La lozanía del carlismo

Ortega, filósofo de dudosa profundidad, declaraba como gran cosa que las generaciones se relevaban cada quince años. Si eso fuera cierto, los viejos de mi edad habríamos visto pasar ante nuestros ojos casi cinco generaciones. En la primera el carlismo gozaba de un esplendor notable que tuve la dicha de conocer; en la segunda, postconcilio, transición y traición infartaron su savia hasta temer por su vida durante la tercera y cuarta generación. No se mencionaba y nadie sabía ni quería saber de él. Pero ¡oh sorpresa! desde hace un par de lustros el carlismo verdadero ve cómo los jóvenes han empezado a interesarse seriamente por él y le han comunicado el ardor de sus pocos años. ¿No será que el carlismo no pertenece a generación alguna, a diferencia de otros movimientos filosóficos y políticos que son flor popular de un día? ¿Quién se acuerda, fuera de las aulas, del furor que producía Nietzsche?, ¿quién del estructuralismo, del psicoanálisis o del conductismo?, ¿quién del neopositivismo que amargó mi juventud? ¿Quién recordará, dentro de nada, el feminismo pisoteado por el pansexualismo actual? He preguntado a toda una clase de filosofía y no he hallado alumno alguno que conociera a Maritain o a Teilhard. Una vez hecho el daño, el tiempo los ha barrido de la historia. Nada más pasado y más profundamente enterrado que lo recientemente pasado. ¿Por qué el carlismo no acaba de pasar después de casi doscientos años? En realidad, no hay que buscar mucho. Siempre hemos tenido a mano la respuesta. La explicación no se encuentra ni en la constancia de los viejos carlistas, ni en la sentimental añoranza de folclores y modas olvidados, ni en la evocación de hermandades pasadas e irrecuperables, sino en lo que no puede recuperarse porque no le afectan cambios, crisis ni pandemias. Lo actual no puede actualizarse. Por mucho que las realidades virtuales hayan acosado a los jóvenes, la irrealidad virtual y la virtud real salen indefectiblemente a la luz cuando se mira detrás del escenario. Años antes de la crisis y de la epidemia y de que el agobiante interés privado del poder público se hiciera tan descarado como hoy, ya habían empezado algunos jóvenes a descubrir la desmaquillada realidad que el carlismo siempre ha presentado en toda su frescura.

El carlismo empieza por someterse a Dios, no a su Dios; es decir, a la religión, que no es la suya, sino la única. No por eso se acoge a nada abstracto y común como la religiosidad, ya que también se llama religión al sentimiento de una imposible religación con la nada. Al contrario, se entrega al Ser concreto que es Dios con el cual se une religiosamente gracias a la Iglesia. También se doblega ante el Rey por la gracia de Dios, es decir, ante un hombre concreto; aunque se ata, aquí sí, a la monarquía legítima, forma abstracta de gobierno, porque el rey, a diferencia de Dios, es siempre transitorio y a veces desleal. Los primeros carlistas, antes de ser carlistas, ya lo eran. Seguían viviendo dentro de la Cristiandad que, bajo la atenta mirada de la Iglesia de Dios, había elevado hasta cotas altísimas las potencias de su natural sociabilidad. Se sentían obligados hacia su Patria y hacia el Rey hasta empeñar vida y hacienda. Pero conscientes de su dignidad de hombres libres, de su libre albedrío y responsabilidad, la defendían sin concesiones contra los poderes dinerarios y contra los poderosos, rey incluido. Es decir, eran patriotas y foralistas, con la naturalidad del niño que anda sin saber cuántos músculos pone en movimiento. Y lo hacían sin conceder a la Patria la universalidad de la Iglesia, como los ingleses, ni al fuero la amplitud de la Patria, como los catalanistas. En una palabra, que son dos: no eran nacionalistas. Ni contra otras patrias, ni contra la propia.

Todo este modo de guiar la propia existencia parece complejo. Pero sólo lo parece, porque, perseguido por los gobiernos desde hace dos siglos, no podemos conocer la vida tradicional en su natural lozanía sino sólo a través de libros y conferencias. Sin embargo, su complejidad, siempre incompletamente reflejada en el ideario carlista, pero acorde con la infinita complicación y diversidad de la realidad, ofrece a los jóvenes unos visos de verdad que no pueden hallar en otra parte. Verdad ausente en las invenciones políticas y económicas que proponen a priori fórmulas simples con pretensiones de una universalidad abocada a la universal catástrofe. Como la economía de mercado que, según alaba Guy Sorman, de la suma de egoísmos pretende obtener un resultado positivo y, en realidad, sólo ha parido la universal servidumbre en que vivimos. O como el comunismo que quiere resolver las injusticias capitalistas de un plumazo, pero sólo se impone a través de «la matanza total, el asesinato y el terror», como señalaba Belloc. Los jóvenes ‒decía Chesterton en un tiempo similar al nuestro‒ ya han visto el horrible final de quienes se especializan en una verdad parcial empleada para diseminar la mentira.

La historia de la media verdad y el argumento de la atractiva y fecunda complejidad sirvieron a Chesterton para explicar su propia conversión al viejísimo catolicismo. «Cuando el catolicismo es desechado como un trapo viejo ‒decía‒, siempre retorna como una cosa nueva». Mutatis mutandis eso está pasando con el carlismo.

José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista.