Hispanidad e inmigración

España sólo podrá ser dueña de su propio rumbo si se convierte en otra gran potencia con los recursos, la población y la riqueza necesaria para plantar cara a la hegemonía estadounidense, rusa y china

Escribíamos hace no mucho sobre la inmigración masiva de marroquíes en España, pero muchos se preguntan qué sucede con la inmigración proveniente de otros países. Sobre todo cuando en la España peninsular esta inmigración procede mayoritariamente de otras naciones hispanas como Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú o Argentina, entre otras. Hay quienes han salido a condenar esta inmigración, atribuyendo además el fenómeno a un cierto hispanismo, al que culpan de querer que Madrid o Barcelona se conviertan en Guayaquil o Quito. Hace no mucho, un energúmeno –cuyo nombre no recuerdo o nunca he sabido– le recriminaba a Marcelo Gullo en El Toro TV, medio conservador y Yunque español, que hubiera dicho que un boliviano es español, por su lengua y su fe católica. Y ahora agitan el tema algunos elementos del principal partido del lobby sionista en España (VOX), como representantes hegemónicos del discurso antiinmigratorio de «extrema derecha», seguidos por grupos fascistas más bien marginales. Es normal, por tanto, que su propaganda se sirva de asociaciones mentales aptas para su electorado, como la asociación de la idea de Hispanidad con el lumpen de las bandas urbanas llamadas «latinas» que ya se encuentran en algunos barrios españoles. No hace falta decir que esta degradación social, que maliciosamente se intenta extender a todos los inmigrantes hispanoamericanos, es netamente un producto cultural yanqui y no hispánico, desde la estética hasta los nombres de las bandas («Latin Kings», «Dominican Don’t Play», etc.). Por no mencionar la hipocresía de los que señalan esto sin mirar lo que tienen en casa, pues es evidente que cualquier indígena americano del s. XVIII educado en la cultura española consideraría al español medio actual como un bárbaro incivilizado, además de un pagano. Es más, ese tipo de inmigración viene mayormente a través de Estados Unidos, que ha decidido deshacerse de aquella inmigración que le resultaba incómoda enviándola a España, tal como ya acordaron Sánchez y Biden.

En primer lugar, hemos de partir del hecho de que la inmigración masiva es un fenómeno actual, de la sociedad liberal capitalista y de la España integrada en la Unión Europea. Basta asomarse a la prensa para ver cada día cómo la patronal española pide inmigrantes a los que poder explotar. Pretender que la inmigración hispanoamericana creciente en España sea producto del hispanismo es propaganda u oligofrenia (en su sentido etimológico). En cuanto a los propagandistas se entiende, porque la «extrema derecha» que agita electoralmente la cuestión inmigratoria es europeísta y atlantista. Para VOX y demás ideólogos de la derecha conservadora, el verdadero patriotismo español es un peligro, porque a cada paso muestran ser lacayos de los enemigos de España. Actualmente se han echado en brazos de Trump, cuyo inicio electoral fue agresivamente antiespañol y ahora es el principal valedor, junto a Israel, del enemigo geopolítico número uno de España, que es Marruecos. Así se entiende que tengan que fomentar el discurso contra la Hispanidad y tratar de convencer otra vez a los españoles de que España es el problema y Europa la solución, porque según ellos nos parecemos más a un sueco que a un mejicano o peruano. Pero junto a lo peor del europeísmo liberal y lacayuno, la derecha conservadora hace excepciones para hermanarse con lo peor de Hispanoamérica –en puridad, de EEUU–, pues sabemos, por ejemplo, que VOX, lo mismo que el PP, participan cada año en el Desayuno de Oración por España organizado por la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas (FEREDE). Hace no mucho decían tener «una relación fluida» con la «iglesia» evangélica y ser los verdaderos interlocutores de los evangélicos en España. A esos hispanoamericanos colonizados mentalmente por las sectas protestantes estadounidenses sí los consideran hermanos, como a cualquier otro de sus agentes que venga de Venezuela o Cuba a avisarnos de los males del socialismo y de las bondades del imperio anglosionista. Sobre todo ahora que Trump ha iniciado su ofensiva imperialista contra Venezuela, después de prometer una política exterior no intervencionista.

En segundo lugar, cabe señalar la falta de comprensión del nacionalismo españolista de lo que la Hispanidad significa, frente a supuestos hispanismos folcloristas o de otro tipo. La Hispanidad tradicional implica una concepción de la totalidad como pluralidad, a través del principio federativo y de subsidiariedad. Esto quiere decir que la unidad de los pueblos y naciones hispánicas ni implica ni podría implicar la construcción de un macroestado unitario en donde no haya más que una gran masa indiferenciada de personas y un gobierno centralizador. Hay quien pretende sugerir que la civilización que preservó las razas indígenas en América, estudió y fomentó sus lenguas y culturas variadas, lo que querría es la extinción de los naturales de la península española. Pero no, los centralistas, los que no entienden que el patriotismo empieza por la patria chica que es la región, los que pretenden la uniformidad de las comunidades políticas, son precisamente los que desprecian la Hispanidad y la acusan de disolvente o uniformizadora. Confunden globalismo con Hispanismo, cuando el Hispanismo conlleva el universalismo jerarquizado y orgánico de la Cristiandad, mientras el globalismo es la parodia anticristiana de dicha universalidad. Lo mismo que sucede con el mestizaje de la civilización Hispana y el mestizaje del globalismo, en donde el primero construye civilizaciones de gran riqueza y el segundo lo diluye todo y arrasa con particularidades y tradiciones allá por donde pasa.

Y en último lugar, hay que concluir que quienes ciegamente se dejan arrastrar por propagandas antiespañolas o por un cerril nacionalismo de cuño liberal conservador, ignoran todo de la política presente. Creen que la España peninsular puede tomar el control de su propia política al margen del orden político internacional, donde lo que imperan son los grandes espacios y las grandes potencias. Pero España sólo podrá ser dueña de su propio rumbo si se convierte en otra gran potencia con los recursos, la población y la riqueza necesaria para plantar cara a la hegemonía estadounidense, rusa y china. No hay, por tradición, lengua e historia otro espacio similar capaz de construir una potencia de este tipo, por eso la Hispanidad es temida y combatida por muchos, arrastrando a españoles descerebrados de aquí y de allá. El nacionalismo español es, en definitiva, el correlato peninsular de la leyenda negra antiespañola en América. Pero es evidente que la verdadera restauración de España pasa por la restauración de la Hispanidad, desde Filipinas hasta los confines del Ultramar, pasando por Nápoles y por cada rincón del mundo donde la Monarquía católica dejó su legado.

Enrique Cuñado, Círculo Tradicionalista Enrique Gil y Robles de Salamanca

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