Dinero y Sociología cristiana

Creer en el Crédito Social no es, por tanto, meramente abogar por un cambio técnico en un mecanismo, es demandar la reversión de un falso orden social

Primera parte de un artículo del teólogo-sociólogo inglés de línea anglo-católica Vigo Auguste Demant (1893-1983), publicado primeramente en el número de Septiembre de 1935 de la revista trimestral «Christendom», órgano del «Christendom Group» («de pensadores anglo-católicos, cuya preocupación –según anota el «Oxford Dictionary of National Biography»– era establecer la centralidad de lo que ellos denominaban “Sociología cristiana”, un análisis de la sociedad fundamentalmente radicado en una teología católica y encarnacional»), publicación de cuyo comité editorial formaba parte, desde su fundación en Marzo de 1931, el propio Demant, principal teórico del Grupo. Posteriormente el artículo también fue recogido en su obra recopilatoria «Christian Polity» (1936), páginas 235-240, de donde se ha tomado el texto.

Félix M.ª Martín Antoniano

DINERO Y SOCIOLOGÍA CRISTIANA

Una reciente conferencia de estudiantes tuvo cuidado de incluir entre sus resoluciones una que contenía un aviso a los cristianos en contra de mirar el pensamiento medieval para guía social y en contra de adoptar una particular teoría económica. Esa actitud representa un miedo que muchos han expresado hacia lo que ellos sospechan ser «cosas metidas entre ceja y ceja» [bees in the bonnets] de aquellos que editan y escriben para Christendom y de otros cuyo pensamiento religioso social ha sido influido por una perspectiva similar. Miembros del consejo editorial de esa revista, y un número de colaboradores, frecuentemente usan categorías escolásticas en su elucidación de los hechos y estándares sociales. Un menor número de éstos también muestran que para ellos una crítica cristiana de la civilización contemporánea incluye muy centralmente un juicio sobre el sistema financiero; y algunos de ellos también, incluyendo dos miembros del consejo editorial, son conocidos por apoyar el análisis y propuestas del “Crédito Social” asociado con el nombre del Mayor Douglas. Como uno de estos dos miembros, escribo para declarar lo que para mí está implicado tanto en el uso de las concepciones católicas tradicionales como en mi lealtad al “Crédito Social”.

Apenas debería ser necesario explicar otra vez que, cuando hablamos de un orden social cristiano, queremos decir, no un patrón fijo de vida política y económica, sino un orden de actividades humanas en que cada cual esté con los otros en posición de relativa importancia de acuerdo con una concepción definida de la naturaleza del hombre y su fin espiritual. Tal orden es susceptible de una variedad de configuraciones políticas y económicas; de hecho, a fin de encarnarlo la política de las sociedades puede que tenga que cambiar junto con los cambiantes factores históricos, geográficos, técnicos y educacionales en las condiciones e instrumentos de la vida social. El Catolicismo siempre ha sostenido la autonomía de los medios. Los resultados están determinados por causas en una relación que pertenece al orden de la naturaleza, y la efectividad de los medios que los hombres usan es una cuestión secular. Pero el Catolicismo no permite autonomía secular alguna para los fines de cada actividad particular. Éstos están para ministrar el fin de la vida humana, y es tarea siempre presente de la Iglesia determinar dónde cualquier actividad humana encaja como medio para ese fin, guiar la conducta humana acordemente, y también proclamar que las condiciones que se endurecen en un falso orden de actividades humanas y frustran así los efectos de bienes deberán ser corregidas. El secularismo moderno, que tiene sus raíces en los desarrollos religiosos y filosóficos que rompieron la frágil síntesis medieval, ha entrañado la autonomía de los fines tanto como la autonomía de los medios, y se ha justificado a sí mismo con la doctrina de que la persecución de cualquier actividad, sin ninguna concepción religiosa omni-abarcadora, encuentra su lugar en la buena vida del hombre por alguna general y natural providencia: «el progreso», «la evolución», o «la bondad natural del hombre». Los católicos creen en el «pecado original» (no en la malicia humana) y, en consecuencia, creen que, a menos que una actividad humana organizada se mantenga en su verdadera función por una filosofía política y económicamente encarnada, se volverá loca [run amok] y asumirá la dirección de la vida humana. Cuando esto ocurre, cuanto mejores sean sus agentes humanos y más eficientes sus prácticas, peor será para la sociedad. Mirar al pensamiento de la Edad Media es, por tanto, mirar a un patrón en que las actividades sociales eran concebidas como teniendo un cierto orden para un fin espiritual y, por tanto, verdaderamente humano. Es mera perversidad considerar como un deseo retornar a la estructura social medieval. Es aún mayor perversidad considerar como una creencia el que el hombre pueda construir el Reino de Dios sobre la tierra.

