En el prólogo que antepuso al clásico de Rafael Gambra El silencio de Dios (1968), Thibon aprovechó para hacer dos citas procedentes de «una joven filósofo francesa» llamada Françoise Chauvin. Ésta debió guardar una estrecha amistosa relación con el docto campesino provenzal, pues al parecer quedaron en posesión suya multitud de papeles del maestro que, tras su defunción en 2001, ha venido recopilando hasta hoy en diversos libros publicados por las editoriales Le Rocher (Mónaco) y Mame (París). Dos de las compilaciones impresas en la segunda casa editora mentada, han sido recientemente vertidas al castellano por el filósofo David Cerdá García para la colección «Pensamiento Actual» de la editorial opusina Rialp (Madrid): una, Los hombres de lo eterno, selección de conferencias de Thibon impartidas entre 1945 y 1980, apareció el año pasado; y la otra, En defensa de lo evidente, reunión de pequeños ensayos del mismo estampados en distintos periódicos de la Europa francófona entre 1960 y 1980, ha salido de las imprentas este mismo año.
Desde que participara en 1947 en el primero de los cursos de verano organizados por la «Universidad Internacional Menéndez Pelayo», Thibon mantuvo siempre un continuado contacto con el ambiente español a lo largo de los años. En una entrevista al quincenal La Estafeta Literaria, en su n.º de 15 de julio de 1959, afirmaba: «Todos los años vengo a España. Habré estado aquí unas doce veces». En sus relaciones culturales, en esta época de segunda mitad de los cuarenta hasta finales de los cincuenta, colaboraba sobre todo en las iniciativas oficiales de la Dictadura, como los mencionados cursos, a los que también acudió –que sepamos– en las jornadas de 1948 y 1952, o eventos programados por el «Instituto de Cultura Hispánica», organismos a la sazón en manos de personajes provenientes de la familia franquista de los democristianos. No obstante, la otra familia hermana rival de los tradicionalistas-isabelinos quisieron atraerle también hacia su redil, insertándole en alguna de sus empresas culturales, cuyo control, recordemos una vez más, estaba a cargo de numerarios del Opus Dei. Así, en el ciclo de conferencias sobre Donoso Cortés celebrado en el Ateneo de Madrid en mayo de 1953, con ocasión del centenario de su óbito, uno de los ponentes fue Thibon, cuya disertación del día 19 serviría de base para el opúsculo n.º 51 de la serie «O crece o muere», publicado al año siguiente bajo el título Cristianismo y libertad. Desde entonces, y a lo largo de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, la editorial Rialp, en sus múltiples colecciones, fue trasladando algunos de los libros del ilustre pensador francés.
De la segunda mitad de los setenta datan las últimas colaboraciones importantes de Thibon en proyectos culturales de «La Obra». En concreto, un ciclo de conferencias sobre «Historia y Cultura» celebrado entre el 10 y el 13 de marzo de 1975 en el «Colegio Mayor Belagua», adscrito a la «Universidad de Navarra», circunstancia en la que estuvo acompañado por Álvaro d´Ors, Josef Pieper y Jesús Arellano Catalán. Su ponencia se recogió, con el rubro «Instrucción y Cultura», en el n.º de septiembre-octubre de la revista mensual Nuestro Tiempo, órgano de dicha Universidad. Tras un par de breves sueltos suyos incorporados en dicha publicación en 1978, a partir de la década de los ochenta los del Opus dejaron prácticamente de promocionar a este autor, descartando incluso la reedición de sus obras. Conducta que contrasta un tanto con la ofrendada a Josef Pieper: aunque las contribuciones del filósofo alemán en los emprendimientos culturales de los opusinos cesan igualmente desde principios de los ochenta, sin embargo varios de sus libros sí que siguieron reeditándolos sin interrupción hasta nuestros días, tal como señalamos en el artículo «Los escritos autobiográficos de Josef Pieper».
