Carta a don Manuel Fal Conde con motivo de su cese

se trata de una carta que poco después de su cese le dirigieron sus antiguos compañeros de la Junta Nacional de la Comunión Tradicionalista

Manuel Fal Conde

Don Manuel Fal Conde, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista durante sus años más críticos, fue desvinculado de su cargo en agosto de 1955 por el propio Rey Don Javier con la oculta intención de iniciar un acercamiento al régimen dictatorial de Francisco Franco. A medio siglo de su muerte, y siendo mucho lo que podría destacarse de su insuperable labor como dirigente de la Comunión, LA ESPERANZA reproduce una carta que poco después de su cese le dirigieron sus antiguos compañeros de la Junta Nacional de la Comunión Tradicionalista, en la que, con mucha justicia, le reconocen sus más grandes aciertos:

«Madrid, 30 de agosto de 1955.

Excmo. Sr. Don Manuel J. Fal Conde.

Sevilla.

Muy querido amigo:

Al cesar en nuestros cargos, juntamente contigo, por supresión de la Jefatura Delegada que durante tanto tiempo has desempeñado, y de la Junta Nacional, que reducida últimamente en el número de sus miembros constituíamos nosotros[1], para dar paso a la nueva organización[2] de la Comunión Tradicionalista que va a llevar a efecto S.M. el Rey, queremos, en primer lugar, agradecerte las constantes pruebas de confianza que nos has dispensado en todos estos años, y a modo de Acta última recapitular sobre el significado y alcance político de tu dilatada gestión en la Jefatura Nacional.

Porque es evidente cosa, que nadie puede negar, que los veintiún años de tu jefatura marcan y caracterizan un período de los más difíciles, fecundos y gloriosos de la historia centenaria de la Comunión. Y nosotros, testigos veraces de tu obra, podemos y debemos hacer ese examen, seguros además de interpretar con ello el pensamiento de nuestros correligionarios que siempre han visto en ti la personificación de la mejor defensa de nuestra verdad política, de la entrega total a la Causa y del más desinteresado servicio al bien de la Patria.

¡Cuántas situaciones diversas se han sucedido desde que en 1934 echó sobre tus hombros el inolvidable Rey Don Alfonso Carlos la pesada carga de la Jefatura! Era fácil caer en error ante contingencias tan extraordinarias y, sin embargo, si errores puede haber habido, como en toda obra humana, habrán sido en cuestiones accidentales y de ellos nos hacemos responsables también los que contigo colaboramos íntimamente en este tiempo. Pero, con todo, puede apreciarse ahora el acierto de tu posición política a lo largo de estos años. Posición que has debido mantener, en muchas ocasiones, frente al parecer de los que alardeaban de más clarividentes. Ha sido signo característico de tu gestión el tener que remar contra corriente, porque la corriente era acomodaticia. Los más —incluidas gentes de toda condición y categoría— se resignaban ante situaciones de hecho. La responsabilidad de tu cargo te obligaba a señalar cuáles eran las buenas directrices, aunque de momento pareciese que se trataba de ilusiones inasequibles o de vías muertas. Pero la historia y el tiempo han demostrado que tu entereza era lo prudente y lo político.

En tres ocasiones[3] puede señalarse más acusadamente el acierto definitivo de la posición política mantenida por ti como Jefe Nacional de la Comunión Tradicionalista, esa Comunión que siempre te ha apoyado porque tenía la intuición de que el camino que seguías era el buen camino. Esa Comunión que reverdece siempre en sus juventudes, que en 1936, como antes sus padres y sus abuelos, supieron vibrar con la voz de mando que los reclamaba para un supremo esfuerzo salvador.

