Antaño, los hombres se creían libres porque iban a votar cada cuatro años; hoy nos creemos libres porque llevamos en el bolsillo un teléfono que, en realidad, es la celda portátil donde viven nuestros nuevos carceleros. Lo llamamos smartphone con arrogancia inglesa, pero en verdad es el rosario profano con el que rezamos cada minuto a nuestros ídolos de silicio. Allí, agazapados y sonrientes, están nuestros «amigos», de cuya existencia vivimos ajenos: EdgeRank, PageRank, For You y toda la comparsa, que nos dictan qué debemos pensar, qué debemos comprar, de qué debemos reírnos y hasta de qué debemos indignarnos. Y lo más grotesco es que nos creemos muy originales, muy críticos, muy dueños de nosotros mismos… cuando en realidad obedecemos dócilmente a unas fórmulas matemáticas diseñadas por ingenieros ateos de Silicon Valley. Nunca en la historia hubo esclavos tan orgullosos de sus cadenas, que tan pronto se levantan, se agarran a su cadena para ir a la ducha.
Creemos que navegamos por el vasto océano digital, pero en realidad somos barquitos de papel llevados por la corriente que marcan nuestros «amigos». ¿Que entramos en Google para buscar libremente? En verdad acudimos al despacho del sumo sacerdote PageRank, que dicta con gesto grave lo que existe y lo que no. Lo que bendice, sube a lo alto de la primera página; lo que maldice, cae al limbo de la segunda o tercera página, donde ni los demonios se atreven a bajar. Y nosotros, felices, repetimos que «tenemos toda la información del mundo en la mano», mientras solo tenemos lo que PageRank nos permite ver.
En Facebook la cosa es más cómica: no mandamos nosotros, sino el bufón EdgeRank, que decide si hoy toca llorar, reír o escandalizarnos. Una homilía de Santo Tomás jamás aparecerá en el muro, porque EdgeRank sabe que no da clics; en cambio, un perro disfrazado de monje arrasa. Y millones de usuarios, convencidos de que «siguen a sus amigos», se dejan arrastrar por este titiritero digital, mientras creen que ejercen la libertad.
TikTok va todavía más lejos, con su adorable For You Page, el camello digital más servicial de la historia. En cuestión de minutos sabe más de nosotros que nuestra propia madre, y nos suministra la dosis precisa de bailes obscenos, eslóganes políticos y chorradas varias. ¡Y encima lo llamamos entretenimiento! Jóvenes que jamás soportarían diez minutos de silencio ante el Santísimo aguantan horas enteras postrados ante el altar portátil de For You, adorando lo ridículo como si fuese sublime (algunas estimaciones indican 8 horas y 39 minutos diarios).
En YouTube reina el Recommender System, mayordomo astuto que nos coloca delante lo que nunca pedimos. «Si viste esto, quizá quieras ver aquello», susurra, y el ingenuo obedece. El 70% de lo que se consume allí no lo eligió el usuario, sino este lacayo del sistema, que siempre recomienda lo que degrada y nunca lo que eleva. No es raro que prospere el agitador revolucionario, mientras el predicador católico muere de inanición digital. Casualidades, dicen.
Twitter, ahora llamado X —como si cambiar de nombre sirviera para lavar el pecado—, está regido por el Timeline Algorithm, que decide qué es «relevante». Y nosotros, convencidos de ser libres, no hablamos de lo que queremos, sino de lo que el algoritmo del timeline nos sirve en bandeja. La gente cree que opina, cuando en realidad recita al dictado lo que han decidido desde Silicon Valley que debe ser trending topic.
Amazon tampoco se queda atrás: su Recommendation Engine es el tendero más avispado de la historia. Buscas una cuerda para atar un paquete y te ofrece la soga, por si deseas adelantar tu propio funeral consumista. Y, por supuesto, uno se siente muy independiente por «elegir lo que compra», mientras no compra más que lo que Amazon le ha susurrado.
No faltan corifeos menores: Instagram, LinkedIn, Spotify, Netflix… cada cual con su pequeño demonio doméstico, siempre sonriente, siempre dispuesto a robarnos horas de vida y a secuestrar nuestra atención. La genialidad de todos ellos es que no obligan: sugieren. No fuerzan: seducen. Y el alma, convencida de que decide, se entrega mansamente, como Eva al oír la voz melosa de la serpiente; pero aquí corremos todos con las vergüenzas, detrás de lo ofrecido.
El católico no debe adorar a estos ídolos de bolsillo. Puede usarlos, si es preciso, como quien usa un cuchillo para cortar pan, pero sin olvidar que son cuchillos, no amigos. La verdadera amistad no se encuentra en EdgeRank, PageRank, For You ni en toda su corte de demonios digitales, sino en Cristo Rey, que nos hizo libres. El mundo podrá seguir orgulloso de sus cadenas, podrá seguir venerando a sus algoritmos, podrá seguir llamando libertad a esta esclavitud risueña; pero nosotros sabemos, con la certeza de la fe, que para ser libres nos libertó Nuestro Señor Jesucristo (Gal 5,1). Y ningún algoritmo, por brillante que sea, podrá arrebatarnos esa libertad que brota de la Verdad eterna.
¿Qué no ve la relación? Mire a su alrededor.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
Deje el primer comentario