Los ladrones somos gente honrada, divertida obra de teatro del insigne Jardiel, fue llevada a las pantallas con José Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa, en los papeles principales; es decir, en los roles de los ladronzuelos de poca monta que, cansados de su rutinario y no siempre eficaz «espectáculo» de prestidigitación con quelonios en los alrededores de la Plaza Mayor, con saqueo de monederos incluido, deciden dar un golpe en la suntuosa residencia madrileña de los señores de Arévalo (y que no es otra, salvo que la memoria nos falle, que el madrileño palacete de Serrano esquina María de Molina).

La principal actividad económica del terceto cómico consiste en que Isbert, con su melodiosa y atiplada voz, encandile a un auditorio típicamente matritense compuesto de amas de casa, menegildas, recaderos y horteras, paseantes (en Corte o no) y otros transeúntes, haciéndoles observar los singulares movimientos y gráciles monerías de la «tortuga africana del Orinoco» [sic].
La tortuga africana del Orinoco es un quelonio de lo más vulgar (y lo dice alguien que siente una instintiva simpatía hacia los quelonios) y probablemente venga derechita de cualquier arroyuelo de la vecindad; aunque sí que es cierto que resulta curioso observar cómo se contorsiona para alcanzar las hojas de lechuga y otras golosinas que le presenta su amo. Pero lo verdaderamente interesante, obviamente, sucede alrededor del tenderete de Pepe Isbert, el Encantador de Tortugas de Lavapiés: mientras su espectáculo de magia, domesticación y elocuencia tiene lugar, sus dos adláteres dan buena cuenta de las carteras, monederos y demás faltriqueras de la absurdamente encandilada concurrencia. Hasta hay una buena mujer que se deja robar cada día la misma cantidad por el bueno de José Luis Ozores.
En circunstancias normales, resulta lícito y, quizás, si uno no tiene verdaderamente nada mejor que hacer, hasta aconsejable, pasar el rato contemplando un espectáculo callejero protagonizado por tortugas con problemas de identidad continental. Pero puede resultar una gravísima negligencia hacerlo mientras le están robando a uno la cartera. O cosas más graves aún. En otras palabras, puede ser razonable preocuparse y dedicar la propia atención a las tortugas; siempre y cuando nuestra atención y nuestra preocupación no sean más necesarias en otros asuntos.
Por ejemplo: resulta un poco tonto andar preocupándose por la extinción de las tortugas en desmedro de una preocupación quizás ligeramente más importante por la extinción de los cristianos de Siria o de la Iglesia católica en Nicaragua. Si bien es loable y respetable que nos preocupemos por la seguridad de los canales de inmigración entre África y Europa, quizás no lo sea tanto si, mientras captan nuestra atención con discursos lacrimógenos y sentimentales sobre la flagrante y divina injusticia del control de fronteras, estamos dejando de prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor, a saber, la islamización progresiva de Europa.

En resumidas cuentas, resulta cuando menos sorprendente que Roma persista en hablarnos de cuestiones de Derechos Humanos cuando debería preocuparse (y deberíamos preocuparnos) de los Derechos Divinos, más, más a menudo y más gravemente conculcados (y ligeramente más importantes). Quizá se trate sólo de una pequeña confusión, así que procedamos con cautela e indulgencia.
Pero, antes, se nos afeará, quizás, que nos lancemos a la enésima diatriba sobre las derivas del presente pontificado en este trágico momento en el que el Santo Padre lleva encadenadas varias semanas de hospital sin que el mundo católico tenga una conciencia clara de a qué atenerse.
No creemos estar faltando a la caridad ni al respeto debido al sucesor de Pedro y ello por varias razones:
La primera es que, poner de manifiesto que el presente pontificado, de manera más flagrante aún que los precedentes, ha empleado la mayor parte de sus energías, de sus recursos y de su menguante autoridad en defender causas más o menos loables y más o menos completamente extrañas a su cometido principal que es confirmar en la Fe, no es una crítica: es una constatación.
La segunda es que, si el presente pontificado está efectivamente tocando a su fin, escribir negro sobre blanco que el francisquismo pasará a la historia de la Iglesia como un ejercicio especialmente perfecto de estafa religiosa, por las razones arriba esbozadas, lejos de constituir una injuria, no es más que un resumen.
