En tiempos de ingeniería social, de fast food ideológico y de identidades líquidas, comer cocido se convierte, paradójicamente, en un acto de resistencia. En una sociedad que desprecia las raíces, la tradición y la mesa como lugar de encuentro y de comunidad, sentarse a disfrutar de un buen cocido —castellano, madrileño, maragato, montañés, gallego o andaluz— es una forma de afirmación cultural, incluso una declaración política: comer cocido es, hoy, un gesto contrarrevolucionario.
El cocido no es una receta: es un rito. Exige tiempo, paciencia y transmisión intergeneracional. Mientras el mundo moderno nos empuja a la prisa, a la comida «sana en tupper», a las dietas moralistas dictadas por influencers o por lobbies veganos, el cocido resiste: graso, contundente, popular. No es elitista ni gourmet, pero tampoco globalizado. No se entrega al wok, ni al hummus, ni a la quinoa. Se hace en casa, o en una fonda con manteles de cuadros, no en franquicias de arquitectura nórdica y nombre inglés.
El cocido no es «consciente», «ecológico» ni «sostenible». Es lo que comían nuestros abuelos en la posguerra y nuestros tatarabuelos en la trashumancia. Es lo que daba fuerza para segar, arar, caminar. Es lo que hoy escandaliza a quienes creen que el futuro se cocina sin tocino, sin chorizo y sin alma.
Una comida de cocido no se improvisa ni se come solo. Requiere olla grande, conversación larga y pan de verdad. El cocido convoca a la familia, a los vecinos, a los que tienen memoria y también hambre. Comer cocido es reunirse: alrededor de una mesa, no de una pantalla; con cubiertos y servilleta, no con el móvil en la mano.
Frente a la fragmentación moderna del yo, la mesa del cocido es católica, en el sentido más profundo del término: universal, abierta, intergeneracional. En ella comen el abuelo y el nieto, el pobre y el obispo. Es alimento y símbolo. Y como la misma Verdad, no cambia cada temporada ni necesita reinterpretaciones inclusivas.
La modernidad —y su heredera woke— ha declarado la guerra al cuerpo: lo mutila, lo medicaliza, lo cosifica o lo idealiza. El cocido, en cambio, lo alimenta. No lo adorna con estéticas anoréxicas ni lo castiga con restricciones puritanas. Reconoce la carne, el sebo, el puchero, el unto, las costillas, jamón, chorizo, berza, patatas…el cerdo entero, del que se comen hasta los andares.
Comer cocido es reconocer que el hombre no es un alma atrapada en un cuerpo a disciplinar, sino una unidad: cuerpo y alma, razón y apetito, tradición y necesidad. Es una victoria del orden natural sobre el delirio artificial de las identidades fabricadas en laboratorio.
Cada cocido es local, muestra todas las Españas. No hay cocido «internacional». El cocido gallego no es el madrileño, ni el maragato se sirve igual que el andaluz. Y sin embargo, todos comparten una raíz común: la olla que cuece lentamente, el caldo que se clarifica, la carne que se deshace. En un mundo donde se quiere borrar la nación, la lengua, la religión y el apellido, el cocido recuerda que somos de algún sitio. Que tenemos historia, abuelos, campos y refranes. Que somos de pueblo, con orgullo, como si de título nobiliario se tratase: «mi abuelo es de…», y ahí se hincha el pecho.
En última instancia, el cocido es sagrado. La comida es don, la mesa es altar, la grasa es gloria. Se come en familia, se agradece, se bendice.
Cuando uno come cocido un domingo —tras o antes de misa— está participando en algo más grande que sí mismo. Está resistiendo al algoritmo, al supermercado aséptico, al menú vegano con pronombres neutros.
Comer cocido es un acto de amor a lo propio, a lo bueno, a lo recibido. Y por eso, hoy, es profundamente contrarrevolucionario.
En tiempos de soja transgénica y corrección política, dame un buen chorizo, un hueso de jamón y un garbanzo bien cocido. Eso es patria y también cruzada.
¿Te lo sirvo con un Rioja?
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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