En contestación a una instancia previa en que se solicitaba la concesión de la «Medalla de Sufrimientos por la Patria» en favor de D.ª María Prieto Taberner (viuda del General Sanjurjo), el General Gil Yuste, encargado de la «Secretaría de Guerra» (uno de los departamentos gubernamentales creados por Franco a los pocos días de haberle transmitido la «Junta de Defensa Nacional» la Jefatura del Gobierno provisional el 29 de septiembre de 1936), emitió el 28 de marzo de 1937 una Orden en que se declaraba: «S. E. el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos Nacionales, ha tenido a bien conceder dicha condecoración, sin pensión, como comprendida en el artículo 1.º del Decreto-Ley [sic] de 17 de mayo de 1927» (B.O.E., 29 de marzo de 1937, p. 840).
El promotor de la instancia había sido el abogado Joaquín del Moral Pérez-Aloe, uno de los fundadores en 1930 del Partido Republicano Federal (que se consideraba heredero del histórico Partido Republicano Democrático Federal de Francisco Pi y Margall). Tras la fallida sublevación del 10 de agosto de 1932 encabezada desde Sevilla por D. José Sanjurjo, Del Moral fue quien asumió la defensa de los encausados, originándose durante el proceso –cuyas vicisitudes narrará poco después en su libro Los del «10 de agosto» y la justicia (1932)– su amistad con el General.
De los tiempos de aquella frustrada jornada databa a su vez la amistad que mantuvo Fal Conde con el bravo militar. Fue precisamente el Jefe Delegado del Rey de España D. Javier quien realizó la entrega de la antedicha Medalla a la viuda de Sanjurjo en un pequeño acto celebrado, el 12 de septiembre de 1937, en Estoril, localidad en la que continuaba residiendo con sus hijos desde que se trasladara a la misma acompañando a su marido al exilio a finales de abril de 1934.
Fal Conde, por su parte, había sido asimismo desterrado de la llamada «zona nacional» el 20 de diciembre de 1936 por orden verbal del General Fidel Dávila, Presidente a la sazón de la «Junta Técnica del Estado» (creada por Franco dos días después de su nombramiento como Jefe del Gobierno provisional). Desde entonces había fijado su residencia primero en Lisboa, y desde principios de julio de 1937 en la cercana villa de Sintra. Fal Conde, años más tarde, expresaba en un artículo la clara vinculación que hubo entre aquella arbitraria decisión y la inminente creación del Partido Único que Franco andaba cocinando como consumación de su Golpe político dentro del campo alzado: «Siempre creí que fui desterrado a Portugal para remover un obstáculo. Los emisarios que me enviaron invitándome a aceptar el proyecto de unificación –nombrar los representantes de la Comunión en el Secretariado de F. E.T., y a cambio mi regreso a la Patria– y que volvieron frustrados; como los que, vía Irún, habían ido a pedir igual claudicación a Don Javier, encontraron en el Señor igual repulsa» («Organicé la Real Academia de Alféreces del Requeté por encargo de Mola», El Pensamiento Navarro, 19 de febrero de 1970, p. 8). Franco finalmente le levantó el destierro a mediados de julio, pero Fal Conde se quedó en tierras lusitanas con su mujer, D.ª María Macías, quien estaba en estado avanzado y daría a luz a su hijo Javier el 5 de agosto (siendo, por cierto, su padrino de bautismo el Monarca Javier I, que se encontraba por entonces en Lisboa). Seis días después, habiendo sido llamado por Franco, el Jefe Delegado se entrevistó en Salamanca con el Dictador, cuyas tentativas por atraerle y hacerle comulgar con su ilegítima política desviadora de la finalidad fundacional del 18 de julio resultaron todas en vano. Fal Conde, en fin, regresará del destierro con su familia a primeros de noviembre, habiéndose visto obligado en esta última etapa a permanecer en Sintra por razones de salud de su esposa.
La breve crónica del acto de entrega de la Medalla a D.ª María Prieto y las palabras que para la ocasión pronunció Fal Conde, fueron recogidas en la última página del número de 21 de septiembre de 1937 del diario La Voz de España. Tras la liberación de San Sebastián el 12 de septiembre de 1936, los requetés se hicieron con los talleres del diario republicano-radical La Voz de Guipúzcoa, y el antiguo personal y equipo de redacción de la publicación carlista La Constancia (que había desaparecido al ser incautada su sede tras el Alzamiento del 18 de julio) lanzó el primer número de La Voz de España tres días después. A lo largo de sus primeros meses de vida la publicación tuvo varios directores, recayendo definitivamente el cargo hacia mediados de febrero de 1937 en el periodista carlista Juan José Peña Ibáñez. Tras el decretazo unificador del 19 de abril, el diario donostiarra fue «desamortizado» por Franco al igual que el resto de propiedades de los católico-realistas españoles; no obstante, pudo preservar una línea editorial más o menos legitimista mientras Peña Ibáñez se mantuvo en la dirección. Al final, la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de F. E. T. y de las J.O.N.S. le relevó hacia mediados de septiembre, poniendo en su lugar a una persona plenamente integrada en el Partido franquista: Juan José Pradera (hijo de Víctor Pradera, asesinado por los rojos un año antes). (Continuará).
Félix M.ª Martín Antoniano
Deje el primer comentario