Evocación del General Sanjurjo por Manuel Fal Conde (y III)

en Estoril, donde reside la Marquesa viuda del Riff, tuvo lugar la entrega de la medalla que los requetés españoles ofrecen a dicha señora, y que le fue concedida por el Generalísimo y Jefe del Estado

Manuel Fal Conde

Nota previa: El reportaje publicado por «La Voz de España» consta de cuatro partes: una introducción con una semblanza del General Sanjurjo; una sucinta crónica del acto de entrega de la Medalla; el discurso de Fal Conde; y unas breves palabras de agradecimiento de D.ª María Prieto. Pasamos a copiar solamente la crónica y el discurso de Fal Conde.

***

En la tarde del domingo, en Estoril, donde reside la Marquesa viuda del Riff, tuvo lugar la entrega de la medalla que los requetés españoles ofrecen a dicha señora, y que le fue concedida por el Generalísimo y Jefe del Estado.

Asistieron al acto, que revistió caracteres de la mayor intimidad, como respeto al luto que guarda severamente la desconsolada señora, además de su hermana política, la distinguida señorita Rosario Sanjurjo, que la asistía en la recepción, varias amigas de la familia y muchos elementos de la colonia española de Lisboa.

Alrededor de las seis de la tarde se reunieron los expresados señores en el Hotel Miramar, de Monte Estoril, y se procedió al conmovedor acto. Don Manuel Fal Conde pronunció con gran emoción las siguientes palabras:

«Señora Marquesa, señoras y amigos:

Unas breves palabras, aun a trueque de levantar oleaje en el mar en calma resignada del profundo dolor de esta mujer heroica; pero unas palabras son precisas para expresar el sentimiento que abunda en todos nuestros corazones, si bien sean pobres palabras, como mías, pero que representan el recuerdo del llorado General.

Otros podrán dar testimonio de aquellos años de gloria, consumidos en el servicio de la Patria; de aquellas campañas de África que enmarcaron su figura inmortal, en el doble laurel de la más preciada recompensa. A mí me tocó en suerte conocer y seguir al General Sanjurjo en los años finales de su vida, los de su gran tribulación.

En aquella mañana del 10 de agosto, cuando apareció por las calles de Sevilla con las tropas sublevadas, camino de Capitanía General y Cuartel de Soria, para rendirlos; en La Campana, cuando le rodeaba el pueblo sano que le aclamaba, me presenté a él, con el “a la orden, mi general”. Me recibió con un abrazo, y… aquel abrazo nos dejó unidos hasta la muerte y después de la muerte. Le seguí en aquella jornada.

Después… le seguí también. De lejos, como el pobre Cirineo, le seguí en su Calle de la Amargura. La cárcel, la confiscación, y cuando me libré, le visité, en el Castillo de Santa Catalina, en Cádiz; me presenté con el saludo “a la orden, mi general”, y hablamos mucho. Le di cuenta de las primeras organizaciones de los Requetés, y, como mostrara entusiasmos por la obra, llegó a decirme lo que después otras veces me repitió: “Por mis venas corre sangre carlista. No en balde mi abuelo, Sacanell, fue general de don Carlos, y mi padre, el capitán Justo Sanjurjo, murió heroicamente bajo las banderas carlistas cerca de Estella”.

Quedamos unidos –yo unido a él– para conspirar. Puedo asegurarles que el anhelo del invicto Caudillo era derribar el régimen para salvar a España de sus verdugos. Pero acordaos de cómo estábamos divididos los españoles. Facciones y partidos, sin que entre los entonces llamados de derecha y los de izquierda hubiera una rotunda solución de continuidad. Hacía falta separar los bandos y reconocer una Jefatura. Pues bien, Sanjurjo fue reconocido como el Jefe único.

También en el Ejército, trabajado por el virus político, existía la misma división. Día a día fueron llegando las aportaciones hasta ser reconocido Sanjurjo como el Caudillo Militar.

