Con motivo de la conmemoración estatal de los 700 años de la fundación de la ciudad de México-Tenochtitlan, ocurrida en julio del año 1325 según algunas opiniones, los funcionarios gubernamentales de la Ciudad de Méjico, en connivencia con los funcionarios federales de la República, instalaron múltiples efigies prehispánicas en la Plaza de la Constitución (antes Plaza Mayor), coloquialmente conocida como El Zócalo, entre el Palacio Nacional (antes Palacio Real) y la Catedral Metropolitana.
Entre las efigies instaladas se encuentran una reproducción del Calendario Azteca, cuyo original se encuentra en el Museo Nacional de Antropología, un teocalli o mezquita pagana, y efigies de Coatlicue (antigua diosa de la muerte), Coyolxauhqui (diosa de la Luna) y Tlaltecuhtli (divinidad terrestre comparada por muchos con la Pachamama andina). Cada una de dichas piezas estuvo acompañada de su respectivo rótulo explicativo, como cuidadosa exposición museográfica, pero la instalación de dichas efigies no fue de mero interés arqueológico.

Acompañada la exposición de espectáculos conmemorativos como juegos de luces y videomapping, se proyectaron sobre la fachada del Palacio y de la Catedral imágenes relativas a los antiguos cultos paganos que alguna vez asolaron la región. Y compañías de danzantes gubernamentales, alrededor de 800, llevaron a cabo meticulosas coreografías de danza y adoración en torno a los antiguos demonios, ofreciéndoles reverencias y copales humeantes.
Naturalmente, no se trató de areitos, atuendos ni rituales históricamente fidedignos, sino de reconstrucciones artificiales de conformidad con los estereotipos del cine estadounidense, porque las danzas tradicionales que todavía se conservan giran, prácticamente en su totalidad, en torno a devociones católicas que adoptaron los naturales, circunstancia que incomoda al gobierno republicano.
Pero en la liturgia se articulan la palabra, la intención y el gesto mismo. Y las oraciones, reverencias e incensaciones se dirigieron a las piezas instaladas, siempre bajo la mirada satisfecha de los tlatoanis revolucionarios.
Agencia FARO
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