En el área educativa, muchas de sus apreciaciones coinciden con las que ya contemplamos en el artículo «John Senior y el retorno de la cultura cristiana». Como muestra podemos citar el siguiente pasaje: «Ya se trate de la emancipación individual o de la reforma social, la gran ilusión de los partidarios incondicionales del cambio consiste en dar implícitamente por sentadas para siempre las ventajas inherentes al estado de cosas que tratan de mejorar, y en imaginar que los beneficios del progreso se añadirán a los de la tradición, del mismo modo que en un edificio el piso superior se añade al inferior. Creo que estos hombres son extremadamente ingenuos al ignorar los límites de la estrecha naturaleza humana. Cuando, por ejemplo, en el siglo pasado, Víctor Hugo veía en la educación del pueblo un remedio para todos los males sociales, no sospechaba que, con demasiada frecuencia, el sentido común y la profundidad populares serían las primeras víctimas de este goteo de ilustración libresca. Dios mío, si hubiera tenido la oportunidad de sondear el abismo que separa, en términos de densidad humana, a un campesino tan tradicional, casi analfabeto, de su nieto desarraigado, cuya única baza en la vida es un exiguo diploma resultante de una larga y anémica estancia en los economatos escolares, tal vez habría cambiado de opinión. No quiero que me llamen oscurantista, ni que me digan que me niego a educar a la gente, porque no se trata de eso. Lo que digo es que los hombres para los que la cultura no es sólo un bagaje con el que cargan la mayoría de las veces, sino un alimento, esos hombres –sea cual sea su origen– son infinitamente más raros de lo que pensamos. No hay muchas vocaciones intelectuales auténticas. Y donde no hay vocación intelectual, es mejor trabajar inteligentemente con las manos que estúpidamente con la cabeza» (pp. 186-187. Los subrayados son suyos).
En la esfera de la medicina, y en relación con las imposiciones generales auspiciadas desde los nuevos «Estados soberanos», apunta Thibon: «Se habla de crisis, de cuestionamiento de toda la profesión médica. Abundan las controversias y las herejías, y el escepticismo se aprovecha de toda esta agitación. Pero ¿no vivimos en una época en que la medicina, tan debatida, tan incierta, tan cuestionada, hace las afirmaciones más desorbitadas? Por no hablar del “complejo de infalibilidad” que aqueja a tantos médicos y facultades de medicina. ¿No vemos que la medicina se desvía cada vez más de su función específica –que es atender al individuo que libremente recurre a sus servicios– para imponer sus leyes al conjunto de la sociedad y hacer de nuestros cuerpos y almas el terreno de sus experimentos y el teatro de sus ambiciones? Y si la medicina, en colaboración con las autoridades políticas, intenta a su manera abolir el habeas corpus apreciado por los juristas de una época pasada, es porque está implícitamente convencida de que es una ciencia en lo que respecta al poder médico exacta, cuyas técnicas, universalmente válidas, pueden imponerse a los hombres, sin ningún contacto personal ni respeto por la libertad, del mismo modo que se les impone, por ejemplo, el trazado de las carreteras o el control del agua» (p. 203. Los subrayados son suyos). Por otro lado, en crítica contra la hipocresía de los neoizquierdistas que abogaban en pro de una «vuelta a la naturaleza», les hacía la siguiente oportuna observación: «Si la esperanza de vida humana se ha más que triplicado en los dos últimos siglos, ¿estamos en deuda con la ciencia o con la naturaleza? No sé si es algo bueno, pero ésa es otra cuestión: aquí hablamos estrictamente desde el punto de vista de la conservación de la vida. E imaginen el estado de pánico atroz en el que se vería sumido el hombre moderno, tan rápido a conmoverse por el más mínimo paso en falso de la ciencia o la más mínima epidemia –una vaga gripe que llega de las profundidades de Asia y que, en última instancia, sólo mata a personas que están muy cerca de morir de todos modos porque son lo suficientemente mayores o débiles para ello–, la histeria que se desataría si hubiera una epidemia como la Peste Negra de la Edad Media que mató a treinta y cinco millones de personas, aproximadamente un tercio de la población. No creo que nuestros contemporáneos fueran capaces de aguantar el tipo si algo así sucediese. Los que se salvasen de la peste morirían igualmente, pero de terror» (pp. 244-245).
