Observaciones de von Haller sobre la revolución en España

destaca por su notoria y vehemente defensa del gobierno tradicional de la monarquía hispánica

Una alegoría a los voluntarios realistas y a su derecha, el texto original

Como es de interés conmemorar la institución de la regencia de Urgel, un hito realista contra la violencia constitucional, compartimos este texto (cuyo título original es Quelques observations sur la circulaire des Cortes de Madrid, publicado en 1823) que escribe von Haller combatiendo desde su tribuna diversas mentiras que buscaban legitimar al régimen del trieno liberal.  Además de ser uno de sus diferentes artículos donde habló del mundo hispano, destaca por su notoria y vehemente defensa del gobierno tradicional de la monarquía hispánica y de los Cien Mil hijos de San Luis, quienes, en vez de emular al agresor napoleónico, apoyaban a la legítima reacción contra la tiranía constitucionalista. De forma lapidaria manifiesta que, como toda revolución, los sucesos de aquel momento en España eran realmente un simulacro revolucionario instigado por las élites liberales.

Aquella defensa vehemente a la tradición española no fue relegada, además de ser consultado por Fernando VII para negociar la intervención francesa en la contrarrevolución llevó a ser condecorado con la orden de Carlos III por sus servicios en 1826.

Sin más que decir, se invita a la lectura de las palabras de este amigo olvidado de España.

Maximiliano Jacobo de la Cruz, Círculo Tradicionalista Blas de Ostolaza

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PASEMOS por alto la palabra embajador, que se utiliza de forma bastante impropia en un momento en que España ya no tiene agentes que lleven este título; los revolucionarios no están sujetos al verdadero lenguaje; ésta es también una de sus libertades. Tratemos sólo del fondo. No nos hemos engañado en nuestra esperanza de que el orgullo y la estupidez de los Carbonarios españoles obligarían a Francia a seguir el camino que le marcan sus deberes y sus más caros intereses. Pero estábamos lejos de creer que alguien se atrevería, ante el mundo, a mentir tan descaradamente como las Cortes han tenido la osadía de hacerlo en esta circular a sus supuestos embajadores. En su insolente lenguaje, califican las notas de Rusia, Austria y Prusia como un tejido de mentiras y calumnias, a pesar de que toda Europa y la propia nación española pueden dar fe de la veracidad de las mismas, apoyadas además en hechos que son de dominio público. Las potencias no han dicho ni mu. Esperemos que se desquiten de este insulto de forma llamativa y aleccionadora para todos los futuros revolucionarios. Por nuestra parte, sólo diremos unas palabras sobre las impúdicas afirmaciones de estas Cortes, afirmaciones a las que llaman, de forma un tanto estrafalaria, intenciones.

1.º La nación española, dicen, se rige por una constitución que fue solemnemente reconocida por el emperador de Rusia en 1812. Primera mentira. La nación española no se rige por una constitución, ni siquiera por la de las Cortes, por absurda y detestable que sea; sino que está gobernada, o más bien oprimida, por un club de carbonarios, a quienes esta verborrea constitucional sirvió de trampolín para alcanzar el poder soberano, y que, conseguido su objetivo, se burlan de todos los artículos de esa supuesta constitución, sin seguir ni uno solo de ellos. Así, por ejemplo, se despoja a la Iglesia, se persigue la religión, se masacra, encarcela o destierra a sus ministros, a pesar de que la Constitución declara que la religión católica es la de la nación española, y que prohíbe la práctica de cualquier otra. Así también se confiscan los bienes de las personas de bien, a pesar de que la Constitución suprime la confiscación, incluso contra los delincuentes, o bien, como hemos predicho, sólo se suprimirá contra los rebeldes, y se les permitirá contra sus enemigos. Así, hombres virtuosos son fusilados y arrastrados a la muerte sin ninguna forma de juicio y a pesar de los tribunales que los absuelven. De este modo, todo agente militar o civil golpea a los desdichados españoles con contribuciones, a pesar de las pesadas formalidades prescritas para su establecimiento. De este modo, ya no se reconocen ni títulos de propiedad ni convenciones, se anulan todos los testamentos ratificados y aceptados durante siglos, se despoja a numerosas clases de ciudadanos de sus propiedades más sagradas, etc. Repasad todos los títulos y todos los capítulos de este batiburrillo constitucional, y no encontraréis nada de lo que se ha conseguido, aparte del poder absoluto otorgado al carbonario. No se quería otra cosa y, además, era lo único posible. Por otra parte, el emperador de Rusia sólo aprobó la resistencia a la usurpación de Bonaparte, pero en modo alguno la constitución, que desconocía en 1812. E incluso si la hubiera reconocido entonces, se le permitió retirar su asentimiento en 1822, cuando vio sus deplorables efectos. 

