El engañoso remedio económico «heterodoxo» de Silvio Gesell

La difusión de los planteamientos de Gesell tomó un enorme impulso gracias a la especial atención que J. M. Keynes les prestó en su libro de referencia Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero

Silvio Gesell (1862-1930)

Una de las teorías económicas que alcanzó cierto relieve con ocasión de la depresión de los años treinta del pasado siglo fue la del comerciante germano-rioplatense Silvio Gesell, quien presentará la formulación más acabada de la misma en su principal obra Die natürliche Wirtschaftordnung durch Freiland und Freigeld (El orden económico natural a través de la Tierra Libre y el Dinero Libre), publicada por primera vez en 1916. La originalidad de sus recomendaciones prácticas que incluían la posibilidad de emisión popular de algún tipo de moneda no oficial, así como la consiguiente oposición legal que ello generó de parte de los respectivos Gobiernos centrales cuando se promovió su implementación en algunas localidades de la Europa germanoparlante, rodearon las ideas de Gesell de un halo de supuesta alternativa desafiante contra las usuales políticas de la Economía «ortodoxa» hegemónica auspiciadas por la Finanza Internacional.

La difusión de los planteamientos de Gesell tomó un enorme impulso gracias a la especial atención que J. M. Keynes les prestó en su libro de referencia Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, cuya primera edición salió a la venta en febrero de 1936. En concreto el economista británico consagra el epígrafe VI del Capítulo 23 «al raro e indebidamente olvidado profeta Silvio Gesell […], cuyo trabajo contiene destellos de profunda perspicacia y estuvo al borde de captar la esencia del asunto» (edición castellana Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 312). El tratamiento que Keynes da a Gesell y a su teoría es en general respetuoso, apenas matizado con algún que otro reparo accesorio; lo cual contrasta completamente con la condenación a los infiernos sin paliativos que reserva exclusivamente al Mayor Douglas, nada extraño, por lo demás, si se recuerda que los «novedosos» postulados macroeconómicos keynesianos tenían por finalidad implícita la neutralización del diagnóstico y terapéutica que el Crédito Social ofrecía frente a la distorsión financiera de la Economía que se ha venido provocando deliberadamente a lo largo de estos dos últimos siglos de era industrial (en el artículo «Crítica a unos comentarios de H. Belloc al Mayor Douglas (II)», recogíamos esta específica denuncia del ingeniero escocés).

Aprovechando la circunstancia de la novedad editorial, Clifford H. Douglas, apenas unas semanas más tarde, en un discurso de 7 de marzo de 1936, trazaba la siguiente descripción –concisa, pero nítida– de la teoría de Gesell: «este libro del Sr. Maynard Keynes al que me estoy refiriendo [i. e., la Teoría General], representa aparentemente una repentina conversión por parte del autor hacia las teorías monetarias de Silvio Gesell, el fundador de la idea del “dinero en desaparición”, esto es, dinero que pierde su valor mes a mes a menos que se gaste (como si el dinero no desapareciera ya lo suficientemente rápido). La idea es que si tú tienes un billete de 10 chelines hoy, has de poner un sello de un penique en él cada quincena para así poder mantener su valor de 10 chelines, y otro sello de un penique una quincena más después para que así se mantenga todavía con el valor de 10 chelines. La teoría de Gesell consistía en que el problema que había en el mundo era que la gente ahorraba dinero, de tal forma que lo que uno tenía que hacer era hacerles gastarlo más rápidamente. Hacer que el dinero vaya desapareciendo constituye la forma más gravosa de tributación continua jamás diseñada. La teoría que subyacía a esta idea de Gesell consistía en que lo que se necesitaba era estimular el comercio; que uno tenía que poner a la gente comprando cosas frenéticamente: una idea perfectamente sana siempre que uno considere que el objetivo de la vida consiste simplemente en comerciar. Cuando un billete de 10 chelines pasa a valer sólo 9 chelines y 11 peniques mañana, un hombre irá y comprará algo y así estimulará el comercio. De hecho, uno obtiene exactamente el mismo estado de cosas que existía en el tiempo de la asombrosa inflación alemana del marco. Cuando un camarero recibía un pago en millones de marcos, apenas esperaba a arrojar la servilleta antes de lanzarse a comprar algo, ya que el valor estaba desapareciendo tan rápidamente que, lo que comprara en un minuto, requeriría mil millones de marcos diez minutos después» («La aproximación a la realidad», Social Credit, 13/03/1936, p. 35; el subrayado es suyo).   

Keynes, por el contrario, no tenía ningún inconveniente en afirmar que «la idea base del dinero sellado es sólida. Es posible, ciertamente, que pudieran encontrarse medios de aplicarla en la práctica en corta escala» (op. cit., p. 316). Es importante subrayar, a este respecto, que el libro de Keynes salió a la luz al poco tiempo de haberse formado por primera vez un Gobierno de Crédito Social en la Provincia canadiense de Alberta, en agosto de 1935. La inexperiencia del nuevo Presidente le hizo incurrir durante el primer año y medio de su andadura gubernativa en varios errores de novato, siendo el más relevante la ingenua aceptación de un asesor financiero sugerido por las autoridades del recién instalado Banco (Central) de Canadá, quien llevó la política económica de la Provincia por los canales de la típica «ortodoxia» financiera.

Al analizar, en un discurso de noviembre de 1937, esta primera etapa del Gobierno de Crédito Social en Alberta, el Mayor Douglas daba cuenta de un dato curioso que merece la pena traer a colación: «Se le permitió [al Gobierno de Alberta] experimentar con todo tipo de mecanismos que no conducían, ni podían conducir, a ninguna vulneración efectiva sobre el monopolio del crédito poseído por los bancos. Por ejemplo, se aprobó un Proyecto de Ley, entre otros muchos, para establecer algo que resultaba indistinguible de un banco provincial; y otro en virtud del cual se imprimieron y se hicieron circular los llamados “Certificados de Prosperidad”, que venían a ser documentos muy similares a los billetes ordinarios de los dólares. Ambas Leyes constituían flagrantes vulneraciones de las prerrogativas pertenecientes al Dominio [= Gobierno central canadiense], pero no se tomó ninguna acción al respecto, tal como la de desautorización, puesto que era muy sencillo para cualquiera que entendiera estas materias el ver que ambas medidas eran inútiles en tanto que desafíos efectivos contra la finanza. En resumen, al menos dos Proyectos de Ley se convirtieron en Ley, los cuales constituían absolutas vulneraciones de las relaciones entre la Provincia y el Dominio, pero no se tomó ninguna acción al respecto, porque, bajo los consejos de un financiero «ortodoxo» nombrado para tal propósito, la dirección y administración de la Provincia de Alberta, al margen de esos dos experimentos, era indistinguible del de cualquier otro Gobierno precedente» («Vuestra guerra en Alberta», Social Credit, Suplemento de 10/12/1937, p. 1).

Esos «Certificados de Prosperidad», dinero nuevo emitido por un banco provincial de nueva creación, no eran sino una simple aplicación de las propuestas de Gesell. Dejando a un lado los razonados juicios reprobatorios de Douglas, hay que señalar que el solo hecho de que esta teoría económica no supusiera en esencia ningún problema, tanto en su revisión teorética en el volumen de Keynes (dentro del cual se reflejaba la postura normativa «ortodoxa» en materia económica, al servicio de la Finanza), como en su implementación práctica en el territorio de Alberta (bajo la supervisión de un asesor «ortodoxo»), ya debería constituir de por sí un indicador muy poderoso como para por lo menos producir una sensación de sospecha en el espectador contra la pretendida capacidad medicinal de dicha teoría en orden a la terrible y permanente cuestión social que infecta y afecta a nuestros tiempos.

El contraste entre la referida actitud del Gobierno central de Ottawa y la que exhibió posteriormente, cuando por fin el Gabinete provincial se decidió a intentar llevar adelante una política de Crédito Social a partir de la primavera de 1937, fue total y absoluta. Así lo retrataba Douglas en su antedicho discurso de 1937: «Powell y Byrne [dos asesores enviados por Douglas] fueron invitados a entrar a la arena [por el Gobierno provincial de Alberta]; y como resultado de su entrada, el Parlamento legislativo de Alberta fue convocado para una sesión especial, y se aprobaron tres Leyes definitivamente diseñadas para dar el control del sistema crediticio de la Provincia a los representantes del pueblo albertano. Esto sí ya era un asunto serio, y el Gobierno del Dominio, junto a los financieros detrás de ellos, reaccionó en seguida. A la semana de haberse aprobado estas Leyes, se originó una tormenta como nunca ha habido igual en la Historia política de Canadá, y el Primer Ministro, el Sr. Mackenzie King, “desautorizó” las Leyes» (ibid.).

En fin, como comentario final contra la pseudosolución de Gesell, nos remitimos a las últimas reflexiones generales con las que concluía su crítica el Mayor Douglas en su mencionado discurso de 1936: «Estos proyectos tributarios –no estoy hablando ahora acerca de ninguna teoría en particular, estoy hablando de concepciones de la vida–, todos estos proyectos se basan en la asunción de que uno tiene que estimular algo o lo otro. Son un intento de producir un efecto psicológico por medio del sistema monetario. En otras palabras, el sistema monetario es considerado no como una conveniencia para hacer algo que tú decides por ti mismo que quieres hacer, sino para hacerte hacer algo a causa del sistema monetario. No estoy entrando en la técnica del Crédito Social esta noche; simplemente quiero repetir que nuestra concepción del sistema monetario es la de que debería reflejar los hechos; y deberían ser esos hechos, y no el sistema monetario, los que determinaran nuestra acción. Cuando un sistema monetario dicta nuestras acciones, entonces uno se encuentra gobernado por el dinero, y se obtiene la forma más sutil, peligrosa e indeseable de gobierno que la mente perversa del hombre –si es que se trata de la mente del hombre– haya concebido jamás» (ibid.; el subrayado es suyo).

Félix M.ª Martín Antoniano               

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