Hay músicas que se oyen. Hay otras que se recuerdan. Pero hay una, la Zarzuela, que se respira como se respira el jazmín en una noche de julio, que se bebe como un vino viejo y valiente, que se mete en el pecho y lo aprieta, lo sacude y lo acaricia a la vez.
La zarzuela no es arte: es destino. Una patria con acento y compás, porque España no cabe en tratados ni en banderas.
España es la voz desgarrada de una soprano en bata de lunares, el quejido de un barítono enamorado de una florista, el coro de vecinas que canta como quien reza y como quien cuchichea. Y eso, solo eso, lo hace la zarzuela, ese milagro híbrido de teatro y canción, de pueblo y nobleza, de carcajada y tragedia.
Corretean los personajes por el escenario en «Luisa Fernanda» (1932, Federico Moreno Torroba): un jardín, un amor imposible, la monarquía usurpadora temblando. Luisa llora y el pueblo canta. Javier, el galán, se bate entre el amor y la patria. Vidal, el rico labrador, ofrece amor sincero sin palabras floridas.
Y mientras, la música crece como la alborada sobre los olivos. Es la zarzuela, que abraza al pueblo y al poeta, que canta lo íntimo y lo histórico.
«¡Ay, mi morena clara, / mi bien amada!»
Madrid es primavera eterna en el lienzo de «Doña Francisquita» (1923,Amadeo Vives): Francisquita quiere al galán, pero el galán tontea con la madre. La comedia se enreda como una gallina loca y estalla en flor con la «Canción del ruiseñor». Es refinada, es pícara, es un suspiro de clavel entre abanicos. Y cuando suenan los coros, todo el Retiro baila, baila Castilla, baila España, y el extranjero se maravilla.
La pasión hispana se desata y complica en «El dúo de la Africana» (1893,Manuel Fernández Caballero): una compañía de ópera de tercera enloquece con pasiones, celos y equívocos. Es la zarzuela más cómica jamás escrita, una joya de carcajadas, de sátira al mundo del arte y del artista. Pero bajo la risa, late una ternura que no se disimula. La célebre «Me llaman la primorosa» es de esas romanzas que se pegan a la piel como el azahar a la solapa de un novio enamorado.
La zarzuela se hace tragedia contenida, romance imposible, tierra mojada de lágrimas antiguas en «Los gavilanes» (1923, Jacinto Guerrero): volver a casa rico y viejo y querer comprar el amor. Así vuelve Juan, el indiano. Pero aquí, como buena visión cristiana, no hay redención sin dolor. Y cuando suena «Mi aldea», el corazón del público se deshace con la música, el alma se une a la tierra y la huella perdura en recuerdo de añoranza.
¿Y por qué la Zarzuela? ¡Porque es nuestra! Porque está viva, aunque dormida, esperando que alguien levante el telón y la rescate del silencio, porque espera el tronar del aplauso, el «¡bravo!» del castizo, la honra del pueblo, la algarabía del teatro,… el palpitar de ese pueblo español que la ha traído al mundo.
Decía Ramón María del Valle-Inclán: «La zarzuela es al alma del pueblo lo que el vino a sus labios: lo enciende, lo trastorna, lo hace cantar y llorar». Pablo Sorozábal, gran compositor de zarzuelas como Katiuska o La del manojo de rosas, afirmaba con contundencia: «la zarzuela es el retrato cantado de España: nos conoce, nos delata, nos redime», porque «cuando el pueblo canta zarzuela, canta su historia. Es una memoria viva, melódica, inmediata» (José Monleón, crítico y estudioso del teatro español).
No hay Netflix ni plataforma digital que compita con una función en directo donde la orquesta vibra, los trajes brillan, las voces traspasan el pecho, y el patio de butacas suspira como un solo cuerpo. Porque en cada zarzuela se levanta una España eterna: burlona, valiente, contradictoria, enamorada hasta las trancas de su ser.
¡Qué vuelva la zarzuela a los barrios, a los teatros, a los colegios, a la boca de las abuelas y de los jóvenes, que las taquillas rebosen y que los «gringos» tiemblen: «¿Qué pasa en Hispanoamérica?, —¡Qué han vuelto a ser españoles!»
Porque si se apaga la zarzuela, se apaga la música con acento, la que sabe a jamón y a sudor, a mantón y a callejón, a iglesia y a tasca.
¡Viva la zarzuela, carajo!
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
Deje el primer comentario