El segundo de los editoriales salió impreso en «El Requeté», n.º 7, 1 de junio de 1939, pp. 1-2.
HABLEMOS CLARO
El artículo publicado en el número precedente de «EL REQUETÉ» –Fijando Posiciones– ha tenido la virtud de exasperar a cuantos sienten correr por sus venas sangre posibilista, y que son los eternos partidarios de lo que llamaba un amigo «la línea de la menor resistencia y de la mayor comodidad», y los enemigos jurados de cuanto significa abnegación y sacrificio, y, por contraposición, entusiastas amigos del tranquilo retorno a la placidez de una oración recogida y de una digestión sin molestias.
Naturalmente que la sangre no va a llegar al río; pues sus protestas nunca pasan de verbales, y templando el diapasón para moderar el tono en razón inversa del empleado por el contrincante.
A «EL REQUETÉ», que «ni se casa, ni se vende, y que, si no entiende de retóricas, menos entiende de miedos», le tienen absolutamente sin cuidado los aspavientos farisaicos de cuantos han aportado a la Causa de España poco más que sus «vivas», cuando no corrían ningún peligro, y algunas estiradas de brazos sin mayores consecuencias.
¿QUÉ HAY DE LA UNIFICACIÓN?
Parece haber un decidido empeño en hacer que perdure un engaño en el que nadie cree; pero «EL REQUETÉ» se ha propuesto deshacer el equívoco, hablando con claridad meridiana.
El primer intento de formar un nuevo partido político, durante la guerra, fue dado por el diario gilroblista de Salamanca, el cual, perfecto ejemplar de periódico y hombres que tienen por lema «¡viva quien vence!», echó al ruedo la especie de un partido político español… franquista. Una nueva «Unión Patriótica» primo-riverista rediviva [1].
La especie era probablemente lo que los franceses llaman un ballon d´essai; pero fue tan desastrosamente recibido por toda España, que, a la semana, no quedaba ni rastro del globo de ensayo, echado a volar indudablemente por quien manejaba, tras cortina, los títeres políticos de Salamanca, y que lo mismo podía ser, en aquel entonces, el hermano que el cuñado del Generalísimo [2], aunque casi en absoluto podría afirmarse que sin mayor intervención por parte de éste que una vaga aquiescencia.
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Abortado prematuramente el nonnato partido, más por la oposición decidida de Falange que por el Carlismo, que concentraba y limitaba sus esfuerzos a ganar la guerra, se pensó en aprovechar las dos fuerzas existentes y llegar por un rodeo al mismo fin.
Las circunstancias se presentaban propicias.
Con visión lejana de los acontecimientos se había desterrado al hombre genial que había preparado el Movimiento, no sólo con la formación de los cuadros de Requetés, sino con la coordinación de los mejores generales, que había sabido agrupar en torno al más respetado y querido de todos, el general Sanjurjo, y que era enemigo jurado de todo partido político, de tal modo que puso, como una de las condiciones previas al Movimiento, la disolución de todos los partidos políticos, empezando por los que iban a cooperar al mismo [3].
La orden de destierro fue verbal, sin que se pudiese lograr otra cosa del general Dávila, que fue quien la impartió por orden del Generalísimo, y el pretexto fue la publicación de un Decreto, de fecha 8 de diciembre de 1936 en Toledo, creando una Academia para Alféreces de Requeté. Idea que muy luego tuvo que imitar el Estado Mayor del Ejército, multiplicando las Academias, de las que han ido saliendo, durante el transcurso de la guerra, esos alféreces provisionales de tan asombroso resultado. Se probó que la forma del Decreto se había usado varias veces (las palabras «REAL» y «DECRETO») sin llamar la atención, ni merecer censura; pero nada pudo impedir la MAYOR INJUSTICIA hecha durante la guerra, ya que importaba al mismo tiempo la máxima ingratitud. Al finalizar el destierro, siempre verbalmente, en julio de 1937, con la visita de uno de los cuñados del Generalísimo [4], se pretendió que no había habido destierro, ni extrañamiento, y, al buscar un nombre para calificar la cosa, se encontró la frase: «ALEJAMIENTO POLÍTICO CONVENIENTE». No fue posible demostrar que la conveniencia fuese para España.
