El sacerdote entrevistado, natural de la provincia de Sevilla y nacido en 1979, es profesor de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla y reconocido investigador de las Sagradas Escrituras. Amante de los idiomas, maneja el arameo, latín, griego, hebreo, inglés, francés, italiano y alemán. Su formación y capacidad le habrían permitido dedicarse al periodismo o a la farmacia, pero optó por el ministerio sacerdotal. Precisamente por su relevancia académica y pastoral, sus declaraciones en la entrevista publicada el 13 de agosto de 2025 revisten especial gravedad: el alcance de sus palabras no se limita al plano personal, sino que influye directamente en la formación doctrinal de quienes lo leen o escuchan.
En dicha entrevista, bajo un lenguaje amable y revestido de aparente «honestidad intelectual», se deslizan conceptos que contradicen de forma frontal la enseñanza de la Iglesia Católica, infiltrando en el pueblo fiel las perniciosas tesis del modernismo —«síntesis de todas las herejías», como lo definió San Pío X en Pascendi dominici gregis (1907)—.
La herejía modernista, que pretende someter la fe a la razón humana, reducir el Evangelio a un mito simbólico y diluir el carácter único y exclusivo de la Iglesia fundada por Cristo, aparece aquí con todos sus ingredientes: relativización de la Sagrada Escritura, supremacía del juicio subjetivo sobre la Revelación, sentimentalismo religioso y silencio culpable sobre la necesidad de la conversión a la única Fe verdadera.
Lo más grave es que estas declaraciones no proceden de un agitador laicista, sino de un sacerdote católico, llamado por el sacramento del Orden a ser «columna y fundamento de la verdad» (I Tim. 3,15), pero que en cambio afirma que, si tuviera que elegir, preferiría «la verdad» a Dios, como si Dios pudiera oponerse a la Verdad que Él mismo es (cf. Jn. 14,6). Este tipo de afirmaciones no solo confunden a los fieles, sino que escandalizan y siembran la semilla de la apostasía silenciosa, con errores doctrinales como:
- Una falsa disyuntiva entre Dios y la Verdad.
El sacerdote declara: «Entre Dios y la verdad me quedo con la verdad». Para un católico, Dios es la Verdad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn. 14,6). El Catecismo de Trento enseña: «Dios, suma y eterna verdad, no puede engañarse ni engañarnos» (I, 1, 2). Plantear que existe oposición entre Dios y la verdad equivale a negar su misma naturaleza.
- Calificar el relato del Génesis como mito.
Al referirse al Árbol del Bien y del Mal, lo llama «relato mítico». La Iglesia ha enseñado que el pecado original es un hecho real y no una mera alegoría: «Si alguno no confiesa que el primer hombre Adán… perdió la santidad y justicia… sea anatema» (Concilio de Trento, Ses. V, can. 1). Negar el carácter histórico abre la puerta a negar la Redención.
- Supremacía de la razón sobre la fe.
Afirma: «Me quedo con la verdad aunque eso suponga apartarse de Dios». El racionalismo que coloca la razón como árbitro último fue condenado por Pío IX: «La razón humana… es el único juez de la verdad y del bien» (Syllabus, prop. 3). La fe, lejos de ser irracional, es «un acto del entendimiento movido por la voluntad bajo la acción de Dios» (S. Th., II-II, q.2, a.9).
- Un diagnóstico social sin el remedio cristiano.
Constata que vivimos en una sociedad utilitarista, pero no propone el remedio proclamado por Pío XI: «Es necesario que Cristo reine en la sociedad… negarlo es el camino de la ruina» (Quas Primas, n. 18). Sin esta perspectiva, la crítica queda incompleta.
- Reducción de Dios a un sentimiento humano.
En sus palabras: «Dios está en la capacidad de amar». Si bien «Dios es amor» (I Jn. 4,8), San Juan precisa: «El amor de Dios consiste en guardar sus mandamientos» (I Jn. 5,3). No todo amor humano es divino; existe amor desordenado que conduce al pecado. Esta definición sentimental es propia del subjetivismo moderno.
- Silencio sobre la exclusividad de la Iglesia Católica.
En toda la entrevista no afirma que la Iglesia es la única verdadera. El Concilio de Florencia (1442) lo definió solemnemente: «La Santa Iglesia Católica… fuera de la cual nadie se salva». San Pedro lo resumió: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos» (Hch. 4,12).
- Un trasfondo incompatible con la Misa de siempre .
Aunque no la menciona explícitamente, el marco doctrinal de la entrevista —relativización de la Revelación, primacía de la experiencia subjetiva, rechazo implícito de lo inmutable— es el mismo que ha alimentado durante décadas las críticas y el arrinconamiento del rito romano tradicional de la Santa Misa. San Pío V, en Quo Primum (1570), declaró que este rito «ha de permanecer perpetuamente válido y lícito». Rechazar o minusvalorar (o despreciar veladamente) esta herencia litúrgica es coherente con la mentalidad que impregna la entrevista.
Un sacerdote que habla así no está «modernizando» la fe, sino que la ha sustituido por un pensamiento extraño al Depósito Sagrado. Estas expresiones, lejos de edificar, confunden y alejan de Cristo. Ante esta infiltración, los fieles tienen el derecho y el deber de «luchar ardientemente por la fe que ha sido entregada a los santos» (Judas 1,3), resistiendo al modernismo con la oración, la formación doctrinal y el apoyo a los pastores fieles a la Tradición.
En tiempos de confusión, el remedio no es callar ni contemporizar, sino confesar con valentía: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb. 13,8). Quien pretenda «corregir» su Palabra o «adaptar» su Evangelio se pone fuera de la Iglesia que dice servir.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
Deje el primer comentario