Santiago, un apóstol para las Españas

en américa se vería nuevamente a Santiago derrotando a los enemigos de la Fe, como en Otumba (1520) y en las revueltas de finales del siglo XVIII en el Perú. Se habla en total de unas catorce apariciones, cuatro de ellas en la Nueva España

«Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo» (Don Quijote).

El Señor Santiago Apóstol, llamado el Mayor para distinguirlo del hijo de Alfeo, era hijo de Zebedeo y de María Salomé y hermano mayor de San Juan Evangelista. Eran primos de Cristo, tal vez porque su madre lo era de la Virgen Pura.

Provenían de Betsaida (Galilea), sita a orillas del lago de Tiberíades, donde vivían de la pesca. En ejercicio de su oficio lo encontró, junto a Juan, el Señor, que los llamó. Dejando inmediatamente sus redes, barcos y aun a su propio padre, le siguieron, uniéndose a Simón (Pedro) y a Andrés, que ya se habían incorporado a las huestes cristianas.

Precisamente Pedro, Juan y Santiago se convirtieron en los apóstoles predilectos del Señor, como dice el Breviario. De ahí que pudieran presenciar la curación de la suegra de Simón ―cosa que no le habrá hecho mucha gracia al pobre, dice Castellani―, la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración en el Tabor, la agonía en el huerto y todas las apariciones de Cristo resucitado.

Caracterizados los hijos de Zebedeo por su celo impetuoso, fueron llamados Boanerges, hijos del trueno. Y es que hasta quisieron hacer bajar fuego del cielo para castigar a los habitantes de Samaria, que le habían cerrado las puertas a su Señor.

No pudiendo Santiago contener su afán apostólico, tras el martirio de San Esteban viajó hasta los confines del Imperio, a Hispania. Allí convirtió a Torcuato, Cecilio, Eufrasio, Indalecio, Tesifonte, Esiquio y Segundo, los Siete Varones Apostólicos, consagrados obispos por San Pedro para que evangelizaran dichas tierras, cuya fiesta celebra la Iglesia el 21 de mayo de cada año.

Estando a orillas del río Ebro, en Caesaraugusta, recibió la visita de la Santísima Virgen María, que para entonces vivía todavía en Palestina. Rodeada de ángeles que la veneraban y cantaban Ave María, gratia plena, se posó sobre un pilar de jaspe para consolar a su pobre hijo, que no había cosechado en España el fruto que esperaba. Le pidió que en ese lugar le construyera un templo, que duraría hasta el final de los tiempos, porque sabía que los españoles le serían muy devotos, y por eso los tomaba bajo su protección.

Después de estos hechos Santiago regresó a Judea, donde por su predicación fue degollado en el año 44 por orden de Herodes Agripa, nieto del que hizo morir a los Inocentes y sobrino del que mandó asesinar a San Juan Bautista. Fue el primer apóstol en recibir el martirio, compartiendo con Jesucristo el Cáliz de su Pasión, como ya se lo había anunciado a él y a su hermano, martirizado éste ante Portam Latinam.

Fue enterrado en Jerusalén, pero luego sus discípulos Teodoro y Atanasio lo trasladaron a Iria Flavia, en Galicia, donde posteriormente serían también ellos sepultados, aunque con el pasar de los tiempos se olvidó el lugar donde estaban ubicados sus cuerpos.

Reinando Alfonso II el Casto en Asturias, y gobernando Teodomiro la diócesis de Iria, sus restos fueron milagrosamente descubiertos y llevados a Compostela, adonde fue trasladada también la silla episcopal. Desde entonces la cabeza refulgente y dorada de España no ha cesado de prodigar favores para sus hijos en la fe.

Así, en vísperas de la famosa Batalla de Clavijo, se le aparece a Ramiro I de Asturias asegurándole la victoria, por lo que el rey manda a confesar y comulgar la tropa. Al día siguiente, en medio de la lid, el Apóstol se presenta montado en un corcel albo, con espada y estandarte en mano, generando terror entre los moros, de los que murieron decenas de miles.

Corriendo los años se crea la Orden de Santiago, a la vez que se van sucediendo los episodios en los que el Apóstol favorece a los españoles en su lucha contra la secta mahometana.

Y así llegamos a la conquista y pacificación de América, donde se vería nuevamente a Santiago derrotando a los enemigos de la Fe, como en Otumba (1520) y en las revueltas de finales del siglo XVIII en el Perú. Se habla en total de unas catorce apariciones, cuatro de ellas en la Nueva España.

Aunque no mediaran siempre prodigios del cielo ―extraordinarios, si se me permite, porque ordinarios hubo siempre, hasta el punto de que las Indias pasaron de estar cegadas por la idolatría a convertirse en una segunda Cristiandad―, los conquistadores no dejaron de encomendar sus tareas al Apóstol de las Españas: de ahí que se cuenten por decenas las villas y ciudades que llevan su nombre, casi siempre acompañado por vocablos indígenas.

Sebastían de Belalcázar (Alcaldía de Cali)

Entre ellas Santiago de Cali, que se acerca al medio milenio de existencia, y a la que rindo filial homenaje. Fundada por el extremeño don Sebastián de Belalcázar ―a quien debemos también Quito, Popayán, Pasto y un largo etcétera― el 25 de julio de 1536 en el valle del río Cauca, en territorio de los gorrones, fue trasladada al año siguiente a su actual ubicación. Hay quien afirma que entre sus primeros habitantes estuvo Hernando de Cepeda y Ahumada, hermano de Santa Teresa de Jesús, cuyos restos esperan la resurrección de la carne cerca de los de Agualongo.

A finales de ese glorioso siglo XVI Galicia sufrió el asecho de los piratas ingleses, motivo por el cual se tomó la prevención de ocultar las reliquias del Apóstol, que otra vez terminaron perdidas para los ojos de los hombres. Pero por feliz iniciativa del Cardenal Arzobispo Miguel Payá y Rico (futuro arzobispo de Toledo y patriarca de las Indias Occidentales), fueron halladas en 1879 cerca del altar mayor junto a las de Atanasio y Teodoro.

El Papa León XIII lo confirmaría con su bula Deus Omnipotens de 1884, sentencia a la que en adelante nadie es permitido «resistir o contradecir» sin incurrir «en la indignación de Dios y de los bienaventurados Pedro y Pablo, sus Apóstoles».

Hoy perduran en el rito romano tres festividades dedicadas al Señor Santiago: la del 23 de mayo, en recuerdo de su aparición en Clavijo; la del 25 de julio, la principal; y la del 30 de diciembre, que era la original en la liturgia hispana y que fue transformada en la fiesta del traslado de su sagrado cuerpo a España. Parece que también existió en Compostela la fiesta de los milagros de Santiago, celebrada el 3 de octubre.

Las Españas le deben, pues, su ser al Apóstol Santiago. Fue él quien sembró la semilla de la Fe católica en la Península, que luego regaría con su constante protección contra las embestidas de la Media Luna, hasta llegar a su florecimiento en los nuevos reinos de Indias, en los que también se le invocó contra la peste independentista. A nosotros nos corresponde hoy honrarlo y llamarlo en nuestra ayuda en lo que parece ser el último combate, esta vez contra el maldito liberalismo:

¡Santiago Matamoros! ¡Santiago Mataindios! ¡Santiago Matapatriotas!… ¡Santiago Mataliberales, ruega por nosotros!

«Este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan» (Don Quijote).

Un devoto del santo.

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