Muerto el Rey, Don Alfonso Carlos, en septiembre de 1936, desterrado el Jefe Delegado en diciembre del mismo, y nuevo el Príncipe-Regente y desconocedor, por ende, de hombres y actuaciones, ya que puede decirse que sólo había actuado en conspirador; dimitida, para colmo de males, la Junta Central Carlista de Guerra [5], por intrigas a las que no era ajena la mano negra de Salamanca, la Comunión quedaba en manos de unos carlistas políticos y, por añadidura, tontos, salvo alguno no menos celoso que envidioso, como Rodezno, o requemado como Mazón, o nuevos del tipo de Arellano o el ex hilarante Florida [6]. Instrumentos los más aptos para ser manejados en el intento que se preparaba.
Por otra parte, se conocía ya en Salamanca con toda certeza la muerte del fundador de Falange, aunque era conveniente fomentar la ridícula idolatría del «Ausente», a fin de evitar que surgiese algún ambicioso del tipo de Hedilla, que estuvo en un tris de echar a rodar el retablo de Maese Pedro, recién acabado de montar.
Se calmó la ambición de los jefecillos de Falange con puestos de relumbrón, llegando al extremo de nombrar a un ex banderillero [7] miembro de la Junta Política, que, con el tiempo, debía dar a luz el mayor monstruo político que pudieron imaginar los siglos, creando una monarquía testamentaria y unos poderes ante los cuales quedan tamañitos todos los dictadores y tiranos del universo e incluso los mismos del Supremo Jerarca y Vicario de Jesucristo en la Tierra [8].
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Todavía caliente el desastre de Guadalajara [9], se creyó llegada la hora de poner en marcha el plan proyectado.
Antes de pasar adelante, y a fin de que la verdad no sufra siquiera algún pinchazo, reconozcamos plenamente que los Jefes o Delegados Carlistas del Movimiento, siempre más palomos que serpientes, aunque la candidez en política tiene otro nombre, habían dado una consigna que llegó a constituir una verdadera psicosis carlista: «Todo por la guerra», olvidando que ésta era sólo un medio, y que los medios deben siempre supeditarse al fin, que era salvar a España, procurando que fuese SALVACIÓN DEFINITIVA. En honor a la verdad, debe reconocerse que les faltó visión oportuna y audacia adecuada, sin que dejasen de existir, de rigurosa justicia es reconocerlo, circunstancias verdaderamente obstaculizantes para una acción audaz en la única persona capaz de emprenderla [10].
El golpe, tan audaz como justo y de seguro éxito, hubiera sido trasladar la residencia del venerable Don Alfonso Carlos de Viena a Navarra, lo más tarde a raíz de la toma de San Sebastián [11], PESASE A QUIEN PESASE.
Por quien llevaba los hilos de la política española en Salamanca se provocó o alentó una reunión en Burgos de Comisarios Carlistas de Guerra, presidida por uno de los mejores individualmente, aunque de cortísimos alcances [12], en la que se defendieron por carlistas nuevos y alguno viejo, tal vez más ambicioso y vengativo que tonto, ideas tan contrarias al ideario carlista y con una MIEDITIS tan opuesta al modo de ser carlista, que el solo recuerdo hace salir los colores y no por frío.
El papel desempeñado por varios dirigentes navarros (¡horror de los horrores!) fue tan soberanamente ridículo que formará época en la Historia del Carlismo, a pesar del arrepentimiento que sobrevino poco tiempo después. El verdadero autor del movimiento farandulesco de Burgos en el malhadado 22 de marzo de 1937, fue el conde de Rodezno, hombre sin fe en lo nuestro; de una apatía absoluta cuando, como Jefe Supremo de la Comunión, todo lo podía [13]; de unos celos feroces contra quien había sabido hacerlo todo, siendo un desconocido [14]; y vendido ya de larga fecha al cobarde usurpador don Alfonso de Borbón [sic] Habsburgo, de cuyo hijo era consejero áulico, aunque imaginándose él secreto; pero, buen político, tan astuto como cobarde, se quedó siempre tras cortina, aunque bien visible para los contadísimos carlistas que en aquellos momentos no tenían una venda en los ojos, tupida, triste es confesarlo, por los mismos mejor intencionados por falta de previsión de los futuros posibles.
