Este verano, en cualquier terraza, la escena se repite: entre cañas y vasos de tinto de verano alguien pregunta: «¿Qué lees? ¿Has visto el último libro de fulano? ¿Qué opinas de mengano?». Y de pronto, la tertulia se convierte en una especie de concurso de nombres, un campeonato de postureo cultural. Lo que manda no es la verdad, sino el escaparate de novedades. Lo que cuenta no es el pensamiento sólido, sino el ruido editorial.
Ahí aparecen, como cromos que se intercambian, los autores de moda. Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, un diagnóstico sin remedio). Slavoj Žižek (Bienvenidos al desierto de lo real, marxismo reciclado con chistes de cine). Michel Foucault (Vigilar y castigar, relativismo, sospecha contra toda autoridad). Judith Butler (El género en disputa, la negación del sexo convertida en dogma). Jacques Derrida (De la gramatología, el arte de vaciar el sentido hasta el absurdo). Gilles Deleuze (Mil mesetas, la apología de la disolución identitaria). Pierre Bourdieu (La distinción, la cultura reducida a pura lucha de poder). Richard Dawkins (El gen egoísta, cientificismo arrogante disfrazado de divulgación).
Y los más «avezados», recurriendo a la moda editorial, han encontrado nuevos profetas. Yuval Noah Harari (Sapiens, que reduce la historia humana a biología y estadísticas, preludio de su fe transhumanista). Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI, que pretende redimir el mundo con tablas de Excel y recetas igualitaristas). Donna Haraway (Seguir con el problema, feminismo cyborg que sueña con mezclar humanos, máquinas y animales). Achille Mbembe (Necropolítica, que convierte toda la política en administración de la muerte). Giorgio Agamben (Homo sacer, obsesionado con ver «estado de excepción» en cada esquina). Rosi Braidotti (Lo posthumano, donde la utopía es disolver la persona en un enjambre digital).
Y en España no falta la versión local del fenómeno. Fernando Savater (Ética para Amador, moral sin Dios ni trascendencia). José Antonio Marina (El vuelo de la inteligencia, pedagogía del consenso hueco). Victoria Camps (Virtudes públicas, relativismo moral con sello institucional). Amelia Valcárcel (Sexo y filosofía, feminismo radical de Estado). Javier Gomá (Ejemplaridad pública, civismo laico en lugar de virtud cristiana). Todos ellos venden humo con tapas brillantes: lo efímero elevado a categoría, lo decadente disfrazado de modernidad. El listado sería más extenso que este artículo, pero aún nos quedan los más pronunciados y que parecen elevar a sus lectores (o citadores) a un nivel académico superior: Daniel Innerarity (La política en tiempos de indignación, manual de buen gobernante para burócratas posmodernos). César Rendueles (Sociofobia, crítica al mundo digital pero sin raíces trascendentes). Adela Cortina (Aporofobia, ética aplicada a golpe de titular solidario). José Luis Pardo (La regla del juego, un deconstructivismo doméstico made in Spain). Y la más mediática, María Elvira Roca Barea (Imperiofobia y leyenda negra, que denuncia mitos históricos pero sigue aceptando el marco liberal que los engendra).
¿Y todavía alguien se atreve a llamar a esto «vanguardia»? Seamos serios: la verdadera vanguardia no se mide por la cantidad de reseñas en Babelia ni por cuántas conferencias pagadas dicta uno en universidades extranjeras. Esa no es la vanguardia: es la retaguardia del atraso. Son los peones útiles del sistema, entreteniendo al público con debates estériles mientras lo esencial queda silenciado.
Porque lo auténticamente nuevo —lo verdaderamente incómodo— no está en ellos, sino en quienes proclaman lo eterno. En San Agustín (La Ciudad de Dios), que ridiculiza los ídolos del poder y del placer. En Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica), que ofrece claridad donde la jerga posmoderna sólo fabrica humo. En Donoso Cortés (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo), que advirtió que el liberalismo era la antesala de la anarquía. En Menéndez Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles), que defendió la continuidad católica frente al racionalismo importado. En Vázquez de Mella (Obras completas), que explicó como nadie la voracidad revolucionaria. Y en Elías de Tejada (Las Españas), que reivindicó la Tradición hispánica como la única alternativa al desarraigo moderno.
Pónganlos a competir en un cara a cara. Žižek balbuceando sobre la Trinidad frente a San Agustín. Butler perorando sobre la mujer frente a Santo Tomás. Savater pontificando sobre ética frente a Elías de Tejada. El resultado sería tragicómico: sofismas y ocurrencias televisivas contra la solidez de siglos de pensamiento.
Ahí está la verdadera diferencia: entre la espuma de un refresco barato y el vino añejo de solera. Entre la charlatanería posmoderna y la sabiduría perenne. Entre la moda editorial y la auténtica vanguardia del espíritu.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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