Las Hijas del Amor Misericordioso fueron censuradas por la Iglesia. Lo decidió el cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, después de las pesquisas efectuadas por el Tribunal de la Rota de la Nunciatura. A ello se suman varias denuncias que la Guardia Civil sigue investigando por su cuenta y que, en función de sus resultados y pruebas obtenidas, podrán ser tramitadas por los tribunales penales o civiles. La asociación actuaba en las provincias de Madrid, Toledo y Sevilla.
Desde hace un mes la intervención es total y las medidas del arzobispo de Madrid abarcan múltiples campos, desde la organización interna del personal (con cese de la superiora) hasta el ámbito económico. No sabemos si estas medidas se acabarán trasladando también a las redes sociales, por ejemplo, a su canal YouTube «Diosidencias», donde los miembros de la asociación echan el anzuelo por la vía de testimonios emotivos.
Esta asociación pública de fieles era vista como un referente en el mundo neoconservador, y aparecía hasta ahora como un fruto de la «nueva primavera» del Concilio Vaticano II. Había sido fundada por el sacerdote jesuita Antonio Mansilla Casas (fallecido en 2004). En esta «nueva realidad» de la Iglesia se impartían Ejercicios Espirituales ignacianos, aunque no siempre se centraban en su carisma fundacional, atentos como estaban a las últimas modas de los retiros «tipo Efetá y Emaús». Este dato pone en liza su vinculación con Hakuna, con cuyos miembros han realizado algún acto conjunto y a los que cedieron uno de sus inmuebles. Las Hijas del Amor Misericordioso también les han seguido los pasos por el terreno del negocio discográfico.
Parece que la intervención de la autoridad fue oportuna y necesaria y, sin duda, le servirá al Sr. Cardenal para presentarla en su hoja de servicios ante Roma. Pero está actuando ad extra. El arzobispado podría aprovechar el impulso investigador para revisar sus propios programas de formación y retiros, así como grupos altamente ideologizados tipo «Chrishom» (son un colectivo LGTB) que se insertan en corrientes de pensamiento ajenas al catolicismo, pero que, por lo visto, cosas del legalismo, están en plena comunión.
No todas las comparaciones son odiosas. En espera de que se haga justicia a todas las víctimas de cualquier abuso, del tipo que sea, no se puede menos que comparar el peligro de muchos de estos frutos primaverales, flor de un día, nacidos bajo el «espíritu del Concilio» con lo que fueron las estructuras canónicas de las distintas órdenes religiosas tradicionales. Estas últimas contaban con una regla de vida poco dada a las emotividades y probada a lo largo de siglos a través de frutos de santidad individual y en términos de bien común para la Iglesia y la sociedad. El poder se ejercía de forma más colegiada, con más contrapesos, lo que dificultaba que tomaran el poder las «Marimis» de turno generando derivas sectarias del tipo de las que presuntamente se han localizado en la asociación que la Iglesia ha puesto en entredicho.
Agencia FARO
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