De la reunión de Comisarios Carlistas de Burgos salió un, mil veces maldito, telegrama al Generalísimo, redactado por un carlista de seis meses, desconocido (el telegrama) por la mayoría de los firmantes, y mandado por el desgraciado Presidente, carlista de cepa, pero tonto de capirote. Era la negación del Carlismo y la condena de sus Autoridades Supremas [15].
Las consecuencias no se hicieron esperar y no pudieron ser más desastrosas para la Comunión; EL ÚNICO POSIBLE VERDADERO OBSTÁCULO PARA LA PROYECTADA UNIFICACIÓN, SE HABÍA OBSTACULIZADO A SÍ MISMO.
Y llegó el día 19 de abril con el Decreto de Unificación.
Las organizaciones carlistas se plegaron con una mansedumbre de borregos, gracias a la cobardía, tontera o traición de los Comisarios, pero gracias tal vez principalmente a la psicosis fomentada. «¡Oh, la guerra, la guerra!», se decía doquiera por los mejores con ojos desorbitados y espasmos histéricos, sin que fuese posible hacerle entender a nadie que el Decreto prolongaba la guerra, porque mataba la raíz del entusiasmo; toda vez que se podía morir gozoso por Dios, Patria y Rey, y también por F. E.; pero en modo alguno por un engendro de última hora que NADA TENÍA QUE VER CON LOS MOTIVOS Y RAZONES DEL MOVIMIENTO.
Son incontables los que han muerto al grito de «¡Viva Cristo Rey!» o «¡Viva el Rey!», y tampoco han faltado los que han saludado sonrientes a la muerte brazo en alto; pero se puede apostar un millón contra media unidad a que no ha habido uno solo que al morir haya gritado «¡Viva la F. E. T.!».
Puede afirmarse sin temor a exageración que el Carlismo procedió con tal candidez (los lectores deben cambiar el término) que no tiene parangón en la Historia.
En toda España quedaron docena y media, mal contada y peor vista, de carlistas que se mantuvieron tales y anunciaron las próximas desastrosas consecuencias, que ni pudieron ser más fatales, ni los profetas de mal agüero más acertados.
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Se prescindió en absoluto del programa carlista, que en tres palabras ha quintaesenciado el verdadero sentido tradicional español, aceptándose los puntos de Falange, de un significado completamente anodino, copia borrosa de un programa extranjero, en la que se incorpora, por quien había nacido en 1934, el sentido católico, que tenía 19 siglos de existencia en España, nación que ha sido la más perfecta de las obras políticas modeladas por el espíritu de la Iglesia en el transcurso de los siglos.
Por un resto de mal entendido pudor se conservó la palabra «TRADICIONALISTA», la menos querida del Carlismo por su fácil mistificación. Como son «cristianos» toda la caterva de herejes y cismáticos, aunque no católicos; así son, o se llaman, «tradicionalistas», hasta los más empecatados liberales, e incluso los usurpadores, que han usufructuado durante un siglo el despojo que se hiciera al legítimo tradicionalismo.
Aquello no guardó ni las apariencias de la unificación, porque, desde el primer momento, pretendió ser una completa absorción. Pero el Carlismo era el frasco de perfume concentrado, que guardaba las esencias tradicionales de España, y que, al expandirse en julio de 1936, embalsamó todo el ambiente nacional y no podía ser absorbido, pese a la candidez de los carlistas.
Se llamaron éstos a engaño, y no quedó otra unificación que la pregonada por los diarios a sueldo u oprimidos, deseada por los políticos de oficio, porque les proporcionaba un nuevo caciquismo más fácil, por más despótico, que los anteriores, y tolerada por los que sufrían la psicosis de que antes se hiciera mención; sin que, ni por un momento más, fuera aceptada por ningún carlista abnegado, ni siquiera por ningún español que no esperase lucrarse con ella en alguna forma, muchas veces pretendiendo hacer olvidar conductas pretéritas, aunque de los recientes ominosos tiempos de la República.
Como la camisa azul fuera al principio del Movimiento el gran refugio (los chuscos, que nunca faltan en España aun en las horas más tétricas, llamaron a Falange, «REFUGIUM PECCATORUM», y al Carlismo, «AUXILIUM CHRISTIANORUM») para muchísimos rojos y rojizantes, así fue luego la F. E. T. la bandera que cubrió toda suerte de ambiciones inconfesables.
