Ofrenda al Apóstol Santiago para constitucionalistas

Con El Apóstol convertido en funcionario de la agenda 2030.

El «presidente autonómico» y el arzobispo de Santiago de Compostela

No todos los días tiene uno el privilegio de ver al Apóstol Santiago recibir con gesto imperturbable las plegarias de un «presidente autonómico» que encarna como pocos el espíritu de esta España postmoderna: devota de lo políticamente correcto, obediente a Bruselas y perfectamente adaptada al culto institucional del relativismo. Alfonso Rueda, ese hombre cuya mayor proeza intelectual consiste en conjugar sin rubor «integridad» con «Estado de las Autonomías», ha subido al presbiterio de la catedral compostelana a representar al ¿rey?… y, de paso, a sí mismo. Que semejante emisario se dirija al Santo Patrono con tono moralizante y pretensiones de regenerador nacional constituye, en sí misma, una ofrenda —aunque no necesariamente agradable a Dios.

Este artículo no va dirigido a los socialistas, que ya sabemos quiénes son, ni a los secesionistas, que por lo menos no disimulan. Va especialmente a los del centro-derecha, a los conservadores, a los liberales y a los constitucionalistas, los que juran amor a España entre banderas y medallas pero trabajan cada día por la descomposición de su ser católico e histórico. A ellos va esta advertencia.

Alfonso Rueda habla en nombre de Felipe. O sea, de nadie. Esa «monarquía» —nacida del liberalismo, consolidada por el franquismo tecnocrático y apuntalada por el consenso del 78— carece de legitimidad de origen y de ejercicio. No puede sino verse en esta representación un teatro de poder sin raíces ni fidelidad a la España católica que el Apóstol fundó con su sangre.

Rueda se presenta ante Santiago no como penitente, sino como portavoz de una moral cívica descafeinada. Ni una mención al papel de Santiago Matamoros, ni a la defensa de la Fe contra la herejía y el mahometismo, ni a la historia sagrada de España como nación elegida para la defensa de la Cristiandad.

¿A qué Santiago invoca entonces? A un símbolo difuso, intercambiable con cualquier deidad civil, útil para bendecir desde el aborto hasta las políticas de igualdad. El Apóstol convertido en funcionario de la agenda 2030.

Toda la intervención rezuma moral laicista. Palabras como «integridad», «esfuerzo», «solidaridad», «diálogo» y «futuro» salpican el discurso como si de un catecismo del buen ciudadano autonómico se tratara. Pero lo que no se oye es Cristo Rey, ni Ley de Dios, ni expiación, ni justicia divina.

Porque lo que Rueda y los suyos temen no es el juicio de Dios, sino el juicio del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), de la Comisión Europea y de los periódicos de Madrid. Hablan de restaurar valores, pero sólo quieren restaurarse en el Gobierno una y otra vez

Que Rueda hable de «regular con acierto la inmigración» suena hueco mientras Galicia sigue envejeciendo sin Fe ni hijos, y se sustituye pueblo por contingentes ajenos a nuestra cultura. Que hable de combatir «turismofobia»  en el mismo altar donde reposan los restos del Patrono, no es menos insultante. El Camino ya no es vía de conversión, sino corredor económico, y eso es lo único que parece dolerle.

Y como colofón, menciona la inteligencia artificial. No sea que el Apóstol no esté al día.

Una pantomima. No basta con vestir traje oscuro, besar el bordón compostelano y leer una arenga hueca o posar con el sonriente y displicente arzobispo de Santiago de Compostela. Hace falta confesar a Cristo como Rey, restaurar la monarquía legítima, devolver a la Iglesia su papel social y su autoridad moral, abolir las leyes inicuas, restaurar los fueros verdaderos, y pedir perdón público a Dios por los pecados nacionales.

El resto es utilería de régimen. El Apóstol no necesita discursos: necesita arrepentimiento, cruzada y restitución.

Exactamente, lo necesitamos nosotros, y sería lo que tendríamos que pedir al Apóstol.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta