De nuevo, un ataque a Juan Manuel de Prada. Y pudiera parecer que por un nuevo flanco, pero no es el caso. O, mejor, lo es secundum quid. En «Cartas al Director» del diario ABC, Isaac Querub Caro, expresidente de la Federación de Comunidades Judías de España, lanza una respuesta a un reciente artículo del columnista a propósito del conflicto en Oriente Próximo. El replicante invoca el antisemtisimo como cajón de sastre para vomitar contra Prada toda suerte de acusaciones; y también a Occidente, rectius a la vieja cristiandad.
Una simple aproximación a las líneas del autor disuade de articular una respuesta seria. Es tal la mezcolanza de ataques y exabruptos, aliñados sofísticamente con el escudo antisemita, que el artículo bien pudiera reducirse a una tesis: la demonización de la religión católica –con cita a Padres de la Iglesia incluida– como enemiga del judaísmo y, por tanto, la continua exigencia de abandono de la llamada a la conversión evangélica, sustituida por la tolerancia democrática occidental. Si el autor del ataque se hubiera tomado la molestia de consultar la obra de Juan Manuel de Prada encontrará un rechazo profundo a los antisemitismos tan destilados, por cierto, por los nacionalismos decimonónicos, que condujeron a su articulación darwinista en el racismo, del que ideologías como el nazismo o el indigenismo han hecho bandera. Pero no parece que tal sea la intención del artículo, sino la descalificación del hombre de paja a partir de generalidades.
Esta triste situación no oculta una paradoja apuntada anteriormente. Y es que, teniendo en los nacionalismos románticos sus orígenes el antisemitismo tal y como hoy lo entendemos, son los herederos de tales nacionalismos los que se han erigido en fieros perros de presa del Estado de Israel, sofísticamente identificado con los herederos de la Antigua Alianza. Efectivamente, durante en el siglo XIX el liberalismo, necesitado de la Nación política como sujeto revolucionario, se enfrascó en una demencial obra de «investigación» para descubrir la diferencia entre pueblos, la piedra filosofal fundante nacional; la raza, en este panorama, fue leída como elemento material de pertenencia a la Nación –liberal y romántica–.
La paradoja acontece cuando, en nuestros días, la Nación política ha evidenciado su carácter disolvente, la posmodernidad –degradación coherente de la modernidad teorética– difumina conceptos como el Estado y la Nación, en pro de globalismos generales y separatismos particulares. En tal tesitura, los que pretenden resucitar la Nación política acuden ahora en defensa del Estado de Israel. Con una caricaturización grotesca del mundo mahometano, los conservadurismos nacionalistas presentan la identificación de Israel con «la reserva espiritual de Occidente». Un biempensante pudiera achacarlo a la naturaleza del Estado de Israel: raza, Nación, fronteras y expansión. Un malpensado podría achacarlo a la política exterior de Israel, con interés en mantener espacios de hegemonía financiera y comercial.
La realidad es compleja y, posiblemente, difícil de alcanzar en su totalidad. Lo que sí es claro es que, en tal tesitura, Prada es la bestia negra. Primeramente, porque desde sus columnas se ha esforzado en combatir los relatos maniqueos, así como en exponer los crímenes del conflicto. Por otra parte, porque –y quizás aquí está lo imperdonable– lo ha hecho frente a la incoherencia de los cómplices de tales maniobras, que obtienen rédito electoral de la caricatura mahometana o, también, que gritan con «patriotismo» la defensa de las fronteras mientras que, al sur, Marruecos se rearma con los medios israelíes.
Los ataques a Juan Manuel de Prada pudieran parecer, pues, que se multiplican. Pero observando sus orígenes y sus medios da más bien la sensación de que provienen no tanto de escrupulosos amantes de la honestidad de diversos flancos, sino más bien del magmático mundillo que invoca las «raíces cristianas de Europa» y tiene por aliados a quienes la humillan por su pasado católico. El replicante tituló su carta «Israel no mata cristianos»; podría añadirse como subtítulo, «sus aliados los liberalizan».
Miguel Quesada, Círculo Cultural Francisco Elías de Tejada
Deje el primer comentario