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La guerra hizo posible ese esperpento político conocido por unas iniciales que, añadiéndoles una sola vocal, indican todo lo que puede dar de sí; ya que significan la vida prematura que ha nacido muerta; pero, terminada felizmente la guerra, ha de tener la vida de las flores; porque ni representa otra cosa que una viveza política, ni significa más que una supuesta conveniencia del momento, ni ha penetrado en el sentimiento español, ni ha hecho absolutamente nada por España.
Los militares no la quieren, los carlistas la aborrecen, y los viejos falangistas la detestan; sólo los políticos de oficio son sus devotos… mientras no la sustituyan.
Y esto lo saben en España los perros vagabundos de la calle, los gatos que mayan en los tejados, y hasta el tardo buey y el asno perezoso.
¿A qué continuar la ficción?
¿Cabe en alguna cabeza, con un mínimo resto de sentido común, que, por un decreto sobre el papel, dado sea por quien sea, aunque fuese el Romano Pontífice, pueda disolverse el Carlismo de más de un siglo de existencia, siempre en la oposición, siempre fuera de la «legalidad» ilegal, siempre en la cruz y el martirio, tantas veces muerto y sepultado y siempre resucitado más joven, más fuerte, y más vigoroso?
Implantad en España el programa carlista [16]; retornad a la Patria todas las esencias tradicionales, y el Carlismo desaparecerá por sí solo; se desvanecerá; se esfumará. Antes… JAMÁS… JAMÁS… JAMÁS.
[1] Se trata de la carta abierta, con fecha 17 de enero de 1937, dirigida por José M.ª Gil Robles a sus milicias democristianas por conducto del dirigente cedista Luciano de la Calzada, diputado por Valladolid antes del Alzamiento. El diario de Gil Robles en Salamanca era La Gaceta Regional; la carta, de todas formas, fue ampliamente difundida por la Prensa durante la primera mitad del mes de febrero. En el párrafo principal de la misiva, afirmaba el líder democristiano: «El movimiento iniciado el 17 de Julio marca un nuevo rumbo a la Patria. Después de él, una vez consolidada la victoria, deberán desaparecer los partidos políticos –tengan o no tengan ese nombre– para integrar un solo y amplísimo movimiento nacional. Cuando llegue ese instante venturoso, “Acción Popular”, lejos de ser obstáculo o un tropiezo, se enorgullecerá en dar las máximas facilidades».
[2] Debió ser más bien el hermano Nicolás Franco que el cuñado Ramón Serrano Suñer, ya que este último no llegará a Salamanca hasta el 20 de febrero.
[3] No hace falta decir que está hablando de D. Manuel Fal Conde.
[4] El carlista Alfonso Jaráiz.
[5] En puridad, era la «Junta Nacional Carlista de Guerra». A principios de marzo de 1937 había presentado en pleno su dimisión al Rey Javier como acto de solidaridad con el Jefe Delegado ante la flagrante injusticia cometida contra él. D. Javier suspendió la aceptación de la dimisión condicionándola a la respuesta que diere Franco a la carta que el Monarca le escribió, con fecha 6 de marzo, protestando por la iniquidad perpetrada y reclamando su rectificación, y que le fue entregada al Dictador por la propia Junta al completo en audiencia celebrada el día 10 del mismo mes. El General, finalmente, en carta fechada el 30 de abril, se dignó responder, confirmando la orden de destierro.
[6] El Conde de Rodezno, José M.ª Mazón, Luis Arellano y el Conde de la Florida, fueron precisamente los cuatro pseudocarlistas que Franco designó, el 22 de abril de 1937, para el Secretariado o Junta Política de su novel Partido «F.E.T. y de las J.O.N.S.».
[7] Joaquín Miranda González, uno de los fundadores de la Falange de Sevilla en 1933.
[8] Dejando a un lado la inconveniencia de la expresión «monarquía testamentaria», el editorialista presumiblemente se está refiriendo a los poderes omnímodos conferidos a Franco en los Estatutos del Partido Único presentados por la Junta Política y aprobados por el Dictador el 4 de agosto de 1937 en su «Decreto número 333». A ello habrá que sumar pronto el artículo 17 de la «Ley» de 30 de enero de 1938, en donde el General viene a instituirse virtualmente como nuevo Poder Constituyente.
[9] La Batalla de Guadalajara (8-23 de marzo de 1937) se saldó con el triunfo de las fuerzas del «Ejército Popular». En la misma, la actuación del «Cuerpo de Tropas Voluntarias» italianas dejó, por decirlo de alguna manera, bastante que desear.
[10] Es decir, nuevamente D. Manuel Fal Conde.
[11] El día 12 de septiembre de 1936.
[12] El octavista Jaime del Burgo, en su libro Conspiración y guerra civil (1970), cuenta que «los que se oponían [en el seno del Carlismo] a la política de don Manuel Fal Conde, en vista de que comunitariamente no habían podido vencer la resistencia del príncipe [Don Javier] a abandonar a su jefe delegado, decidieron dar un paso más y actuar por su cuenta. En la asamblea de Insua [celebrada en dicha localidad portuguesa los días 13-15 de febrero de 1937] ya se había hablado de la creación de un Consejo de la Tradición que habría de estar constituido por los Comisarios provinciales y por las personalidades del partido [sic] que al efecto se designaran, correspondiendo la vicepresidencia al comisario de Navarra. Éste convocó una reunión del Consejo en Burgos el 22 de marzo de dicho año de 1937» (p. 764). En virtud de Real Disposición de D. Alfonso Carlos I dada el 14 de septiembre de 1936, por la que habían de sustituirse en el mando efectivo a los Jefes legitimistas de los distintos Reinos o Provincias por «Comisarios de Guerra», Fal Conde, habilitado al efecto, nombró a José Martínez Berasáin para el cargo de Comisario de Navarra. Suave nos parece el calificativo que el editorialista le dedica a este sujeto (queriendo imputarle más ignorancia que malicia), pues, tras el Alzamiento, estuvo presidiendo una Junta-pirata autodenominada «Junta Central Carlista de Guerra de Navarra», surgida «en la noche del 19 al 20 de julio [de 1936]» (op. cit., p. 551), cuya actuación, constantemente al margen de la disciplina y jerarquía carlistas, se caracterizó por ponerse siempre al servicio de los enemigos del Legitimismo español y sus sagrados fines. De hecho, el último acto destacable de esa Junta-pirata antes de su disolución fue la convocatoria de una asamblea que se efectuó en Pamplona el 16 de abril –prácticamente en vísperas del decretazo unificador– y en la cual se vino a confirmar la línea entreguista propugnada poco antes en Burgos.
[13] El Conde de Rodezno desempeñó la máxima dirección de los católico-realistas españoles entre mayo de 1932, en que sustituyó al recién fallecido Marqués de Villores, y mayo de 1934, en que fue reemplazado por Fal Conde.
[14] Otra vez de nuevo D. Manuel Fal Conde.
[15] El Rey Javier, en carta de 26 de julio de 1937 dirigida al Jefe carlista de Navarra, el leal Joaquín Baleztena, refiriéndose a la ilícita y rebelde asamblea de Burgos, afirmaba, entre otras cosas, lo siguiente: «Los resultados de aquel conciliábulo fueron tan funestos como los de todo lo que es clandestino: el desamparo de la Comunión, y su incorporación a la Unificación sin la debida defensa de sus legítimos intereses» (Archivo Universidad de Navarra, Fondo Manuel Fal Conde, Caja 133/178). El telegrama, enviado a nombre del que presidió aquel conciliábulo, el consabido José Martínez Berasáin, enunciaba que los reunidos se habían constituido en «Consejo de la Tradición» y habían acordado «unánimemente testimoniar a V. E. la más fervorosa y decidida adhesión, significando su decisión inquebrantable de posponer toda conveniencia partidista a los altos y patrióticos intereses tan legítimamente representados por el Generalísimo Jefe del Estado para la mayor gloria de Dios y de España» (Jaime del Burgo, op. cit., p. 765). En cuanto al «carlista de seis meses» que redactó el telegrama, no sabemos a ciencia cierta a quién podría apuntar el editorialista. ¿Quizá a José María Oriol, que ofició de Secretario durante el susodicho conciliábulo?
[16] Empezándose, antes que nada, por la restauración fáctica del legítimo dueño de la autoridad político-monárquica española.
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