Los días 19 a 23 de julio de 1902 se celebró en Santiago de Compostela el sexto y último de los Congresos Católicos Nacionales, en cuyas conclusiones se reiteraron una vez más las pautas vaticanas para la «acción católica», «acción cristiana popular» o «democracia cristiana» de la Iglesia española en el terreno sociopolítico. Unos días más tarde, el 29 de julio, el insigne orador carlista Juan Vázquez de Mella pronunció en el Teatro de la misma ciudad gallega un discurso de réplica en donde evidenciaba el absoluto contraste entre la postura de la Santa Sede y la del Carlismo respecto al camino práctico a seguir en la guerra contra la Revolución, debelando magistralmente la insensata y suicida pastoral inculcada desde Roma.
La Prensa del momento sólo pudo recoger resúmenes de la alocución. El contenido íntegro aparecerá transcrito por vez primera en 1931, en el Volumen V de las Obras Completas de Vázquez de Mella, bajo el título «La Iglesia independiente del Estado ateo». En el prólogo del Tomo, Manuel Senante no dudaba en calificarlo como «el grandilocuente, el hermosísimo y conmovedor discurso –tal vez el mejor de los muchos y muy elocuentes del gran tribuno– que, sobre el tema, siempre candente, de la unión de los católicos y del modo eficaz y práctico de combatir contra la revolución liberal, pronunció».
Para una más cómoda lectura, el editor dividió el texto en varios epígrafes. Pasamos a reproducir, tomado de las páginas 134 a 147 de la 2.ª edición (1934), el que lleva por encabezamiento «La nueva estrategia y la nueva táctica para la restauración católica», en que principalmente se condensa e impugna aquella nefasta política oficial patrocinada por los Papas preconciliares. Todas las palabras subrayadas se encuentran así en el original.
Félix M.ª Martín Antoniano
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La nueva estrategia y la nueva táctica para la restauración católica
Pero ¿cómo se restaura el espíritu católico que anima las tradiciones? ¿Cómo se restauran las creencias católicas, que eran centro del espíritu tradicional, y se las difunde por todos los miembros de nuestra Sociedad, devolviendo la vida a los que están yertos o aumentando la energía de los que aún no han sucumbido, llevándolas hasta la cima del poder para que recobren en el Estado su imperio? No se puede contestar a esta pregunta sin examinar la última parte, por cierto importantísima, de la fórmula de la unión de los católicos, que se refiere al procedimiento y a la conducta para la reconquista de la tesis perdida.
Los medios legales y pacíficos, la evolución prudente, es lo que se preconiza como el mejor método de restauración católica. Y a este procedimiento se le considera de tal modo importante, que, discrepar de la regla de conducta que él señala, es romper abiertamente con la fórmula de unión; por lo cual bien puede decirse que, más que procedimiento, es uno de sus principios capitales.
¿Y cuáles son los fundamentos en que se apoya? Un error de estrategia y una nueva táctica opuesta a todas las que se han conocido en la historia de las luchas políticas y militares. El error de estrategia es precisamente, en lo que se refiere a la conducta, la causa principal del estado de la Iglesia en España y de la situación de los católicos españoles. Consiste, señores, en que estamos siempre a la defensiva y no tomamos la ofensiva nunca. Todo se reduce a parar los golpes fuertes, a resistir cuando nos atacan mucho, y mientras tanto a descansar en la inercia, esperando descuidados la nueva acometida. Aun los momentos heroicos de las luchas cruentas, a que debemos todo lo poco que conservamos, tuvieron más su origen en las agresiones de los adversarios que en las iniciativas propias. Y no hay que decir lo que ha sucedido en los largos períodos de paz material y de lucha moral. Ésta es la razón, señores, de que nuestra historia contemporánea resulte una serie de treguas y de armisticios que suelen acabar en pactos que llevan aparejada una infamante servidumbre.
La guerra exclusivamente defensiva, lo mismo en las luchas guerreras que en las campañas sociales y en las batallas de doctrinas, sólo se acepta, como lo prueban los tratadistas militares y los maestros de la controversia (porque al fin la Estrategia y la Táctica no son más que una dialéctica en acción), como una triste necesidad de los débiles, que resisten retrocediendo para que el avance excesivo del enemigo haga vulnerables sus líneas prolongadas, y pueda trocarse en vigoroso ataque lo que empezó en defensiva calculada. Y cuando no es así, por fuerte que sea el ejército que limita sus empresas a resistir la violencia, no conseguirá otra cosa que pactar con la muerte y abdicar hasta la esperanza de la victoria. El ofensor concentra libremente sus fuerzas sobre un solo punto y obliga al defensor a abandonar parte de sus dominios, por acudir a los más amenazados; y aunque el ataque sea simulado, tiene que fraccionar las huestes para defender sin fácil comunicación puntos diversos y a un tiempo. Si por acaso la victoria corona su esfuerzo, hace de los laureles una almohada donde reposa tranquilo, hasta que le obliga a despertar sobresaltado una nueva agresión del enemigo, repuesto ya del desastre que le proporciona su desmayo. Y si, como sucede casi siempre, es la derrota la compañera de la defensa exclusiva, pronto encuentra el agresor un nuevo auxilio, ¡el de la discordia de sus enemigos!; y los que no tomaron la iniciativa y atacaron cuando eran fuertes, la toman osadamente unos contra otros cuando son débiles. Entonces empieza el desaliento a cundir en sus filas, y comienzan las transacciones con el adversario, proponiéndole un modus vivendi en que entre como primera concesión la dignidad y el territorio perdidos. Y los que no se resignan a ser mozárabes degenerados dentro del Califato revolucionario, al encontrarse rodeados de enemigos por todas partes, con el adversario enfrente y sus auxiliares a la espalda, dan principio a las grandes disputas sobre quiénes son los mejores soldados y los más expertos caudillos. ¡Extraña discusión! En los tiempos de combate los mejores son… los que combaten mejor (Entusiastas y prolongados aplausos).
