Hacia la parte final de su intervención, comenzaba indicando el Papa: «Para algunos, la libertad civil y política, en su día conquistada por el derrocamiento del antiguo orden fundado sobre la fe religiosa, se concibe aún unida a la marginación, es decir, a la supresión de la religión, en la cual se tiende a ver un sistema de alienación. Para ciertos creyentes, en sentido inverso, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden, además a menudo idealizado. Estas dos actitudes antagónicas no aportan una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa. Puesto que, cuando reina la libertad civil y se encuentra plenamente garantizada la libertad religiosa, la fe no puede más que ganar en vigor superando el desafío que le dirige la no creencia, y el ateísmo no puede más que medir sus límites ante el desafío que le dirige la fe. Ante esta diversidad de puntos de vista, la función más alta de la ley es la de garantizar igualmente a todos los ciudadanos el derecho de vivir de acuerdo con su conciencia y de no contradecir las normas del orden moral natural reconocidas por la razón» (§8. Citamos siempre de la traducción castellana de la página digital de El Vaticano).
No se entiende cómo pueda ser criticable el retorno al «antiguo orden fundado sobre la fe religiosa [verdadera]». Evidentemente, no se trata de volver a la misma situación exacta, con todos sus caracteres accidentales, que existía antes de la irrupción de la herejía liberal contemporánea, ni de querer idealizar el pasado. Se trata de restaurar el orden basado en la ley divina natural y positiva, en contraposición al desorden revolucionario contemporáneo fundado en la ley del número o de la voluntad general autoerigida por encima de todo derecho divino y humano. Esto es lo que se sintetizaba en los lemas de San Pío X: «instaurar (o restaurar) todas las cosas en Cristo»; de Pío XI: «la Paz de Cristo en el Reino de Cristo»; y de Pío XII: «la paz es obra de la justicia». ¿Por qué se trata de denigrar esa postura presentándola de manera deformada o caricaturizada?
«A este punto –continúa apuntando el Santo Padre–, me parece importante recordar que es del humus del cristianismo del que la Europa moderna ha extraído el principio –con frecuencia perdido de vista durante los siglos de “cristiandad”– que gobierna fundamentalmente su vida pública: quiero decir el principio, proclamado por primera vez por Cristo, de la distinción entre “lo que es del César” y “lo que es de Dios” (cf. Mt. 22, 21). Esta distinción esencial entre la esfera de la organización del marco exterior de la ciudad terrestre y la de la autonomía de las personas se ilumina desde la naturaleza de la comunidad política a la cual pertenecen necesariamente todos los ciudadanos, y de la comunidad religiosa a la que se adhieren libremente los creyentes» (§9).
¿De verdad esa distinción se perdió de vista con frecuencia «durante los siglos de “cristiandad”», o quizás no habría más bien que aseverar que esos siglos efectivamente desconocieron la innovadora y particular concepción mariteniana de ese principio? Desde luego aquella estimación no casa con aquel otro más equitativo juicio de Pío XII: «El historiador no deberá olvidar que, si la Iglesia y el Estado conocieron horas y años de lucha, hubo también, desde Constantino el Grande hasta la época contemporánea, e incluso hasta nuestros días, períodos tranquilos, a menudo prolongados, durante los cuales colaboraron, dentro de una plena comprensión, en la educación de las mismas personas. La Iglesia no disimula que en principio considera esta colaboración como normal y que mira como ideal la unidad del pueblo en la verdadera Religión y la unanimidad de acción entre ella y el Estado» (Discurso Vous avez voulu a los participantes en el X Congreso Internacional de Ciencias Históricas, §21. Traducción tomada de la que se encuentra en la página digital de El Vaticano).
«Tras Cristo –prosigue remarcando Juan Pablo II–, ya no es posible idolatrar la sociedad como grandeza colectiva devoradora de la persona humana y de su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen al cuadro cambiante y siempre perfeccionable de este mundo. Ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el reino de Dios, es decir, la perfección escatológica sobre la Tierra. Los mesianismos políticos desembocan casi siempre en las peores tiranías. Las estructuras que las sociedades se dan, nunca valen de modo definitivo; no pueden tampoco ofrecer por sí mismas todos los bienes a los cuales el hombre aspira. Particularmente, no pueden sustituir la conciencia del hombre ni su búsqueda de la verdad y del Absoluto. La vida pública, el recto orden del Estado, reposa sobre la virtud de los ciudadanos, la cual invita a subordinar los intereses individuales al bien común, a no darse y a no reconocer como ley más que lo que es objetivamente justo y bueno. Ya los antiguos griegos habían descubierto que no hay democracia sin la sujeción de todos a la ley, y que no hay ley que no esté fundada sobre una norma trascedente de lo verdadero y lo justo» (§9). (Continuará).
Félix M.ª Martín Antoniano
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