2.º Los españoles, amigos de su patria, proclamaron esta constitución a principios de 1812, que fue abolida por la sola violencia en 1814. Doble mentira. No fueron los amigos, sino los enemigos de su patria, los que proclamaron esta constitución, a no ser, lo que sería muy posible, que, en lenguaje liberal, se entendiese por patria sólo una logia masónica, un club de liberales, un conventillo de sofistas. No tenían derecho ni a hacerla, ni a proclamarla, y menos aún a obligar al rey a aceptarla. Tampoco es cierto que fuera abolida por la violencia en 1814. Una simple proclamación del rey, aplaudida por todas las clases de la nación, el clero, la nobleza, el ejército, la burguesía y, sobre todo, la gente del campo, bastó para destruirla. ¿O es que los Cortés alegarían que todos estos españoles no forman parte de su nación ni de su patria liberal? Podría ser. Pero tampoco tienen ningún deber para con esta nueva patria.

3.º El Rey constitucional de España ejerce libremente las facultades que le delega el Código Fundamental. Tantas palabras, tantas mentiras. En primer lugar, el rey no es constitucional; era rey antes de la Constitución, y no fue hecho por ella. Este monstruoso código no le ha delegado nada, sino que se lo ha quitado todo; finalmente, el rey ni siquiera ejerce la pequeña parte del poder que parecía quedarle, para degradarlo aún más haciéndole servir de instrumento o de mascarón de proa de la iniquidad. El rey está prisionero en su castillo, vigilado como un enemigo, despojado de sus bienes; no puede elegir ni despedir a sus empleados; es bombardeado con insultos e improperios, amenazado de muerte; y cuando los poderes no piden otra cosa que su libertad, las Cortes se la niegan insolentemente; el rey ni siquiera es consultado sobre las respuestas que debe dar a esos poderes. Ni siquiera se consultó al rey sobre las respuestas que debían darse a estos poderes. No se supo nada de él en todo el asunto.

4.º La nación española nada tiene que ver con las instituciones y régimen interior de otras naciones. Esta es otra mentira, a menos que por la palabra «nación» se entienda el verdadero pueblo español, y no las Cortes y sus cómplices. Pretenden subyugar y corromper al ejército francés, difunden por todos partes escritos incendiarios, y no es por falta de voluntad, sino por falta de poder, por lo que aún no han incendiado los cuatro puntos cardinales de Europa. Además, ni siquiera se trata de saber si la nación española, o más bien quienes la tiranizan, se entrometen o no en nuestro régimen interior. Nos entrometeremos en oponernos a sus crímenes, en proveer a nuestra propia seguridad, en socorrer a nuestros vecinos, en hacer reinar la religión y la justicia dondequiera que sean vergonzosamente pisoteadas, y para eso no necesitamos el consentimiento de las Cortes.

