«El pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino incluso también al derecho natural» (León XIII, Immortale Dei, nº 10).
Antes de comenzar esta serie de comentarios es necesario hacer una aclaración con respecto a lo que es el entrismo. Como la misma palabra lo manifiesta, no es otra cosa que la tendencia política de entrar, según este contexto, en el sistema demoliberal.
Lo primero que se nos podría objetar es que ya estamos dentro de él. Hemos nacido en una sociedad donde la forma política es ésta, recibiendo de ella tanto los bienes, como los males (siendo estos mayoría). Aun así, cabe afirmar que debe haber cierto bien común por más ínfimo e imperfecto, el cual justifique la unidad de la sociedad política.
Ahora bien, hay modos en que podemos estar dentro del régimen demoliberal. Dicho de otro modo, existen diversas maneras de consentir esta forma o régimen político.
La primera de ellas es la simple aceptación positiva por costumbre e ignorancia: aquí se identifica a la mayoría de los ciudadanos que ha nacido con el mito de la democracia liberal como la mejor forma de gobierno. Es el espíritu liberal que se respira inconscientemente en la sociedad. El problema no es el sistema político, sino los malos gobernantes, porque ni siquiera se les ocurre otra forma de gobierno.
El segundo modo es la tolerancia, aquí se ubican los tradicionalistas y los contrarrevolucionarios en general. Se tolera este ilegítimo y revolucionario gobierno para conservar ese ínfimo bien común que subsiste, sin embargo, no hay temor en manifestar la falsedad de los principios de la democracia liberal, incluso se desea y se busca un cambio de régimen a uno legítimo donde Dios (y no el pueblo) sea reconocido como fundamento y origen del poder.
El tercer modo es la de aquellos que aceptan el régimen actual por conveniencia o pragmatismo. Pueden tener innumerables críticas a la forma democrática contemporánea, pero no buscan un cambio de régimen por considerarlo prácticamente imposible tanto en el presente como en el futuro. El mero pensamiento sobre cambiar el régimen es inútil y utópico. La mala comprensión de la definición de la política como «arte de lo posible» trae como consecuencia que acepten el régimen actual, por su conveniencia para obrar eficazmente en él.
No es nuestro objeto definir esta cuestión; puede haber más modos en que se acepte este régimen, incluso diversos matices que podrían añadirse, pero con esto solo queremos tener un puntapié para analizar el problema.
Por esto, se puede inferir que, dependiendo de nuestra consideración sobre la política y la forma de gobierno, dependerá también nuestro modo de obrar. En consecuencia, el obrar dentro del sistema no será igual en un tradicionalista, en un ignorante o en un pragmatista.
Ahora bien ¿dónde ubicaríamos a lo que conocemos como entrismo?
El entrismo es, como se dijo, una tendencia que busca entrar en el sistema democrático liberal con el objetivo de conseguir bienes que consideran posibles, diferenciándolo de los bienes «imposibles», los cuales, según esta postura, serían «idealistas» y «utópicos».
Los entristas, en consecuencia, se diferencian de los ciudadanos sencillos, en cuanto que tienen cierto conocimiento de la imperfección de la democracia, no creen en el mito de la soberanía popular por convicción, sino que simplemente es el fundamento teórico de la constitución política del estado, saben que ese mito es falso o que simplemente es un ideal que luego no se manifiesta en las instituciones gubernamentales, sin embargo, no lo rechazan o no manifiestan su rechazo por ser el dogma ideológico que posibilita un obrar político eficaz dentro del sistema.
Por ello, pueden haber entristas «tradicionalistas» en cuanto que, en el ámbito privado, rechazan el mito de la soberanía popular y diversos principios falsos de la democracia liberal, sin embargo, se diferencian de ellos en cuanto los verdaderos tradicionalistas obran en consecuencia con lo que piensan. No significa esto que los tradicionalistas no entren en el sistema porque; 1) nacen y viven dentro del mismo, 2) entran en diversas asociaciones legalmente aprobadas, 3) dependiendo de la circunstancia y según lo ha exigido la sana prudencia cristiana, han participado en una función estatal o en algún partido (siempre como un medio al servicio de la causa tradicional y de la Religión). Relacionado a este tema, muy aconsejable el artículo Admonición Indiana del correligionario don Rodrigo Fernández Diez.
Por lo tanto, los entristas accidentalmente y ocasionalmente pueden compartir, con los tradicionalistas, ciertas ideas similares o incluso las mismas con respecto a los falsos principios de la democracia liberal, sin embargo, esencialmente se diferencian en tanto que los entristas buscan, en el obrar político, la eficacia, la utilidad y la posibilidad probabilística, cayendo en el vicio del pragmatismo.
En resumen, el entrismo se ubica en el tercer modo de aceptación al sistema, pueden haber entristas «tradicionalistas» en cuanto a las ideas, pero en cuanto al obrar solo pueden ser como mucho conservadores, porque no buscan un cambio de la forma de gobierno (considerándolo un bien «inalcanzable»), sino que en su deseo de conocer y utilizar los mecanismos de poder del sistema demoliberal, caen muchas veces en relegar o «moderar» ciertos principios, simulando ser verdaderos democratistas, para alcanzar aquellos bienes «posibles».
Rubén Pérez Gatica
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