La libertad religiosa y el bien común (y V)

no hay nada de malo en que los fieles colaboren y contribuyan a la realización de las promesas divinas del triunfo del Sagrado Corazón de Jesús por medio del triunfo del Inmaculado Corazón de María

León XIII, retrato de Philip de László

Efectivamente, «ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el reino de Dios, es decir, la perfección escatológica sobre la Tierra», ni ningún católico en su sano juicio pretende eso cuando defiende la restauración del Reinado Social de Cristo, ni era eso lo que se patrocinaba durante aquellos «siglos de Cristiandad». Lo que sí fomenta el católico coherente es la restitución del poder político legítimo, quien precisamente se dedicará «a subordinar los intereses individuales al bien común» (el verdadero bien común); quien no dará ni reconocerá «como ley más que lo que es objetivamente justo y bueno», no promulgando ninguna «ley que no esté fundada sobre una norma trascedente de lo verdadero y lo justo». Si esto es así, entonces ¿por qué esa animadversión a retornar al «orden fundado sobre la fe religiosa [verdadera]», que era el que regía en la época de los «siglos de Cristiandad» preconstitucionalista o preliberal? ¿Es que no nos demostró Pío XI, en Quas primas, que es un deber católico la recuperación de ese «reino de Dios», que no tiene nada que ver (salvo quizás como pálido reflejo, en este imperfecto valle de lágrimas) con aquella visión paródica y ridícula que busca equipararlo con el Cielo nuevo y la Tierra nueva que exclusivamente vendrán después de la Resurrección y el Juicio Final? Al margen de cualesquiera «mesianismos políticos» trasnochados, que no representan sino una distorsión en toda esta cuestión, no hay nada de malo en que los fieles colaboren y contribuyan a la realización de las promesas divinas del triunfo del Sagrado Corazón de Jesús por medio del triunfo del Inmaculado Corazón de María, compartiendo aquella misma esperanza que Pío XII –menos de un mes antes de su muerte– manifestaba en su Radiomensaje de 17 de septiembre de 1958 a los participantes del X Congreso Mariano Internacional, celebrado en Lourdes con ocasión del centenario de las apariciones: «Nos queremos proclamar bien alto, al fin del Congreso que corona en algún modo este incomparable Centenario, Nuestra certeza de que la restauración del Reino de Cristo por María no podrá dejar de realizarse». (Hemos traducido del original francés que se puede encontrar en la página digital de El Vaticano). 

«Nuestra Historia europea –concluye el Papa– enseña abundantemente con qué frecuencia la frontera entre “lo que es del César” y “lo que es de Dios” ha sido sobrepasada en los dos sentidos. La cristiandad latina medieval –para no mencionar nada más que a ésta–, si bien elaboró teóricamente, volviendo a tomar la gran tradición de Aristóteles, la concepción natural del Estado, no escapó siempre a la tentación integrista de excluir de la comunidad temporal a aquellos que no profesaban la verdadera fe. El integrismo religioso, sin distinción entre la esfera de la fe y la de la vida civil, […] parece incompatible con el genio propio de Europa tal como la configuró el mensaje cristiano» (§10).

Lo que la Iglesia aprobó doctrinalmente durante toda su Historia como deber natural de las potestades políticas, y que los Papas mismos –en su calidad de Reyes temporales– aplicaron también en sus propios Estados Pontificios, ahora es calificado, en virtud del categórico «derecho a la libertad religiosa», como «la tentación integrista de excluir de la comunidad temporal a aquellos que no profesaban la verdadera fe». Si el «integrismo religioso» consiste en la no «distinción entre la esfera de la fe y la de la vida civil», entonces se puede asegurar que semejante tara «integrista», en líneas generales, brilló justamente por su ausencia en aquellos tiempos «en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados» (según la conocida frase de León XIII en Immortale Dei, §9). Una vez más, pensamos que la valoración histórica que hacía Pio XII en torno a este tema se mostraba más ponderada y ecuánime:

«La Iglesia católica tiene conciencia de que su divino Fundador le ha transmitido el dominio de la religión, la dirección religiosa y moral de los hombres en toda su extensión, independientemente del poder del Estado. Desde entonces existe una Historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y esta Historia ha cautivado fuertemente la atención de los investigadores.

León XIII ha encerrado, por decirlo así, en una fórmula la naturaleza propia de estas relaciones, de las que nos da una luminosa exposición en sus encíclicas Diuturnum illud (1881), Immortale Dei (1885) y Sapientae christianae (1890): los dos poderes, la Iglesia y el Estado, son soberanos. Su naturaleza, como el fin que persiguen, fijan los límites dentro de los cuales gobiernan “iure proprio”. Como el Estado, posee la Iglesia también un derecho soberano sobre todo aquello de que tiene necesidad para alcanzar su fin, incluso sobre los medios materiales: “Así que todo cuanto en las cosas y personas, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, bien sea tal por su propia naturaleza o bien se entienda ser así en virtud de la causa a que se refiere, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia” (Encíclica Immortale Dei: AL 5 (1886) 127-128). El Estado y la Iglesia son dos poderes independientes, pero que no por ello deben ignorarse y mucho menos combatirse; es mucho más conforme a la naturaleza y a la voluntad divina que colaboren con una mutua comprensión, puesto que su acción se aplica al mismo sujeto, es decir, al ciudadano católico. Sin duda que pueden surgir entre ellos casos de conflicto: cuando las leyes del Estado lesionan el derecho divino, la Iglesia tiene la obligación moral de oponerse.

Podrá tal vez decirse que, a excepción de pocos siglos, para todo el primer milenio y para los cuatro últimos siglos la fórmula de León XIII refleja más o menos explícitamente la conciencia de la Iglesia; además, aun durante el período intermedio no faltaron representantes de la doctrina de la Iglesia, quizá una mayoría, que compartieron la misma opinión». (Discurso Vous avez voulu, §16-§18. La cita de León XIII aparece en latín en el texto original, se corresponde con el parágrafo §6 en la versión castellana de la página digital de El Vaticano, y su traducción la hemos tomado de la que autorizó en su día la Nunciatura, tal como se puede consultar en el n.º de 30 de noviembre de 1885 del diario El Siglo Futuro).

Félix M.ª Martín Antoniano 

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta