Perdone, pero usted no es católico

«El que niega un solo artículo de fe, aunque acepte los demás, no tiene la virtud de la fe, porque no cree por la autoridad de Dios, sino por su propio juicio»

En estos tiempos turbios, quizá haya que aclarar algunas situaciones que no se han dado en ningún otro momento de la Historia. Máxime si es sobre lo que es ser católico. Porque es necesario distinguirlos (o distinguirnos) correctamente. En nuestros días se da un fenómeno trágico y curioso a la vez: los miembros de las diferentes creencias saben que pertenecen a ellas; un mormón sabe que es mormón, un anglicano sabe que es anglicano y un budista sabe que lo es. Pero por arte del Concilio Vaticano II, los no católicos de hoy no piensan que no sean católicos, y juzgan a los que sí son católicos como sectarios y excluidos.

«Si crees lo que te gusta del Evangelio y rechazas lo que no te gusta, no crees en el Evangelio, sino en ti mismo» (San Agustín, Contra Faustum, XVII, 3).

Insisto: vivimos tiempos de confusión doctrinal. Se multiplican quienes, aun asistiendo a Misa o identificándose como católicos, rechazan abiertamente alguna enseñanza de la Iglesia: un dogma, una verdad moral, una condena clara del Magisterio. Algunos lo hacen por ignorancia, otros por presión del entorno o por la comodidad de evitar complicaciones. No pocos alegan «seguir a Jesús» mientras desprecian parte de lo que Él mismo enseñó. Pero hay algo que debe decirse con toda claridad: la fe no se acepta por partes. O se cree todo, o no se cree nada.

La fe católica no es una idea bonita, una herencia familiar ni una espiritualidad genérica. Es una virtud sobrenatural, infundida por Dios, que nos lleva a adherirnos con firmeza a todas las verdades que Él ha revelado y que la Iglesia nos propone como tales. ¿Por qué las creemos? No porque nos parezcan lógicas o emotivas, sino porque Dios no puede engañarse ni engañarnos.

Esto fue definido solemnemente por el Concilio Vaticano I: «Por la fe divina y católica debemos creer todo lo que está contenido en la palabra de Dios escrita o transmitida y que la Iglesia propone como divinamente revelado» (Dei Filius, cap. 3, Denz. 1792).

Santo Tomás de Aquino lo explicó con lógica impecable: «El que niega un solo artículo de fe, aunque acepte los demás, no tiene la virtud de la fe, porque no cree por la autoridad de Dios, sino por su propio juicio» (Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3).

Esto significa que no se puede ser católico «a la carta»; eso no existe. Quien acepta el dogma de la Trinidad, pero niega que el aborto sea un pecado gravísimo (o lo justifica, aunque sea en casos que el juzga extremos), no tiene fe. Quien reza el Rosario pero aprueba el «matrimonio» o las relaciones homosexuales, tampoco (asistir a esos circos es aprobarlo y defenderlo, y por lo tanto, no se es católico). Y quien predica el amor de Cristo pero se burla del infierno —o lo pone en duda— o de la virginidad de María, está fuera de la fe.

Como dijo el Papa León XIII: «El que se aparta en un punto solo de la doctrina divina, abandona por completo la fe» (Satis Cognitum, 1896). Para el Papa no había grados: «abandona por completo la fe»; ya puede asistir a diario a Misa, rezar el salterio o gastar las disciplinas en su espaldar, que continuará siendo no católico.

Hoy se repite mucho: «no juzguemos», «cada uno con su conciencia», «hay que respetar todas las opciones». Esta tolerancia indiscriminada no es caridad, sino complicidad con el error. Como advirtió San Gregorio Magno: «El que por respeto humano no dice la verdad, cuando debería hacerlo, se convierte en cómplice del error».

Y añade San Agustín: «Peor que el pecado es justificarlo. Porque quien peca y se arrepiente, puede alcanzar misericordia. Pero quien lo aprueba, se encierra en la condena». No se puede ser católico y, al mismo tiempo, considerar que el adulterio, la fornicación, la sodomía o la blasfemia son «formas de amor». Y vuelvo a insistir: con sólo que lo crea, justifique, lo vea bien o lo tolere, lo anime, asista, colabore, acompañe, recomiende o le dé espacio en su vida social, no es católico. Y que nadie que se refugie en que su párroco, o el obispo del lugar lo justifica, o le recomiende el acompañamiento pastoral, sin recriminar y repudiar tales actitudes y con la exigencia firme y sin componendas de corregir y condenar esas situaciones, porque entonces, ese párroco o ese obispo no profesan la fe católica, aunque tengan un templo a su cargo o una diócesis. Sí, has leído bien, querido lector: condenar; no a las personas, eso sólo Dios, pero los actos, por supuesto que hay que enjuiciarlos. Lo dice con fuerza San Pablo: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas…» (1 Cor 6, 9-10). No se puede uno escudar en la cortedad intelectual para no ver incluidos a los cooperadores, justificadores, tolerantes y a los que así piensan.

Negar que estas cosas sean pecado es negar el Evangelio mismo, y por lo tanto no tener fe, ergo: no se es católico (hasta rubor da el tener que recordar estas perogrulladas).

San Jerónimo ya decía que «toda herejía tiene algo de verdad, pero no por eso deja de ser veneno». En efecto, incluso el peor error puede ir disfrazado de compasión, de humanidad, de libertad interior. Pero lo que define a la fe católica no es que sea atractiva, sino que sea la verdad revelada por Dios. Y esa verdad no cambia, no se negocia, no se adapta a modas.

¿Es grave rechazar un solo dogma? Gravísimo. Porque quien pierde la fe, pierde el camino a la salvación. Lo recuerda Santo Tomás: «La infidelidad es el más grave de los pecados, porque aparta al hombre del primer principio espiritual» (Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3).

Y el P. Royo Marín, en su Teología Moral para Seglares, es todavía más claro: «La pérdida de la fe destruye la vida sobrenatural. Es peor que un pecado de impureza, porque este mancha el cuerpo, pero la herejía destruye la unión con Dios».

Decía San Ireneo: «Donde no hay verdad íntegra, no hay Iglesia verdadera». Y hoy necesitamos recordar que no hay fe sin obediencia, no hay Iglesia sin doctrina, no hay salvación sin verdad. Cristo no nos llamó a creer lo que nos acomoda, sino a creer lo que Él enseñó. Y lo que enseñó —todo ello— sigue siendo verdad hoy. Aunque el mundo lo rechace, aunque los poderosos se burlen, aunque algunos pastores callen. Como dijo Jesús: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mt 12, 30).

Y tú: ¿estás con Él? ¿O contigo mismo?

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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