Pocos días han transcurrido desde los últimos atentados terroristas que conmovieron a Colombia. Explosivos lanzados desde tierra derribaron un helicóptero de la Policía Nacional que se precipitó sobre las montañas de Antioquia, donde perecieron trece agentes. Y en Cali seis civiles murieron a causa de un camión bomba que estalló frente a la base aérea de la ciudad.
Y entonces, ¿qué paz es esta?
Una paz en la que los colombianos no conocen instante de tranquilidad.
Una paz en la que los vecinos no pueden caminar con seguridad por las calles y plazas de nuestros pueblos, y mucho menos por sus fincas y cultivos.
Una paz que ha maniatado a nuestras fuerzas militares, antaño alabadas por su tenacidad.
Una paz en la que sobran premios extranjeros, financiaciones externas y fundaciones y colectivos sospechosos.
Una paz en la que los subversivos, los criminales, los inhumanos, se pasean a sus anchas no sólo por los campos de Colombia, sino también dentro de sus más grandes ciudades.
Una paz en la que los enemigos del país buscan la victoria por medio del terror y del acorralamiento.
Una paz en la que legisla el asesino y el violador, mientras que la viuda y la mujer ultrajada lloran en angustioso silencio.
Una paz, en fin, que nos recuerda a la guerra.
Tal vez porque la guerra no se ha ido, y sólo se la disfrazó con uno de los peores fraudes que ha conocido nuestro país en toda su vida democrática.
Tal vez porque precisamente quienes hicieron la guerra fueron los que nos impusieron su paz.
Tal vez porque todo esto es una sucia mentira.
Una sucia mentira que clama al Cielo por su justo castigo.
Juan Francisco V.
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