Principal difusor del pensamiento de Thibon en el panorama español desde la década de los sesenta hasta mediados de los ochenta, fue sin duda el movimiento apologético en favor de la Doctrina Social de la Iglesia y el Derecho Natural Cristiano «La Ciudad Católica», a través de su órgano Verbo, en donde se reprodujeron, en un buen número, estudios del filósofo redactados en publicaciones francesas afines así como sus intervenciones en los Congresos anuales que organizaba en Suiza entre 1964 y 1977 la asociación «Office International» (presidida por el publicista católico galo Jean Ousset).
Siguen siendo de plena actualidad las denuncias de este sabio labrador autodidacta ante el doble proceso complementario de disolución masificadora colectiva y artificiosa cohesión burocrática sustitutiva que se ha venido desarrollando en las naciones de la antigua Cristiandad en esta nuestra revolucionaria Edad Contemporánea; proceso que, en la etapa posmoderna ulterior a la Segunda Guerra Mundial en que todavía nos encontramos, ha recibido un impulso exponencial mediante las políticas tecnocráticas –presentadas como «neutras» y «científicas», aparentemente superadoras de la «era de las ideologías» que habrían caracterizado exclusivamente a la anterior «fase fuerte» conocida como «Modernidad»– con las cuales se han ido arrollando, en todos los ámbitos, los restos estructurales de sociedad tradicional que por inercia aún subsistían en las respublicas del Viejo Continente.
Estas políticas, fundamentadas en las dos novedosas «ciencias» de la «Economía Política» y el «Derecho Administrativo», alcanzaron su punto álgido en las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo, y continúan teniendo como cimiento la idea-fuerza del «Progreso», noción falsa que asume erróneamente que cualquier «avance» realizado en cualquier campo implica necesariamente una mera adición sobre anteriores elementos positivos a los que se presume no afectados por dicho «avance» y preservados en toda su virtud. Las reflexiones y meditaciones que Gustave Thibon quiso compartir con sus coetáneos, y que nos interpelan asimismo a las siguientes generaciones que permanecemos sumidos en el mismo esencial problema, convergen contra este mito fundante del «Progreso» que empapa la mentalidad tecnocrática de nuestro tiempo (mito del que, por supuesto, tampoco escapan las presuntas «reacciones» antitecnocráticas que eclosionaron en el caos de Mayo de 1968 al calor de los sociólogos de la Escuela de Fráncfort liderados por H. Marcuse, y que prevalecen desde entonces en los sectores izquierdistas «contestatarios», emanados de la «revolución cultural»). Esta desmitificación no le impide a la vez reconocer que la desastrada situación pública generada carece de precedentes en la Historia, conllevando la correspondiente inquietante incertidumbre acerca de cuál sea el sentido del desenlace a que nos dirige este inédito derrotero.
Así pues, saludamos que Rialp haya querido últimamente retomar la figura de Thibon por medio de las dos antedichas traducciones, que esperamos sean preludio de otras próximas; si bien no deja de resultar irónico este patrocinio por parte de una de las principales editoriales pertenecientes a la agrupación religiosa de cuyo seno surgieron los hombres que tuvieron un papel protagónico durante las últimas décadas de la Dictadura franquista en el avance en suelo español de la revolución sociológica dimanada de aquella acción tecnocrática que desplegaron con entusiasmo bajo la égida de las Organizaciones Internacionales.
Thibon condimenta sus escritos y discursos de una copiosa pluralidad de noticias y experiencias, extraídas de los variados terrenos de la vida social, que ilustran a la perfección la desoladora radiografía global que traza de este mundo posmoderno. En su incisivo diagnóstico, no elude tocar cada una de las parcelas que integran la realidad comunitaria. Nos limitaremos a citar unos pocos ejemplos de este análisis descriptivo entresacados solamente del libro Los hombres de lo eterno.
Félix M.ª Martín Antoniano
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