En fin, refiriéndose a los adelantos en la tecnología, comenta a su vez Gustave Thibon: «por una extraña paradoja, el activismo tecnológico se ha convertido en una de las grandes debilidades del mundo moderno, por ser un activismo excesivo que engendra impotencia y pasividad. El progreso tecnológico nos facilita considerablemente la vida, pero también nos hace totalmente dependientes de él, tanto material como psicológicamente. El hombre moderno que se cree mucho más libre que sus antepasados, se desarma más ante el menor fallo técnico que sus antepasados ante los peores rigores de la naturaleza. Cuando los peregrinos de la Edad Media iban a Santiago de Compostela, hiciera el tiempo que hiciera, fueran cuales fueran las circunstancias –podían morir en el camino, ésa es otra cuestión–, avanzaban siempre. Pero si el avión que debías coger no sale, te quedas irremediablemente estancado. ¿Y qué decir del apagón en el Estado de Nueva York, que duró siete horas? Hubo gente que se quedó en los ascensores o en el metro durante siete horas. Imagínenselo: no había nada que hacer. El margen de iniciativa individual se reduce a cero cuando el mecanismo colectivo se descontrola. Y eso es extremadamente grave. Cada vez tenemos más recursos y menos autonomía» (p. 257. Los subrayados son suyos).
Quizá se echa de menos, en su examen de los males que afligen a la civilización posmoderna, la insistencia en el deletéreo impacto que ha tenido el Concilio Vaticano II en el dominio espiritual. Ciertamente Thibon era sabedor de la importancia decisiva del factor religioso en el camino hacia la recuperación del orden social humano, y deploraba los efectos perniciosos de esos nuevos aires que corrían por la Iglesia, pero no parecía querer ligarlos en sus causas al ambiente que se fomentaba desde la propia Roma en el período postconciliar: «encuentro que hay un grave error en cierta concepción del aggiornamento, transmitida por la propaganda progresista. No es sólo una traición a lo eterno, sino también un penoso error de cálculo, de eficacia temporal. Sé que tenemos que deshacernos de ciertos ídolos del pasado, soy muy consciente. Pero no para entregarnos a los ídolos del presente. La palabra “día” (giorno en aggiornamento) tiene dos significados, ¿no es cierto? Por un lado, se refiere a un espacio de veinticuatro horas y, por otro, a la luz. Es perfectamente posible estar “al día” sin estar “en la luz”, y viceversa. Y lo más importante, sin duda, no es estar “al día”, seguir de cerca la actualidad, sino estar “en la luz”» (p. 331). Personalmente, creemos que Rafael Gambra veía con más claridad que Thibon en este aspecto particular a la hora de remontarse al origen vaticano de este gradual desmantelamiento universal de la Iglesia tridentina (en su libro El silencio de Dios dedica el egregio catedrático navarro un capítulo específico a esta autodemolición institucional, que lleva por epígrafe «La juglarización de la Fe»).
Otro punto débil, a nuestro modesto entender, en la detallada exposición de Thibon lo constituye el componente financiero, que representa la herramienta primordial que condiciona la existencia de las personas en las disociedades de la era industrial (y postindustrial). No queremos decir que no lo tuviese en cuenta, ya que evidentemente no podían faltar en su evaluación sociológica los juicios en torno a la cuestión económica, que está en el corazón del nacimiento y despliegue del totalitarismo liberal contemporáneo. Pero en esas exploraciones intraeconómicas no se profundiza en el instrumento clave del dinero, o no se pretende ir más allá de un simple enfoque superficial. Por lo menos ésa es la sensación que se obtiene tras leer el librillo Solución social (escrito en la primera mitad de los cincuenta junto al empresario belga Henri de Lovinfosse), uno de los contados lugares de su rica producción literaria en que más se concentra en este crucial tema.
Finalmente, si hubiera que resumir la terapéutica que Thibon preconiza para revertir, o al menos paliar, los síntomas de la agenda tecnocrática tan bien develados por su acerada pluma y su profética voz, no habría mejor forma que con las palabras con que concluye hacia el final del consabido Prólogo elaborado para el El silencio de Dios: «por inciertas que sean las probabilidades de éxito, nuestra misión aquí abajo consiste en restaurar pacientemente, en nosotros y en torno nuestro, las condiciones para una restauración de la Ciudad de los hombres». Con lo cual viene a incurrir en el mismo error metodológico propio de la galaxia democristiana, del que ya hablamos cuando criticamos la análoga actitud pregonada por John Senior. Nadie cuestiona la necesidad y oportunidad de esa labor restauradora desde abajo, pero siempre y cuando se fomente y procure paralelamente la debida restauración de la legítima potestad política católica en la cúspide, base indispensable previa para una recomposición social efectiva, consolidable y perdurable. Hágase aquello, sí, pero sin omitir esto. De lo contrario, se caería en una postura completamente irrealista frente al enemigo anticristiano que persiste impertérrito encaramado en lo alto del Poder.
Félix M.ª Martín Antoniano
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