva de las aseguradoras y empresas de gestión sanitaria, el paciente ya no es una persona con dignidad intrínseca, sino un coste que debe minimizarse. En esta ecuación, el enfermo de cáncer representa un problema financiero: su tratamiento es caro y su supervivencia, incierta. De ahí que, según las denuncias, se busque cualquier resquicio en la normativa para negar la prescripción de fármacos innovadores, demorando el acceso a terapias o sugiriendo alternativas menos costosas, aunque potencialmente menos eficaces.

Esta lógica responde a un sistema que ya no ve al hombre como un fin en sí mismo, sino como un recurso más dentro del engranaje productivo. Cuando deja de ser «rentable» –ya sea por edad, enfermedad o discapacidad–, se le relega a un segundo plano. León XIII, en su encíclica Rerum Novarum (1891), ya advertía sobre los efectos de un sistema donde el poder económico se impone sobre la dignidad del individuo: «El valor del hombre no se mide por la cantidad de bienes que posee ni por su utilidad económica, sino por su propia naturaleza y dignidad» (Rerum Novarum, 1891).

Si la dignidad del hombre queda supeditada a criterios de rentabilidad, entonces no hay freno moral que impida que las decisiones médicas sean tomadas bajo el prisma del beneficio económico en lugar del bien del paciente.

Otro factor que permite que estas prácticas se normalicen es la desestructuración social. En una sociedad donde la familia ha perdido su papel protector y las relaciones humanas están mediadas por el interés y la utilidad, en definitiva, donde Nuestro Señor Jesucristo no reina, los enfermos quedan cada vez más aislados y desprotegidos. Ya no existe una red natural de apoyo que luche por ellos; quedan a merced de decisiones burocráticas donde prima el cálculo económico.

Pío XI, en Quadragesimo Anno (1931), denunciaba esta perversión del orden económico, afirmando con claridad:  «El capital no puede estar por encima del trabajo ni el trabajo por encima del capital. La economía debe servir al hombre y no el hombre a la economía» (Quadragesimo Anno, 1931).

En la actualidad, esta degradación se ha hecho más evidente que nunca: en lugar de que la medicina esté al servicio del enfermo, es el enfermo quien queda subordinado a las reglas del mercado.

La crisis de la oncología privada en España no es un problema aislado, sino un síntoma de algo más profundo: el triunfo de una mentalidad en la que la vida ya no es sagrada y donde la economía, en lugar de estar al servicio del hombre, ha convertido al hombre en su esclavo.

La única solución pasa por recuperar una visión trascendente de la vida, donde el enfermo no sea una carga, sino el mismo Cristo doliente. Sin este remedio real, cualquier intento de reforma será solo un parche sobre una estructura moralmente perversa.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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