5.º El remedio de todos los males que pueden afligir a la nación española sólo a ella interesa. Esto también es falso, puesto que interesa a todas las naciones vecinas y a otras que no están aisladas en la tierra; cuya existencia está amenazada, y que ya sufren de mil maneras esta horrible anarquía. Y aunque fuese verdad que el remedio de estos males sólo concerniese a la nación española, nada impide que vayamos a sostener la parte sana y oprimida, que clama socorro de Europa; la religión y la caridad hasta nos obligan a ello.

6.° Los males que padece no son consecuencia de la Constitución, sino de los esfuerzos de los enemigos que tratan de destruirla. Otra mentira impúdica. ¿Por qué no existían esos males antes de la Constitución? Sus enemigos tienen tanto y más derecho a destruirla como las Cortes tuvieron para hacerla. Desde su punto de vista, lo mismo daría decir que la paz y la tranquilidad no serían perturbadas por bandoleros e incendiarios si no se les opusiera resistencia. Nos asombra que aún no hayan redactado una constitución para decretar que el robo y el asesinato son derechos del hombre libre.

7.° La nación española no reconocerá jamás el derecho de ninguna potencia a intervenir en sus asuntos. Para empezar, no se le pedirá que reconozca este derecho; se le obligará a hacerlo a pesar suyo, o, mejor dicho, lo reconocerá a pesar de las Cortes. Sí, intervendremos en este asunto para ayudar a los débiles y oprimidos, para arrebatar el poder a los villanos y devolvérselo a las buenas gentes; pero, al hacerlo, interferiremos mucho más en nuestros propios asuntos para asegurar nuestra existencia, nuestro descanso y nuestro honor, que están unidos al mantenimiento de los derechos reales y al restablecimiento de la paz en un imperio unido a Francia por tantos lazos naturales.

8.º El gobierno nunca se desviará de la línea 1 trazada por sus deberes, por el honor nacional y por su inalterable apego a la constitución jurada en 1812. No dudamos de ello, puesto que, en la jerga revolucionaria, por deberes se entiende el derecho a violar todos los juramentos hechos anteriormente al rey, a violar todos los deberes para con Dios, para con el prójimo y para con las naciones vecinas; puesto que se convino en llamar honor nacional al orgullo y a la obstinación de unos cuantos sofistas, que cubren de oprobio a la verdadera nación de la que son detestados; ya que, por último, el apego a la llamada constitución sólo significa apego al poder soberano que acaba de ser usurpado, y que debe asegurar la impunidad de todos los crímenes de los revolucionarios, excepto, sin embargo, que serán libres de violar todos los artículos de esta constitución, . que, aunque hecha por ellos y para ellos, podría sin embargo a veces incomodarles, o frustrar sus tiránicos designios. Ciertamente, las Cortes no se apartarán de esta línea, que les trazan sus hermanos y los estatutos de la secta. El ejemplo de todos los revolucionarios de Europa lo ha demostrado suficientemente. Pero nosotros haremos que se desvíen de ella a pesar suyo, y no tardaremos si tomamos el camino correcto, si hacemos la guerra sólo a los revolucionarios, si les obligamos a pagar las costas, a reembolsar de su propio bolsillo sus desastrosos préstamos y a reparar los daños que han causado a los propios españoles, todo ello sin perjuicio de los castigos ejemplares que se infligirán a los cabecillas de la revuelta [1]. Francia reprochó en 1815 a las potencias aliadas no haber hecho recaer el peso de esta nueva guerra sobre los que la habían provocado, y toda Europa compartió sus sentimientos a este respecto … Que Francia no cometa el mismo error entrando en España; no crean que los liberales no tienen dinero; no son los pobres los que hacen las revoluciones.

Karl Ludwig von Haller

Tomado de Melánges de Droite et Haute Politique ,Tomo 1, (1823/1839) pp. 217-224.

[1] No lo hicimos; al contrario, acariciamos al enemigo, le devolvimos el poder, y por eso vimos este auge de la revolución después de 1830. [N. del autor añadida en 1838]

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