Hoy 10 de agosto, coincidiendo con la que era la fecha del cumpleaños de Manuel Fal Conde, publicamos este escrito extraído de una carta que él dirigió al Sr. Marqués de Marchelina con ocasión del acto carlista celebrado en el Cerro de los Ángeles el 30 de octubre de 1966.
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Ni mi falta de dotes personales ni, siquiera, la de los medios económicos imprescindibles para el desempeño de la Jefatura Delegada, habían disuadido al Rey Alfonso Carlos de su decisión de encomendarme tan ardua empresa.

El nombramiento fue una vocación ascética: «Que Dios nuestro Señor —me decía en su carta de 3 de mayo de 1934—, en este día de la Santa Cruz, te ayude y bendiga para llevar las amarguras de tu cargo y que tras del sacrificio venga el triunfo y la resurrección para gloria de Cristo y bien de España».
Parecía un eco de la Santa Cueva de Manresa en la meditación ignaciana del Rey temporal («un rey humano elegido de mano de Dios») que invitaba al sacrificio por la Causa con su ejemplar y patriótica vida de austeridad y fidelidad a los santos ideales.
Nos reunimos una veintena de abnegados y leales carlistas, casi todos comprendidos en la edad dorada de los 30 a los 40, en una tasca de la calle Toledo, propia de un ardiente requeté de los que interrumpían los discursos de nuestros mítines con el electrizante «¡vengan fusiles!».
Leí la carta, declaré mi pensamiento muy en la línea del sacrificio pedido por el Rey y concorde con la mente del requeté interruptor de discursos, el del grito electrizante. Y unanimidad en la resolución. Allí, bajo el signo de la cruz que presidía mi nombramiento nacía una Cruzada.
Había que pensar, sin género alguno de duda, como toca a personas de mundo y maduras en sus particulares empresas, en los medios económicos. Resplandeció con su brillo peculiar el financiamiento heroico que se cifra en la confianza en el Corazón de Jesús.
Se trataba de Su Reino en España. Nuestros pasos eran pasos de Sus promesas al P. Hoyos. De Su Corazón habían de venirnos los medios, si de nuestra parte le dábamos amor y sacrificio.
Viajaríamos en tercera clase; renunciaríamos a lo superfluo; pediríamos donativos con humildad de mendicantes… No pagaríamos las multas. Comeríamos el rancho en la cárcel…
Marchamos de allí al Cerro de los Ángeles. Rezamos el rosario, hicimos la consagración, formuló cada cual de hinojos ante la imagen del monumento sus personales e íntimas resoluciones. Nos fuimos retirando hacia la salida. Pero se había quedado de rodillas el de más edad de aquel magnífico grupo, el caballerosísimo Federico Bertodano. Metro ochenta o más; muy pasados los cincuenta años; noble linaje; vida entera consagrada a la Causa. Como tardara en levantarse y unirse a los que ya queríamos regresar a Madrid, me acerqué a él. Le sorprendí llorando. Él, tan entero y recio aragonés, llorando. Se turbó un poco. Quiso sincerarse y me dijo:
«Manolo, estoy impresionadísimo. Dispón de cuanto tengo. Pero como he entendido que lo que el Señor nos pide es el tributo que provenga de nuestros sacrificios, he ofrecido al Corazón de Jesús lo que siempre creí imposible en mí: dejar el tabaco. Y en prenda de mi promesa, toma mi pitillera de plata, recuerdo de familia que parecía inseparable de mí».
Así empezó aquello. ¿Habrá que decir que Manolo Quevedo dio toda su herencia paterna? No muy cuantiosa ciertamente, pero toda y en persona que vivía de su profesión. He nombrado a un genio de los ideales.
¿O traeré a cuento a José María García Verde, el que se hizo propagandista de la tercera de ferrocarriles, viajes incesantes los suyos, en la dura tabla, predicando ejercicios espirituales, ideales carlistas y pidiendo donativos?
¿O habrá que mencionar con el encomio que merece lo ejemplar y sublime, la austeridad de vida del prototipo de nuestras juventudes, Aurelio González de Gregorio? Porque Aurelio, el primogénito de Puebla Valverde, el que, según referencia de su madre, tenía su cuarto ropero con «más de 70 trajes», ofreció no volver a hacerse ninguno, y cuando felizmente para su deseo, pudo vestirse el uniforme del Requeté, sólo tenía el traje puesto, nada veraniego por cierto, americana sport y pantalón de lanilla zurcido, que es ese detalle el que ayuda tan minuciosa memoria, porque buenas bromas hubo de soportar. Aurelio, que daba a la Juventud cuanto obtenía de su caudal y «sisaba» a sus padres, como si todavía fuera un estudiante travieso.
O traería ejemplos edificantes de José Ramón Bobadilla, de José María Alvear, de Lamamié de Clairac, el defensor de la Compañía de Jesús…, todos ya gozando de Dios y lucrando la infinita recompensa a los que confesaron Su Santo Nombre… Dice la Ordenanza: «Tú, soldado de la Tradición, habrás de tener puesto en el Reino de Dios».
Y reza el «Devocionario del Requeté», esa publicación a varios idiomas traducida y muy autorizadamente aprobada y encomiada:
«Requeté: La causa que defiendes es la Causa de Dios. Considérate soldado de una Cruzada que pone a Dios como fin y en Él confía el triunfo».
Ese es el triunfo para gloria de Cristo y bien de España que había sido el llamamiento al sacrificio del Rey Alfonso Carlos, el que había puesto el Corazón de Jesús en el escudo de España y en la bandera gloriosa. El Corazón de Jesús que, como el mismo egregio Señor informaba en carta de sus últimos días:
«Nuestros Requetés, verdaderos cruzados, llevan en el pecho la imagen del Sagrado Corazón y combaten, ante todo, para salvar a la Religión».
[…]
Manuel Fal Conde.
Tomado de los Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español de Manuel de Santa Cruz, tomo XXVIII (1966), pp. 125-128.
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