El pasado mes de julio, España celebró un dato histórico: por primera vez, el número de ocupados superó los 22 millones de personas. Según la Encuesta de Población Activa (EPA) del segundo trimestre de 2025, se alcanzaron 22,27 millones de trabajadores, la tasa de paro cayó al 10,29 %, y el desempleo descendió hasta los 2,55 millones, mínimos no vistos desde 2008.
A primera vista, los titulares parecen anunciar una recuperación sólida y sostenida del mercado laboral español. Sin embargo, un análisis más detenido revela que detrás de estas cifras se esconde un fenómeno que distorsiona la realidad: la proliferación de los contratos fijos discontinuos.
- La foto oficial muestra luces evidentes:
- El paro se reduce.
- Se crean más de 500.000 empleos en un trimestre y casi 600.000 en un año.
- La hostelería, la construcción y la industria tiran del empleo en los meses de primavera y verano.
No obstante, la calidad y la continuidad de esos empleos es la clave que marca la diferencia.
Con la reforma laboral de 2021, se impulsó la sustitución de contratos temporales por indefinidos discontinuos, sobre todo en sectores estacionales como turismo, hostelería, logística o campañas agrícolas.
En teoría, el trabajador gana estabilidad al contar con un contrato indefinido. Pero, en la práctica, la realidad es otra:
- Mientras trabaja unas semanas o meses, figura como ocupado en la EPA.
- Cuando no es llamado, no siempre aparece como parado; muchas veces queda fuera de la estadística.
El resultado: las cifras de ocupación crecen, pero miles de personas pasan meses sin salario, sin que eso quede reflejado como desempleo.
Un camarero contratado como fijo discontinuo para la temporada de verano es un ejemplo claro: en junio y julio aparece como ocupado, pero en octubre, cuando no es llamado, tampoco cuenta como parado.
Distorsiones de la estadística.
- Temporalidad maquillada: contratos que antes eran temporales ahora aparecen como indefinidos.
- Paro oculto: se calcula que entre 400.000 y 600.000 trabajadores están en esta situación, invisibles en los datos de desempleo.
- Precariedad estructural: lejos de la estabilidad, lo que existe es incertidumbre sobre ingresos y continuidad.
- Política del titular: se difunden récords de ocupación mientras se oculta la debilidad real del mercado de trabajo.
La consecuencia más directa es el deterioro del poder adquisitivo. Un fijo discontinuo puede trabajar cinco meses al año y pasar siete sin ingresos. Sus cotizaciones a la Seguridad Social se fragmentan, lo que dificulta jubilaciones futuras.
La precariedad golpea especialmente en regiones turísticas y agrícolas: Andalucía, Comunidad Valenciana, Baleares y Canarias concentran el mayor número de estos contratos.
Todo ello se combina con una inflación que, aunque moderada (2,3 % en junio y 2,7 % en julio), sigue reduciendo el valor real de los salarios.
El mejor termómetro de esta situación es la vivienda.
Con los actuales niveles de salarios —donde gran parte de los nuevos empleos son estacionales o parciales— el acceso a una casa en propiedad se vuelve casi imposible para miles de jóvenes y trabajadores de sectores precarizados.
Según distintos informes inmobiliarios, el esfuerzo medio para pagar un alquiler en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia ya supera el 40 % de los ingresos mensuales, muy por encima del umbral del 30 % recomendado por organismos internacionales.
En los fijos discontinuos, esta proporción puede ser todavía más dramática: ¿cómo pagar un alquiler estable cuando solo se trabaja cinco o seis meses al año?
Aquí radica la paradoja: el país bate niveles de ocupados, pero al mismo tiempo se multiplica el número de hogares que no pueden acceder a un alquiler digno o que deben compartir piso más allá de los 30 años. La aparente bonanza estadística no se traduce en capacidad real de emancipación ni en estabilidad vital.
Pero, ¿cuántos ocupados efectivos hay?
Si restamos a los 22,27 millones de ocupados oficiales los aproximadamente 500.000 fijos discontinuos inactivos, el número de personas realmente trabajando en un mes concreto se situaría en torno a 21,7 millones.
Eso haría que la tasa de paro real no estuviera en el 10,29 %, sino más cerca del 12 %, un porcentaje que sigue siendo elevado y que cuestiona el triunfalismo de los titulares.
Sí, España ha batido cifras. Pero no se trata de empleo estable y pleno, sino en gran medida de un hito estadístico. Los fijos discontinuos han permitido maquillar la temporalidad y el paro, sin resolver la precariedad estructural.
El verdadero reto no es solo alcanzar 22 millones de ocupados, sino garantizar que esos trabajadores tengan salarios dignos, continuidad laboral y cotizaciones suficientes. Y que ese empleo permita acceder a lo más elemental de la vida: un techo propio y seguro.
De lo contrario, lo que hoy se presenta como un hito histórico será recordado como una burbuja de cifras que escondía la fragilidad del mercado laboral español y el drama de una generación incapaz de acceder a una vivienda.
Agencia FARO
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