La falsa rivalidad de «la Izquierda» y «la Derecha»

en las Españas ultramarinas se produjo, desde el siglo XIX, una identificación entre la agenda política e ideológica del jacobinismo francés con los llamados «liberales», mientras se produjo una análoga identificación entre el girondinismo francés y los llamados «conservadores»

La Asamblea Nacional (grabado de Isidoro Estanislao Helman, 1790)

Desde 1789, la Revolución ha tenido, cuando menos, dos alas: una vertiente o facción radical y una vertiente o facción moderada, existiendo diversas distinciones entre ellas, si bien ambas trabajan con un mismo objetivo: la instauración de la utopía ideológica, existiendo entre ellas no una verdadera diferencia sino una eficiente repartición de funciones.

La facción radical, conocida por diversos motivos históricos como «la Izquierda», hace que la Revolución avance con osadía; mientras la moderada, conocida en el espectro ideológico como «la Derecha», tiene como función consolidar ese avance, haciéndolo administrativamente viable, cosa que no puede lograr sin efectuar una relativa ralentización o moderación, evitando así el desbocamiento.

Esta diferencia de velocidades o ritmos de marcha produce una falsa impresión de oposición entre ambas facciones cuando, en realidad, se trata de una mera divergencia de métodos que atiende a una dualidad de funciones que, si no siempre hay signos de haber sido explícitamente pactada ni sesudamente reflexionada, cuando menos se tiende a ella instintivamente, de conformidad con las malas influencias que han dañado el intelecto y la voluntad de los involucrados.

El mejor ejemplo histórico de ello es la propia Revolución Francesa. Frente a su facción radical y sangrienta, la jacobina, se erigió su vertiente moderada y pulcra, «perfumada» diríamos hoy, la facción girondina. Pero a pesar de la aparente oposición entre ellas, sustentada en la diversidad de métodos, es notoria la identidad de objetivos: consumar la Revolución.

Y dicha relación entre las facciones revolucionarias es extrapolable con relativa precisión a otras latitudes. En las Españas peninsulares, por ejemplo, la facción jacobina es la que ha perpetrado dos intentos republicanos, uno en el siglo XIX y otro en el XX, sin lograr su cometido; mientras la facción girondina ha sido exitosa en la instauración de la «monarquía constitucional», república con fachada monárquica que ha asumido, con mayor pulcritud y moderación, la defensa de todos los tópicos ideológicos de la Revolución.

De igual modo, en las Españas ultramarinas se produjo, desde el siglo XIX, una identificación entre la agenda política e ideológica del jacobinismo francés con los llamados «liberales», mientras se produjo una análoga identificación entre el girondinismo francés y los llamados «conservadores». La terminología es engañosa pues, hablando estrictamente, ambas facciones eran liberales, si bien una radical y la otra moderada.

Los pobres y heroicos ultramontanos del siglo XIX, quienes todavía defendieron restos del régimen de Cristiandad, se vieron, en su desesperación y forzados por las circunstancias, en necesidad de colaborar con la facción liberal-moderada, y la historiografía ha cometido la torpeza, así como la injusticia, de asimilarlos a ella en grado de confusión. Error cuyas consecuencias seguimos pagando, pues empuja a las almas de buena voluntad que encuentran en el viejo ultramontanismo alguna inspiración, a caer en la trampa o anzuelo de los liberalismos moderados. Fraude tremendo.

Pero, ¿la distinción entre la izquierda y la derecha no tenía fundamento bíblico? La tiene, pero no en la manera que comúnmente se presenta. La Derecha, sobre cuyo verdadero cariz ideológico ya hemos insistido, suele invocar propagandísticamente en su favor una imagen del Juicio Final que provee San Mateo (XXV, 31-46), según la cual los salvados serán colocados a la diestra y los condenados a la siniestra de Cristo. Pero se trata de una manipulación maliciosa, de una captación artera de la ingenuidad de los bienintencionados, amén de un intento de ideologización de las verdades reveladas.

Lo que narra San Mateo ha de suceder, pero la Diestra y la Siniestra celestiales no son las terrenales. Las terrenales, o más bien mundanas, son mencionadas en otro pasaje, procedente del libro de los Proverbios (IV, 27): «No declines a la diestra ni a la siniestra; aparta tu pie de lo malo […]». Tal es la advertencia que se nos hace respecto de la Derecha y la Izquierda mundanas, ambas partícipes de un mismo mal, como cuernos distintos de una misma cabra.

¿A qué ha de adherirse políticamente, entonces, el católico? La respuesta es clara: al régimen de Cristiandad, que no está por inventarse ni diseñarse, sino por restaurarse. Todo lo demás es distracción.

Rodrigo Fernández Diez, Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta de Méjico

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