Al hacerte cargo de la Jefatura Nacional estaba en pleno apogeo la política que quería imponer un conformismo con la República, apoyada en ejemplos extranjeros e impulsada por importantes órganos de opinión. Se trataba en el fondo, aunque la palabra no se había inventado todavía, de una verdadera coexistencia con los rojos. La Comunión Tradicionalista, dirigida por ti, vio claro que de aquella República sectaria y demoledora de los valores de la Patria no se podía sacar ningún bien y que todo intento de salvación de España tenía que empezar por sacudir aquella carroña. Entre la incomprensión, el escepticismo y aun la hostilidad de los que se creían monopolizadores de la prudencia comenzaste una acción intensa, con fe, con valor personal y con eficacia. Sin desdeñar la lucha política, antes aprovechándola hasta el máximo posible en elecciones, propaganda y prensa, pusiste a la Comunión, desde el primer momento de tu Jefatura, en pie de guerra contra la República antiespañola. Ya anteriormente habías tomado parte principal en el precursor 10 de agosto sevillano, al lado del General Sanjurjo, con quien te volverías a encontrar cuatro años después en Lisboa para preparar y pactar la participación de los requetés en el glorioso 18 de Julio nacional.

Aquella acción previsora: preparación de oficiales del Requeté en Italia, alijo de armas, constitución de cuadros de mando, la movilización de tantos miles de requetés, era calificada por otros de ilusión ingenua, cuando no de provocación de represalias republicanas. ¿Resistirían algunos prestigios la exhumación de textos de los años 1931 a 1936? Tu labor de entonces no ha sido todavía valorada en su auténtica medida. Pero día llegará en que se aprecie por todos cuanto España te debe en la preparación del Alzamiento Nacional y principalmente en impedir que éste se conformase con modificar algunas apariencias externas más irritantes, dejando en pie la esencia del sistema republicano con todo su intrínseco veneno.

El 18 de Julio nació para reivindicar valores fundamentales porque, respaldado por el Rey y apoyado eficazmente en todas las negociaciones por el Príncipe Don Javier, había un Jefe Delegado de la Comunión que tenía un claro sentido histórico de lo que la Patria exigía a los conspiradores de la primavera de 1936. Ellos sabían que las madres españolas ofrecían sus hijos a la muerte por algo trascendente. La historia les ha dado la razón y ya nadie sostendría hoy aquellas trasnochadas teorías del adhesionismo a la República.

Mediada la guerra, una nueva ocasión puso a prueba tu espíritu de sacrificio, y en ella resplandeció una vez más tu entereza previsora. Desde el destierro de Lisboa viste claro y nos diste las con signas precisas. Tu oposición a la Unificación fue razonada, respetuosa y sostenida con lealtad y sin debilidades. Tu preocupación entonces y siempre fue evitar que se desnaturalizase el espíritu de la Comunión Tradicionalista, por considerar a ésta imprescindible fundamento del régimen que habría de nacer del Alzamiento del 18 de Julio.

Con ánimo generoso fomentaste siempre la unión en los frentes con nuestros compañeros de armas, así como en las negociaciones que por entonces teníamos con los mandos de Falange para llegar a una alianza sincera con ella. Al hacerlo así, mantenías el mismo espíritu que nos unió con los muchachos de Falange en los mítines contra la República, en las encrucijadas callejeras y en la lucha diaria en que nuestros requetés estaban al lado de ellos, demostrando tu aprecio por cuanto en el fondo de la vibración falangista había de concepto antiliberal de la vida política, de repulsa contra los abusos de los poderosos, de preocupación por la juventud, de impulso patriótico. ¿Podía dejar de sentir la Comunión Tradicionalista, como las sintió siempre, esas inquietudes sociales que matizan las aspiraciones de Falange, si nuestras masas son en su mayor parte gentes modestas, clases populares?

Bien puede afirmarse hoy que no es contra esa unidad contra lo que iba nuestra resistencia a la Unificación, que fue cosa muy distinta. Consecuencia la Unificación, sin duda, de necesidades de la guerra, su prolongación indefinida tenía que agotar sus posibilidades. Así lo previste en el escrito de 10 de marzo de 1939 dirigido al Generalísimo, en el que señalabas los inconvenientes del sistema político basado en un partido estatal.