La tercera es que, si el presente pontificado no está, de hecho, tocando a su fin, católicos como somos y devotamente creyentes en la posible corrección de los extraviados, precisar de manera nítida y concreta uno de los principales problemas de la Iglesia, en su estado presente, puede ser de gran ayuda para comenzar a enmendar los muchos errores que campan en las ingenuas cabecitas del estafado pueblo de Dios (que, en muchos casos, es tan de Dios como una tortuga africana pueda serlo, también del Orinoco).
Durante este pontificado que ya va teniendo mucho de histórico, para bien y, sobre todo, para mal, nos han hablado de muchas cosas; muy pocas de ellas tienen que ver con la Fe revelada por Dios a los hombres, en el Edén y el Sinaí, primero, y en la Persona del Verbo de Dios hecho hombre, después.
Durante este pontificado, nos han hablado del cuidado de la casa común. Por supuesto que el hombre no tiene derecho a destruir la naturaleza por el puro placer de destruirla; y por supuesto que el desarrollo económico, industrial y social de los pueblos y naciones deben someterse a ciertos criterios de la más elemental razón y prudencia. Y por supuesto que la Iglesia, puesto que nada humano ni divino le es ajeno, tiene derecho a dar su opinión sobre cuanto de teológico y de moral tengan estas cuestiones. Pero lo demás, lo estrictamente económico, climatológico y científico no pertenece en modo alguno al elenco de competencias divinamente delegadas a la Santa Madre Iglesia. Lo más paradójico (o lo menos, según se mire) es el escasísimo eco que las consideraciones del Vaticano sobre la conversión ecológica (puesto que ya nadie habla de convertirse sin más) han tenido en las propias filas del catolicismo, mientras que sí vemos y oímos a muchos foráneos cantar las alabanzas del giro ecologista de Santa Marta y sus inquilinos, lo cual es un argumento elocuente de que, sea lo que sea de lo que están hablando, no hablan de religión.
Durante la segunda parte de este pontificado, seguimos aún hoy oyendo hablar muy a menudo de los migrantes y de la acogida entre diferentes culturas. Por supuesto que el hombre tiene derecho a solicitar la caridad y la acogida de sus semejantes cuando las condiciones de su propio país resultan invivibles. Por supuesto que ciertas prácticas de defensa de la propia integridad territorial y cultural pueden resultar abusivas. Y por supuesto que la Iglesia, puesto que nada humano ni divino le es ajeno, tiene derecho a dar su opinión sobre cuanto de teológico y de moral tengan estas cuestiones. Pero, precisamente, la Iglesia tendrá no sólo el derecho sino, incluso, el deber, de dar su parecer, precisamente en la medida y en la proporción en que su parecer sea teológico y moral y no, precisamente, en tanto que radicalmente opuesto a la moral y a la teología o, casi más grave aún, pretendiendo hacer abstracción de una y otra.
Durante el presente pontificado, hemos oído hablar de sinodalidad, de diálogo, de acompañamiento espiritual de pecadores no arrepentidos de todo pelaje, de periferias, de amor en todas sus formas, de inculturación de la liturgia, de la paz en Ucrania, de la acogida de los aberrosexualistas militantes más variopintos, de la perfidia rigorista de los que quieren negar la comunión a los pecadores públicos o a los partidarios del asesinato legal de bebés, de los acuerdos para legitimar la consagración episcopal de títeres del Partido Comunista Chino, de la malicia cuasi intrínseca de la Misa de San Pío V (o, al menos, de aquellos que la frecuentan), del sacerdocio no ministerial de las mujeres y de los laicos…
Durante el presente pontificado, hemos oído hablar poco, o nada, de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad; de la salvación de nuestras almas, de la santificación, de la Paz fundada en el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, de la persecución sanguinaria contra la Iglesia en Nigeria, Nicaragua e India y no sanguinaria pero no menos violenta en los Estados Unidos pre-Trump y en muchísimos otros países de Occidente; del sacerdocio y de las vocaciones…
En fin, en la plaza de San Pedro, los aventureros católicos que aún se acercan, mezclados con una inmensa y pagana turba de turistas de todo y ningún credo, a beber de los labios del Vicario de Cristo el agua viva de la santa doctrina del Crucificado, pueden asistir gratuitamente a una serie inagotable de conferencias sobre la inmoralidad intrínseca y mortal en sí misma de no reciclar las bolsas de plástico del supermercado, pues ponen en peligro la supervivencia de la tortuga laúd:
«— Impresionante su tortuga, pero, ¡me acaban de robar un dogma!».
G. García-Vao
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