En estos días se están ofreciendo sufragios por el alma de don Luis Infante de Amorín en Madrid, Salamanca, Barcelona, Caussade (Francia) y también en su patria chica, y es inevitable que se agolpen los recuerdos. Nos acordamos hoy de una anécdota que el mismo Luis nos contó en la Quinta del Infanzón, escenario del célebre revolcón del Caudillo.
La Quinta del Infanzón es una hermosa parcela en la montaña asturiana, en las cercanías de Gijón. Pertenece a la familia De Vereterra, que ha dado notables miembros a la Santa Causa —recientemente, don Manuel ha sido Jefe Regional del Principado—. Lindada de hermosos bambús, en ese clima húmedo y fresco, contiene una casa y un jardín extenso lleno de una apacible arbolada.
Entre los años 1917 y 1923, Franco estaba pretendiendo a Carmen Polo, hija del abogado Felipe Polo y Flórez de Vereterra. En esto, seguía la doctrina observada por los oficiales del Ejército liberal, en cuyos destacamentos africanos estaba ascendiendo, y que venía inerciada por la masonería del momento. En aquel entonces, la secta infiltraba casi absolutamente el oficialato del ejército, y recomendaba a sus oficiales casar con mujeres piadosas.
El entonces comandante africanista y futuro generalísimo, a semejanza de su padre y hermano —sectarios de postín—, se sumó a esta inercia y fijó sus ojos en Carmen Polo. Establecieron un noviazgo que no agradaba a la autoridad paterna. Su padre, sin ser miembro de la Causa, era un católico íntegro, y no le complacía en nada la relación de su hija con Franco.
Sucedió durante el noviazgo que, en una ocasión, don Felipe iba a ausentarse de la casa por un viaje de negocios. Aprovechando su ausencia, Carmen Polo, que era una católica pía pero también una mujer de carácter que no seguía las indicaciones paternas en este particular, invitó a pasar la tarde en la casa a su novio. Nada del otro mundo. Sería una tarde recatada y tranquila, en que ella y el «comandantín» —como le apodaba don Felipe— podrían merendar y dar un paseo por la finca.
A la sazón, don Felipe descubrió esta cita. Entonces cambió sus planes y excusó el viaje sin informarlo a la familia. Durante aquel día no se dejó ver por sus hijos, en especial por Carmen. Y cuando llegó el invitado en la tarde estaba preparado.
Se escondió en un cuarto, que en aquel entonces era un cobertizo y que con los años ha sido adecentado hasta ser hoy la capilla familiar de la casa. Oculto mientras merendaban, don Felipe salió furtivamente del cobertizo cuando los novios fueron a dar un paseo por ese jardín tan ameno.
Alcanzó a agazaparse detrás de uno de esos robustos árboles. Cuando Carmen y Franco conducían sus pasos cerca, don Felipe saltó de improviso. Esgrimiendo el bastón, lanzó un certero golpe al tobillo de Franco, que rodó por el suelo todo lo largo que era —que no era mucho—. Teniéndole ya a su merced, el padre de Carmen Polo se desquitó con toda suerte de bastonazos y puntapiés que dejaron amolado al comandantillo.
Pese a esta furia honrada, Franco logró sobrevivir a la pequeña tunda. Don Felipe Polo y Flórez de Vereterra nos dejó con todo esta cómica anécdota. Fueron muchas las carcajadas que se nos escaparon, mientras lo contaba don Luis Infante, en la misma Quinta del Infanzón donde sucedió el revolcón del Caudillo. Hasta allí nos condujo un viaje que hicimos algunos correligionarios de Madrid en 2023.
Roberto Moreno, Círculo Antonio Molle Lazo de Madrid
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