Si las circunstancias de la Unificación representaron un momento difícil para la Comunión, más crítico fue el creado por la sucesión del Rey. La participación de los requetés en la guerra de liberación, en circunstancias tan difíciles, acredita el valor de pervivencia del sentimiento monárquico en España, tan acusado y vivaz que sacó al campo de batalla a miles de hombres que no tenían más portaestandarte que un Rey anciano, sin sucesión directa. El comienzo de tu Jefatura coincidía con los últimos años de la vida del Rey, y tu primer cuidado fue preparar la solución, legal y tradicional, de la Regencia. En toda esta labor tuviste una parte muy influyente. Pero aquélla era una solución transitoria, que además no fue bien comprendida por quienes más interesados debían estar en cancelar pleitos dinásticos. El pueblo carlista, que se había alzado el 18 de Julio, sabía lo que repudiaba, pero también tuvo clara conciencia de lo que quería. Por eso reclamaba ya que terminase la interinidad de la Regencia y se proclamase el Rey de derecho. Con prudencia y tacto supiste andar el camino necesario hasta que hoy, felizmente, hemos llegado al momento de madurez suficiente para que la Comunión Tradicionalista pueda ofrecer a España soluciones políticas completas: la doctrina y la persona; el sistema de gobierno y el Rey. Paso a paso, se ha ido avanzando hacia esta situación actual y tu labor en ello no ha sido escasa: los juramentos forales; el Acto de Barcelona [enlazar a https://carlismo.es/lxx-aniversario-de-la-proclamacion-del-rey-don-javier/]; la consagración de Lourdes. ¡Con qué confianza podemos ofrecerle hoy a la Nación la adecuada solución política!

Cuando se desvanecen otras posturas y otras ilusiones, surge de nuevo la Comunión Tradicionalista ofreciendo a España soluciones políticas completas para el porvenir. Ni liberalismo ni totalitarismo. Un régimen de libertades sociales, pero de integración de todos los hombres y de todas las corporaciones en la gran tarea nacional. El gran régimen monárquico de fondo tradicional, adaptado a las circunstancias históricas actuales y que es el orden político que ansía esa gran parte sana de la sociedad española, que lleva más de un siglo cosechando desilusiones en fórmulas impuestas, todas ellas extrañas e improvisadas. Por el contrario, la Comunión Tradicionalista, con sus Reyes a la cabeza, ha sido la guardadora fiel de la perenne doctrina del derecho público cristiano.

Junto a Don Javier, que recoge una herencia de gloriosas responsabilidades, y de los Requetés de la Cruzada, que con el sacrificio de sus vidas han dado testimonio de la vigencia de esa doctrina en el alma popular, quedará siempre tu nombre enaltecido como Jefe de la Comunión Tradicionalista, a la que has servido con tanto dignidad, nobleza y sacrificio en estos años decisivos y seguirás sirviendo siempre del mismo modo.

Con nuestro más cordial afecto e invariable amistad, te abrazan

JOSÉ LUIS ZAMANILLO, JOSÉ M.ª VALIENTE, JUAN SÁENZ-DÍEZ».

Tomada de los Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español 1939-1966 de Manuel de Santa Cruz, tomo XVII, pp. 167-172.

[1] Esta reducción era gravemente lesiva de la representación social dentro del pueblo carlista […] y había suscitado en las regiones cierta hostilidad contra el Jefe Delegado […].

[2] La reorganización era un eufemismo. El cese de Fal no era para dar paso a una nueva organización, sino a una nueva política.

[3] Los más altos mandos de la Comunión van a resumir certeramente la biografía política de Don Manuel Fal Conde en tres puntos: preparación del Alzamiento del 18 de julio de 1936, resistencia a la unificación del 19-IV-1937 y designación de Don Javier como Rey, el 31 de mayo de 1952.

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta