El Rey de España D. Jaime y la Dictadura de Primo de Rivera

«Mi silencio desde el mes de abril de 1925, no significa aprobación a la política que la dictadura del General Primo de Rivera ha desarrollado desde entonces en España»

El Rey Jaime I de Castilla despacha en el exilio, en París, en enero de 1923, con Miguel Junyent (Jefe de Cataluña), Ignacio Baleztena (Jefe de Navarra), Luis Argemí (Vicepresidente de la Junta de Cataluña), el Vizconde de Canson, y Francisco Carlos Melgar (Secretario del Monarca). (Foto tomada de "Mundo Gráfico", nº 587, 31 de enero de 1923).

Ahora que en estos días se cumplen los 102 años del Golpe de Estado que el General Miguel Primo de Rivera dio en la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923, pensamos no estará de más conocer someramente la posición de rechazo que el Rey D. Jaime, y por ende las familias carlistas (quienes por aquel entonces, evidentemente, respondían al nombre de jaimistas), adoptaron ante la Dictadura a lo largo de sus seis años y pico de existencia.

Aunque bastaría el hecho de conocer que un determinado juicio en política contrarrevolucionaria ha sido emitido desde las instancias del legitimismo español como para que cualquier persona le otorgara ya una más que sería estimación, no por ello dejaremos de traer previamente a colación, a fin de reforzar (si cabe) la imparcialidad de la postura crítica jaimista contra dicha Dictadura, valoraciones vertidas por preeminentes figuras intelectuales de los dos grupos tradicionalistas entonces existentes, esto es, los mellistas y los integristas, los cuales se adhirieron en su conjunto con alborozo e ilusión a la nueva situación política prestándole su abnegada colaboración ya fuese dentro o fuera de las filas del Partido Único Unión Patriótica.

Tocante a los integristas –más sensibles a esta clase de puestas en escena– consumaron su reconocimiento de la antidinastía liberal con ocasión del encuentro del segundo Alfonso con el Papa Pío XI el 19 de noviembre de 1923, y permanecieron adeptos al nuevo sistema secundando el enésimo llamamiento del Episcopado español al acatamiento del Poder constituido. Posiblemente este asentimiento se iría enfriando a medida que, bajo la tolerancia de la Dictadura, se iban verificando hechos funestos que más tarde recopilaría y denunciaría el Sacerdote integrista Juan Tusquets en su obra Orígenes de la Revolución española (21932), pliego de acusaciones en el que reserva dos capítulos a los años primorriveristas. En el primero, titulado «La Masonería durante la Dictadura», aduce con pruebas la revigorización de las logias durante la misma, así como el surgimiento y expansión de otras asociaciones afines: «Cobijadas por la Masonería –apunta Tusquets– se dilataron dos instituciones íntimamente relacionadas con ella: el Rotary y el Teosofismo». Esto con respecto al plano espiritual-religioso, pues la esfera sociopolítica la aborda el Sacerdote catalán en el segundo capítulo bajo el encabezamiento «El Socialismo y la Dictadura». Aquí también con datos en mano, devela la hegemonía concedida por el Dictador al sindicato U.G.T. en los ámbitos de índole socioeconómico-laboral del Estado nuevo. De hecho, el propio Primo de Rivera se vanagloriaba de ello en el primero de una serie de tres artículos que escribió para la Agencia United Press y que aparecieron en marzo de 1929 en la Prensa: «Hoy existen –decía– dos grandes núcleos organizados de gran peso e influencia en la formación de la sociedad española: la Unión Patriótica y la Unión General de Trabajadores, conocida generalmente por el nombre de Partido Socialista». Todavía se hacía eco del estudio de Tusquets en los años sesenta el director del bisemanario integrista Cruzado Español, José-Oriol Cuffí Canadell, en un artículo que rotuló de modo elocuente «Cómo se implantó la República en España» (nº 93, 1ª quincena Febrero 1962), probablemente a fin de lanzar un aviso de alerta más ante el panorama muy similar de que estaba siendo testigo doliente en sus días.

En cuanto a los mellistas, puesto que Vázquez de Mella por razones de salud ya estaba prácticamente retirado de la vida pública al advenimiento de la Dictadura, se ciñó a expresar, en declaraciones esporádicas a la Prensa, sus reservas y cautelas frente al nuevo orden. Pero el otro gran líder del mellismo, Víctor Pradera, estuvo todo el tiempo plenamente activo al servicio del sistema desde que el Dictador le encargara, apenas un mes después de tomar el Poder, la confección de cuatro Memorias que sirviesen de guía para una futura labor de organización del Estado político naciente. El desencanto y la decepción que le mereció el balance final de lo realizado durante la Dictadura, quedaría claramente resumido por el propio Pradera en el título del libro que destinó a tratar este asunto: Al servicio de la Patria. Las ocasiones perdidas por la Dictadura (1930).

Así pues, todos estos testimonios extracarlistas podrían servir –si necesario fuera– de respaldo moral a la acción confrontadora a que D. Jaime y sus leales se vieron obligados. Señala, no obstante, Melchor Ferrer, en su Breve historia del legitimismo español (1958), que en un principio «el Golpe de Estado de Primo de Rivera fue conocido y secundado por los jaimistas. Si Alfonso XIII [sic] hubiese seguido el consejo del [Presidente del Gobierno Manuel] García Prieto y no se constituye el Directorio Militar en Madrid, que desvió los acontecimientos, quizá Primo de Rivera hubiera saltado por encima de sus convicciones profundamente liberales y Don Jaime hubiera entrado en España. No olvidemos que entonces el General [José] Sanjurjo, [Gobernador Militar de Zaragoza], y el [General de Brigada Miguel] Arlegui, eran adictos a Don Jaime». El Rey legítimo mandó a su vez hacer pública una Carta-Manifiesto dirigida a su Jefe Delegado, el Marqués de Villores, fechada el 23 de septiembre de 1923, en la que, al tiempo que daba la bienvenida al Golpe militar, tomaba igualmente una actitud de prudente expectativa. Bien pronto el Dictador se encargaría de frustrar cualquier atisbo de esperanza antirrevolucionaria o restauradora al ponerse al servicio de la ilegitimidad alfonsina; por eso, no es de extrañar su nefasta deriva política subsiguiente, pues, si no se empieza por rectificar el punto de partida anticatólico esencial al liberalismo o constitucionalismo –radicado en una autoconferida potencial violación de todo derecho natural y positivo consagrado por la siempre actual y vigente legalidad del Antiguo Régimen de Cristiandad, originando así la base constituyente de las usurpaciones modernas–, es natural que, cualquier advenedizo del Poder que se ajuste a esa bastarda premisa primordial (por muy «católico» que se autoproclame), despliegue objetivamente políticas que prosigan por la misma senda revolucionaria, junto con la consiguiente hostilidad hacia los legitimistas. Suficiente tiempo había transcurrido ya como para que se viera claro que el «Marqués» de Estella no quería sino hacer honor a este falso «título» que su tío se había ganado sumergiéndolo en sangre carlista, cuando D. Jaime se decidió a difundir un segundo Manifiesto, fechado el 6 de marzo de 1925, ahora sí abiertamente contrario a la ilegítima potestad establecida. Por último, cuenta Ferrer (op. cit.) que «en 1927 Don Jaime [,,,], después de una entrevista celebrada [en París], en casa del [Blanco de España] Vizconde de Canson, con el regionalista [Francisco] Cambó, dio un Manifiesto en que denunciaba a la opinión española la realidad política que España vivía y anunciaba lo que se podía esperar del fin de la Dictadura. La reacción del Gobierno de Primo de Rivera fue violenta, con encarcelamientos y cierre de los Centros jaimistas». En el Tomo 29 (1960) de su Historia añade Ferrer que, nada más imprimirse y empezar a repartirse el Manifiesto, la Policía intervino inmediatamente, y, entre otras medidas, destruyó el depósito sito en Cataluña en el que se almacenaban los impresos listos para su reparto, por lo que no pudo divulgarse por el resto de la Península. Nos parece que este último documento del Rey de España D. Jaime es menos conocido entre el público en general, por lo que creemos que podría ser de interés reproducirlo en Anexo a este artículo.

Félix M.ª Martín Antoniano

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Anexo

El gran historiador realista Melchor Ferrer, en una nota a pie de página del Tomo 29 de su magna obra, refiere lo siguiente: «Por más que hemos buscado no hemos podido encontrar ningún ejemplar de impreso de este Manifiesto, lo que se explica por la destrucción de papeles durante el terror rojo en Barcelona. El original que trajo de Francia don Miguel Junyent le ocurrió igual suerte. El ejemplar e impreso que poseí en mi colección desapareció cuando fui detenido por la Policía roja en Jaén, e incautados libros y papeles. El sumario con que encabezaba este Manifiesto desapareció, como otros muchos durante el dominio rojo».

 

Por nuestra parte, desconocemos si ha habido alguna obra o publicación en que se haya recogido el texto de este Manifiesto desde que Ferrer estampara esas palabras en 1960. Nosotros pasamos a copiar a continuación el texto del documento tal como aparece en la página 16 del periódico oficial del apostadero de La Habana, Diario de la Marina (La Habana), en su número 2 correspondiente al 30 de enero de 1928, el cual se encuentra accesible digitalmente a través del portal de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. El Manifiesto está precedido por una pequeña nota de presentación redactada por el diario y que reza de este modo: «Texto íntegro del comentadísimo documento que tanta agitación produjo en el ambiente político de España. Este trabajo trascendental llegado a nuestras manos merced al esfuerzo de los representantes del Diario en Francia, donde se imprimió el panfleto, dice así».

Un Manifiesto de Don Jaime de Borbón

AL PUEBLO ESPAÑOL

Mi silencio desde el mes de abril de 1925, no significa aprobación a la política que la dictadura del General Primo de Rivera ha desarrollado desde entonces en España, ni indiferencia ante los hechos que en España han seguido produciéndose y la grave situación que tales hechos va creando. Precisamente, desde el advenimiento de la Dictadura, vengo prestando a la situación de España una extrema atención. Sentí satisfacción vivísima ante las victorias alcanzadas en Marruecos por el glorioso ejército español, sólo amargada por la imposibilidad de compartir las penalidades y los peligros de los militares que allí luchaban defendiendo el honor y el prestigio de España.

LA HACIENDA ESPAÑOLA

He visto en cambio con pena, que la situación de la Hacienda española sigue igual o peor que en los tiempos en que España tenía que hacer en Marruecos el máximo esfuerzo militar, y me causa vivísima preocupación ver cómo España, que no participó en la guerra europea, sea hoy la única nación de Europa que liquida sus presupuestos con déficits pavorosos, y aumenta mi preocupación ver la indiferencia con que el pueblo español asiste a la política financiera de su gobierno, que forma vergonzoso contraste con la de los gobernantes de los países que la guerra arruinó, y que aun así han considerado que a la normalización de su Hacienda y a la nivelación de su presupuesto debían consagrar un esfuerzo tan enérgico como el que aplicaron para conseguir la victoria.

Desgraciadamente, el Gobierno no sólo no emprende el sano camino que el ejemplo de los demás países le señala, sino que los avales del Estado que con alarmante frecuencia e imprudencia notoria va otorgando el Gobierno, preparan para el porvenir una situación dificilísima, que tendrán que afrontar los gobiernos que recojan la herencia de la dictadura, pues será entonces cuando tendrán que hacerse efectivos los compromisos que hoy se contraen.

DISCORDIA ENTRE LAS REGIONES ÍBERAS

Pero el mayor motivo de mi preocupación, es ver cómo bajo el Régimen de la Dictadura se aumentan y agudizan las discordias entre las regiones ibéricas, que el forzado silencio que impone el régimen dictatorial no oculta a los que seguimos con interés las palpitaciones del pueblo español.

La política que en relación con Cataluña inició el Directorio en los primeros días de su existencia, ha persistido y ha venido agravándose desde el mes de abril de 1925, en que hube ya de condenarla en mi manifiesto dirigido al pueblo español.

Comprendo el efecto que en el espíritu catalán, tan noblemente aferrado a sus gloriosas tradiciones, ha de producir ver prohibida la santa enseña de la Bandera Catalana, que tantas veces presidió el esfuerzo catalán, derramando su sangre por España y para España. Es inadmisible que sea perseguida la lengua catalana, tan española como la castellana, y que tantas aportaciones valiosísimas ha hecho y viene haciendo días tras día al patrimonio cultural de la patria española.

Merece mi más íntima reprobación la ininterrumpida serie de coacciones de la dictadura sobre los prelados de Cataluña, estimulándoles a que falten a su misión sacratísima, para servir una política de gobierno que estimo equivocada y antipatriota.

Por las informaciones que recibo de mis leales de todas las regiones, he podido apreciar cómo la política del Directorio procuraba levantar odios y prevenciones contra Cataluña, las que por su injusticia tienen que producir en el ánimo de los catalanes terribles consecuencias e incalculables daños.

La Comunión Tradicionalista ocupará siempre el primer puesto en la defensa de la integridad de España; pero al hablar de España hablo de la España [de] verdad, tal como la formó Dios y la han consagrado la naturaleza y la historia.

En España es esencial la variedad; en la variedad está su fuerza, y por la variedad se ha salvado España en las crisis más terribles que ha sufrido.

LO QUE SIGNIFICA LA PALABRA FUEROS

El centralismo unitario es importación extranjera que pugna con la Historia de España y es incompatible con la realidad de sus componentes. Siempre la Comunión Tradicionalista ha levantado la Bandera del regionalismo, la palabra “fueros”, que significa respeto a las personalidades y a las tradiciones regionales.

He callado mucho tiempo, en la esperanza de que la Dictadura enmendaría sus yerros y me daría ocasión de aplaudirla en su política interior, como la aplaudo sin reservas por su política ante el problema de Marruecos. Mas al ver que su política interior es contraria a la tradición española, y que sirve únicamente para fomentar odios que un día no lejano pueden poner a España en peligro, me es imposible persistir en mi silencio, y he de formular ante la política que sigue el actual Gobierno en Cataluña, la protesta más enérgica en nombre de la Comunión Tradicionalista. He de advertir al Gobierno que la Comunión Tradicionalista no podría consentir, de continuar y aumentarse esta política, que un gobierno que por su propia naturaleza es transitorio ponga en peligro los intereses permanentes de la patria española.

Y la patria española exige que no se fomenten rivalidades intestinas, ni se ofendan sentimientos nobilísimos, a los cuales ningún pueblo digno puede renunciar. Debe procurarse que los españoles de todas las regiones y de todos los partidos, puedan prestar sin reservas ni resquemores, su colaboración a la gran obra de elevar España al rango que su historia y su tradición le señala.

JAIME

París, 5 de Diciembre de 1927.

Imprimiere Toulosaine.– Toulouse

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