En el vasto teatro de las ficciones políticas, donde las sombras se entrelazan con la luz en un movimiento sutil, pocas visiones resultan tan enigmáticas y cargadas de matices como la que hoy se despliega en Hispanoamérica. Aquí, un conjunto de espíritus que adoptan la etiqueta de «neoconservadores» —unos adornados con la armadura de la tradición cristiana, otros envueltos en los ropajes del liberalismo económico, y algunos exhibiéndose en las tribunas digitales— se alzan como heraldos de una pretendida regeneración frente al crepúsculo progresista de las últimas décadas. Sin embargo, sus propuestas no son sino ecos trasplantados de doctrinas extranjeras, adaptadas con torpeza a estas tierras donde las heridas de la desigualdad social todavía supuran.
Esencias y Contrastes del Neoconservadurismo Hispanoamericano
Estos neoconservadores hispanoamericanos proclaman con fervor su devoción al libre mercado, manifiestan desconfianza hacia el Estado y anhelan la restauración de un orden que evocan como reminiscencia de un pasado idealizado. Se presentan como herederos tardíos de un liberalismo económico que, tras revestirse de retórica espiritual, pretende conciliar la defensa de la vida con la exaltación de la competencia desenfrenada. Parecen recordar, aunque de forma distorsionada, la advertencia evangélica de los fariseos que «vieron al herido y pasaron de largo» (Lucas 10:31-32), pues mientras alzan su voz por algunos valores, desatienden con frecuencia la miseria de los excluidos, la concentración de poder y la deshumanización provocada por la mercantilización extrema.
No cabe negar que su resistencia frente al relativismo progresista contiene elementos válidos. Como señaló Thomas Hobbes en su Leviatán, sin orden político, la existencia humana puede reducirse a un estado de naturaleza donde «la vida del hombre [es] solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta» (Hobbes). Pero el remedio que estos neoconservadores proponen oscila peligrosamente: al repudiar el desorden ideológico, terminan abrazando un absolutismo económico donde la dignidad humana es sometida a los vaivenes del mercado y la lógica del capital. Así, sustituyen la hegemonía de los ideólogos por el imperio de los mercaderes.
Raíces Extranjeras y un Horizonte Olvidado
En su esencia, este movimiento es un producto híbrido de pensamientos foráneos: ecos de doctrinas norteamericanas, doctrinas evangélicas importadas, catecismos fragmentados y devociones geopolíticas que subordinan la soberanía nacional a alianzas hemisféricas. Con frecuencia, adoptan posturas automáticas en conflictos internacionales —como el apoyo irrestricto a Israel o la demonización de Rusia y China— reflejando agendas dictadas más allá del Atlántico, sin evaluar críticamente las particularidades hispanoamericanas, donde las brechas de desigualdad, informalidad y fragmentación social demandan otro tipo de análisis.
Reiteran con insistencia el mantra de «más mercado, menos Estado», ignorando que, como advertía Hobbes, sin un poder político virtuoso «no hay lugar para la industria, porque su fruto es incierto» (Hobbes). Donde el Estado abdica de su rol de rector y garante del bien común, el mercado degenera en una jungla que termina devorando a los más débiles.
Más aún, su escaso interés por impulsar una integración regional auténtica —que fortalezca los intercambios entre pueblos hermanos en vez de subordinarlos a pactos asimétricos— refleja una visión fragmentaria e incapaz de articular un proyecto común. Su energía parece agotarse en polémicas estériles, como la crítica constante al Papa Francisco, a quien líderes como Javier Milei han calificado de «izquierdista», «socialista» e incluso «el maligno» (Milei).
Doctrina Cristiana Reduccionista
Su apelación a lo cristiano, si bien revestida de nobleza, revela profundas contradicciones. La Doctrina Social de la Iglesia —con su defensa del trabajo digno, la distribución justa de los bienes, la subsidiariedad y el bien común— es a menudo reducida a un simple combate cultural contra las ideologías de género y el aborto. Mientras enarbolan banderas morales, toleran simultáneamente la depredación de los recursos, la explotación laboral y el vasallaje financiero, en nombre de un capitalismo sin alma.
En no pocos casos, sus redes y plataformas reciben apoyo de lobbies extranjeros que, bajo la bandera de la defensa de la libertad, buscan expandir sus intereses. Como advirtió Ramiro de Maeztu: «La libertad no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen» (Maeztu), un juicio de singular vigencia frente a quienes subordinan la política al culto del dinero global.
Un Horizonte de Reflexión Más Amplio
Para comprender este fenómeno, es menester mirar más allá de las tensiones inmediatas y considerar las raíces profundas que lo nutren. Los neoconservadores, en su búsqueda de un orden renovado, a menudo se ven atrapados en el eco de influencias foráneas, dejando que la tradición cristiana se desvanezca en un murmullo distante. Álvaro d’Ors, con su legado de pensamiento jurídico y político, nos advierte que «la autoridad emana de la sabiduría —no de la pura fuerza— y debe estar separada del poder, que es la potestad social reconocida; cuando se confunden, la legitimidad se diluye y se impone el mero poder» (d’Ors). Este principio invita a estos neoconservadores a mirar más allá de las corrientes externas hacia las raíces profundas de su propia tierra.
Hacia una Regeneración Auténtica
Este neoconservadurismo, con toda su retórica, se presenta como un canto ambiguo: promete restaurar el orden, pero frecuentemente perpetúa nuevas formas de dependencia; defiende la familia, pero entrega las naciones al altar del capital global; invoca la tradición, pero desatiende su substancia. En el Perú, nos vemos afectados en demasía por estos grupos que toman espacios y formas que no le corresponde, encontramos así asociaciones como el medio La Abeja, el grupo La Resistencia o la agrupación de laicos católicos Tradición, Familia y Propiedad. Quienes en su afán por combatir el progresismo, «wokismo» o comunismo ensucian la imagen del catolicismo en el Perú y no tienen reparos en aliarse con asociaciones que van en contra de las enseñanzas y formas de la religión que dicen defender. Razón por la cual debe prevalecer la prudencia al momento de unirse o aliarse con grupos que parezcan cercanos.
La regeneración de Hispanoamérica no brotará de estos heraldos de un orden prestado, cuyos ecos resuenan con los intereses de potencias lejanas. Surgirá, si el destino lo permite, de un rescate profundo de nuestras tradiciones cristianas, no subordinadas al dogma del mercado, sino ennoblecidas por el amor y la sabiduría. Nacerá de un Estado virtuoso que, siguiendo a Hobbes, proteja al débil sin sofocar la libertad legítima, y de la restauración de la persona como fin último de toda política.
Para este renacer hará falta lo que ni progresistas ni neoconservadores han sabido ofrecer: una sabiduría política que dialogue con el alma de los pueblos, un arraigo espiritual que florezca en nuestra tierra y un amor genuino por Hispanoamérica, más allá de las élites que la esquilman o los mecenas que la manipulan desde lejos. Como afirma Hobbes: «La riqueza, el honor y la autoridad no son más que medios para el fin último de la paz» (Hobbes), un fin que sólo se alcanzará desde la justicia y la trascendencia.
Simon de la Flor, Círculo Tradicionalista Blas de Ostolaza
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