Eutanasia y homenajes

EuropaPress

Las consecuencias del fin de año son cada vez más difíciles de soportar. Las conversaciones vacías, los intereses fingidos, las risas huecas… Este año resultó escandaloso un homenaje a los fallecidos por la pandemia, especialmente a los ancianos fallecidos.

Una sociedad que percibe cómo no hace ni un mes los partidos aprobaron la eutanasia legal ahora se emociona infantilmente con escenas de esos a los que ha dejado morir. Muchos de los que lloran como plañideras prefirieron pagar una lujosa residencia a cargar con su padre en la ducha. O los despidieron sin haber puesto el grito en el cielo porque ningún sacerdote pudo acompañarlos para aliviar su carga espiritual. Ahora, cuando se aprueba la eutanasia seguro que muchos no tendrán ningún reparo en hacer caja. Viendo que la residencia sale más cara siempre podremos decir que el abuelo ya está muy enfermo y no precisa otra cosa que encontrarse con la parca.

Sin duda, la hipocresía no es un problema más de nuestra sociedad. La matriz puritana del liberalismo ha calado en la comunidad, convirtiéndola en una jungla de salvajes que se degüellan entre ellos para encontrar la felicidad que nace de la autodeterminación. Una masa que ni se avergüenza de sus aberraciones, pero que cuando estas le golpean no duda en sacar la careta social para hacer lecturas, en muchas ocasiones cursis y otras ocasiones falsas, que camuflen su podredumbre espiritual.

Lejos de mí condenar la buena intención de muchos que hayan querido rendir un homenaje a los más golpeados por la plaga coronavírica. Pero es conveniente denunciar las falsedades de un sistema que, con sus sonrisas y lágrimas, no hace más que perfumar un cadáver putrefacto que él mismo ha asesinado.

El falso sistema de libertad que padecemos hace que desde el mismo sea imposible lograr la cura real de la sociedad, el retorno a los principios de la ley natural. El liberalismo ha condenado a los hombres a convertirse en hongos independientes, encerrados en torres aisladas que nos proveen de una serie de placeres bajos, a lo que llamamos autodeterminación. Cuando una de esas torres cae por su inconsistencia, o porque estorba a las demás, todos se asoman, lloran delante de todos y vuelven a sus encierros respectivos. No nos engañemos, nuestro combate es contra el mal en su raíz, no sólo en sus frutos.

Rodrigo Loizaga, Círculo Hispalense