Logrado eso, en mayo dio el General su orden. Ésta fue la puesta en marcha. Consistió en una carta al General Mola, nombrándole su representante en España peninsular para desarrollar sus planes. Y me encargué de hacer llegar la carta a su destino.

Llegó el 17 de julio. El General me pidió un avión, que vino a recogerle. Pero tan unidos nos había puesto la Providencia, que emprendió el vuelo en otro aparato, precisamente en el mismo en que yo había venido a Pamplona el 19; me dejó, recogió la contraseña de Mola para el General y vino a Lisboa.

No mortifiquemos estos corazones heridos con el recuerdo. Dejémosles estar. Pero a mí… –sólo una idea que puede llevarles mucho consuelo– a mí, me parece que el General en el aire, mirando anhelante a su España, abrazándola con su afán, cuando se viera caer, al santiguarse, la habría bendecido, y yo quiero ver en esa bendición la Cruz de Borgoña, la de la Reconquista castellana, que tomamos como emblema los requetés.

¡Qué cuadro aquél! Es la reproducción de aquel otro divino cuadro de la Historia Sagrada. En el pico más alto del Fasca [sic], Moisés mira emocionado la tierra de promisión; allí Jericó, con sus valles inmensos de palmeras. Jerusalén y el Líbano y el mar Mediterráneo. Había pedido a Dios que, tras la liberación del pueblo del cautiverio de Egipto, tras los cuarenta años de conducirlos por la aridez del desierto y unirlos en sus tenaces luchas intestinas, le permitiera, como recompensa, ver por sus ojos la Tierra Prometida que manaba leche y miel. Pero Dios no le dejó. Dios le dijo: “No has de pasar el Jordán; da tus órdenes a Josué y fortalécele y aliéntale, pues es él quien ha de conducir al pueblo y distribuirle esa tierra que tú sólo de lejos puedes ver”. Moisés, en la altura del monte, moría, bendecía a su pueblo, pero indicaba al Caudillo sucesor, a aquel de quien dijo el Espíritu Santo: “Cuánta gloria alcanzó con el brazo en alto y vibrando la espada contra las ciudades de los Amorreos”.

Moisés… [Sanjurjo]… Bendigamos los juicios de Dios.

Pero España no es ingrata, y, en muestra de su gratitud, concede esta preciada distinción que el Generalísimo Franco ha concedido a esta mujer fuerte, la que unió su vida a la del Caudillo en la época de su mayor aflicción.

Medalla de Sufrimientos por la Patria, del mayor sufrimiento y del más amargo dolor.

Los requetés no hemos hecho más que nuestro deber trayendo esta modesta medalla como testimonio de nuestra lealtad a la memoria del insigne General y de compasión y admiración a su heroica esposa.

Y a nombre de los requetés españoles, no tengo más que decirles que el General no ha muerto, porque él, que llevaba en sus venas sangre carlista, nos dejó su alma, y esa alma es la que pasean como guion por los frentes de batalla, en su heroísmo, los requetés, que dan la sangre y la vida por España.

Y ése era el anhelo del General: morir por España, porque era el ejemplar del sacrificio, del renunciamiento y de la abnegación.

Esta insigne mujer se consuela dando ella la vida de su marido a España y segura de que, dentro de unos años, ese angelito, nuestro querido Pepe, ya requeté, recogerá de éstos el alma de su padre, y seguirá llevándola como guion de héroes y bandera de sacrificio.            

Y cuando la guerra lo permita, recogeremos los restos gloriosos del Caudillo, que estas mujeres, la viuda y la bonísima hermana, guardan como sacerdotisas del templo de la patria, y los llevaremos a España. Y si, como dicen, fueron profanados los sepulcros de El Escorial y ya allí no están los restos de nuestros Reyes, vayan allí los restos del General a presidir un nuevo panteón de nuestros héroes.

Y como entre cristianos no hay minutos de silencio, recemos como cristianos un Padrenuestro».       

Texto transcrito por Félix M.ª Martín Antoniano

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