Señores: con esta estrategia se puede hacer el recuento de todas las batallas que se han perdido, pero no es posible empezar la lista con una sola que se haya ganado (Muy bien).
Durante todo el siglo XIX, no hay en España una sola década en que no haya perdido algo la fortaleza de la fe. Un día cae una almena, otro se ciega un foso, más tarde se derrumba una torre, después se cuartea un muro; y no está toda en el suelo, porque ha habido quienes acometieron por fuera al adversario. ¿Y todavía habrá quien defienda semejante estrategia, que no es más que la teoría de la derrota? La sabiduría popular la condenó en uno de sus gráficos apotegmas: «El que pega primero pega dos veces»; pero los católicos españoles repetimos filosóficamente la súplica del general griego: «Pega, pero escucha». Y la Revolución, que no es en sus distintas formas más que la fuerza impía, pega, pero no escucha; y, si escucha, es para llamarnos provocadores, como el lobo de la fábula al cordero que bebía más abajo; y después pega otra vez. Que nunca la prudencia de la carne y la audacia se han encontrado frente a frente, sin que la audacia haya dejado de poner su pie sobre la cerviz de la prudencia. ¡Y, sin embargo, no aprendemos! La ley del escarmiento parece que no rige para los católicos españoles (Grandes aplausos).
¿Y cuál es la táctica correlativa de esa estrategia melindrosa? La nueva táctica es obra de tratadistas reflexivos y pacientes, inmunes de todo ardimiento imprudente. Junta, en admirable síntesis, una dulzura humanitaria que la aparta con desdén de la fuerza y con horror de la sangre, y una astucia sutil y penetrante que deja atrás la tan conocida de la serpiente. De este prodigio psicológico ha salido una teoría tan original, que está llamada a cambiar todos los métodos de combate. Ella es la que ha resuelto el extraño problema de hacer la guerra sin la guerra y de ganar batallas sin librarlas. Hasta ahora se había creído que los tratados eran posteriores a las batallas, y que la guerra era anterior a la paz. ¡Error profundo, señores! La paz debe preceder a la guerra, y así se consigue que no llegue nunca su turno a la guerra, y que sea la paz perpetua. El procedimiento, para ser adecuado al principio, tiene que ser opuesto a las antiguas preocupaciones militares. Al tradicional Si vis pacem, para bellum, se opone este axioma, también tradicional, de indudable evidencia: Cuando uno no quiere, dos no riñen. Pero, ¿cómo se evita que riñan los enemigos con nosotros? De un modo muy sencillo, pasándonos a su campo (Risas). ¿Y os parece que eso resulta una traición? Todo lo contrario. En la nueva táctica, los católicos se deben pasar al campamento enemigo con armas y bagajes, pero para rendirle cuando llegue la ocasión, andando el tiempo. Pero ¿cómo? Se acepta la bandera y la organización del Ejército enemigo; aún más, se forma en sus filas. ¿Que eso es una traición a la bandera que se abandona? No, no; se acepta la bandera y la organización, pero con toda suerte de reservas mentales y morales y además con segunda intención (Risas). El objetivo es siempre el triunfo de la tesis católica; los puntos de etapa que hay que recorrer son los siguientes: primero, introducción en el campamento y reconocimiento del enemigo; segundo, incorporación en las filas del cuerpo de ejército de procedimientos más suaves, del más cauteloso y menos terrorista, formando en su ala derecha; tercero, hacer valer el esfuerzo para reclamar puestos en la jerarquía, hasta subir poco a poco a los grados más altos y llegar a tomar parte en la dirección. Y ¿cómo se consigue? Se espera, porque las grandes empresas requieren la madurez del tiempo. Y si el ejército enemigo, al ver despejado el campo de adversarios, y llevando a los vencidos entre sus huestes para vigilarlos mejor, se lanza contra los últimos baluartes para tomar posición definitiva de todo el territorio, ¿qué hace el ala derecha del cuerpo de ejército menos terrorista? Influir, trabajar para que no se verifique el avance; y si se verifica, procurar que sea de la manera menos violenta, y de todos modos caminar entre las huestes enemigas con heroica resignación y siempre con los ojos fijos en las estrellas del ideal, esperando que llegue el día pacífico y legal del desquite (Risas).
Y ¿cómo llega ese día lejano? Ascendiendo en la jerarquía, apoderándose de los altos cargos, hasta lograr la dirección por lo menos de la mitad del ejército… ¿Y entonces se da una batalla contra la otra mitad? No, eso sería peligroso, porque sería jugar en una aventura las conquistas obtenidas con tan porfiados y lentos esfuerzos. Lo que entonces se hace es ir reclutando elementos y fuerzas de la sociedad, nutriendo las filas con los recursos que ofrece la participación en el poder, es decir, que se suspende la conquista política de arriba y se empieza la conquista social de abajo, hasta estrechar las fronteras del ejército francamente revolucionario, reduciéndole a la impotencia. En ese momento supremo, no hay ya necesidad de ocultar con velos constitucionales el sol del ideal, la estrella de la tesis; entonces se descubre resueltamente, y, al resonar de las trompetas católicas, caen al suelo los muros de la ciudad anticristiana (Risas).
(Continuará)
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