Para un católico la vida natural del hombre solamente se recupera de sus perversiones por la Redención, la reordenación por un poder de más allá de la naturaleza. Tal reordenación conlleva un juicio sobre todas las actividades humanas. Entre todas las actividades organizadas, aquella que la conciencia religiosa, desde las Leyes de Manu en adelante, ha detectado ser la más propensa a la irresponsabilidad antihumana, es la administración de dinero. El hombre tiene un fin espiritual, y medios políticos, económicos y técnicos. En cada una de estas actividades mediadoras el hombre logra poder, pero sólo a costa de observar los límites y responsabilidades impuestas por los hechos objetivos, físicos y sociales. El dinero es puro poder, excepto allí donde en sus formas menos puras está atado a una sustancia física. Una forma de gobierno, el trabajo manual o de cerebro, una máquina o una forma de energía natural, están todos limitados en los propósitos sociales para los que se les puede poner. Su misma naturaleza impone la responsabilidad. Pero el dinero es un símbolo, una idea, un instrumento que no cambia ni se agota. El poseedor de dinero esgrime un instrumento de propósito más ilimitado que el poseedor de cualquier cosa o el titular de cualquier poder político. Deberíamos esperar, por tanto, que una civilización secularizada estuviese dominada por el poder del dinero, pues secularismo significa esencialmente la erección de los medios en fines. De ser un instrumento el dinero se convierte en un poder político, determina los propósitos de los hombres, y, puesto que éstos no son verdaderos propósitos humanos, pervierte el conjunto de la vida humana de tal modo que la responsabilidad moral se convierte en una burla.

El Crédito Social surgió de la detección por un hombre comprometido en un trabajo de ingeniería técnica y humana de que el dinero era administrado para un propósito que no era el verdadero propósito de un sistema dinerario. El Mayor Douglas encontró que tareas para las que existían todos los requisitos físicos y humanos, y de sobra, eran frustrados por límites de una naturaleza puramente dineraria. Otros habían llamado la atención antes sobre esta inversión de instrumentos y políticas, pero una combinación del genio del hombre y los hechos revelados en aquel entonces condujo a un examen más detenido de los principios sobre los que la finanza era administrada, y la específica contribución del Crédito Social fue la identificación del crédito público con aquello que era administrado por el Sistema Financiero como una deuda pública. Descubrir dónde la contabilidad industrial era falsa y cómo debería realizarse para reflejar los hechos físicos y sociales, fue un logro técnico. Pero el asunto técnico no era meramente una cuestión de mecanismo dinerario. El sistema financiero se revelaba como un poder político. Creer en el Crédito Social no es, por tanto, meramente abogar por un cambio técnico en un mecanismo, es demandar la reversión de un falso orden social. Para un católico hay un recto orden en esferas de vida social organizada en el que la vida política está a la cabeza, subordinada solamente a propósitos éticos y espirituales. (Apenas es necesario añadir el recordatorio de que la vida política no implica aquí necesariamente la forma moderna de estado, y ciertamente no se la ha de identificar con las disputas de partidos cuyos nombres son etiquetas desteñidas de lo que una vez fueron principios políticos). La actividad económica está subordinada a los propósitos políticos. Producción, comercio, trabajo son medios para el fin económico de uso y disfrute de las cosas físicas. El dinero es el dispositivo para relacionar satisfacciones con servicios tanto en comparación de valores como en un mecanismo de distribución.

La naturaleza humana no redimida tenderá, dondequiera tenga la oportunidad en cualquiera de esas esferas, a erigir su propia actividad en un fin y sacar todas aquellas que estén por encima de ella en la escala al servicio de su propia actividad específica. Cuando el Crédito Social, por tanto, propone un correctivo de este falso orden, en una de sus relaciones, los católicos tienen una responsabilidad prima facie de darle la bienvenida. Reconocerán una crítica de la finanza por un ingeniero, como una crítica en la línea del realismo católico, así como reconocerán una crítica de los propósitos puramente comerciales si son propuestos como el sentido de la vida, por un sociólogo y aún más por un teólogo. El Crédito Social no es ninguna panacea. Sitúa el dinero donde debería estar. Pero ocurre que el poder del dinero es el poder del más ficticio instrumento en el orden social, y representa, por tanto, el apogeo del secularismo. Distorsiona, por tanto, todas las relaciones de la vida social. En consecuencia, ningún problema de producción hoy es puramente económico; no hay cuestión política que no esté enturbiada por consideraciones comerciales; ninguna transacción comercial que no tenga un ojo en los prestamistas de dinero más que en los intercambiadores de mercancías; ninguna ética a la que no se la haga irreal por restricciones del «área de decisión moral» más allá de aquellas que hayan de ser aceptadas por todos como impuestas por la naturaleza. Restaurar al dinero su propósito verdaderamente instrumental es, por tanto, permitir que los problemas en las otras esferas se afronten indisimulados; no es de ninguna manera haberlos resuelto.

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